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Por una nueva cultura política:

Leninismo vs. machismo

8 de marzo de 2016

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Por Chris Gilbert y Cira Pascual Marquina

Hoy día la interpretación del pensamiento de Lenin sobre lo organizativo suele reducirse a la apuesta por un partido de cuadros con disciplina militar que, como comentó Roque Dalton, toma como tarea principal matar en la cuna todo brote de lo nuevo con la crítica al ultraizquierdismo. Para nosotros, en cambio, activar la esencia del acervo leninista consiste en tratar la propuesta de Lenin como operación viva, poniéndola en diálogo con los problemas de hoy. Esta es nuestra propuesta aquí y ahora: poner el pensamiento del revolucionario ruso en diálogo con algunos elementos problemáticos de nuestra cultura política, especialmente el machismo y el caudillismo.

Si bien Lenin no dedicó mucho tiempo a combatir el machismo en el partido, nos consta que sí realizó grandes esfuerzos en la lucha contra el menchevismo, y hay un claro isomorfismo entre éste y aquél. El menchevismo se podría caracterizar como flojera organizativa: un partido algo cerrado en sí mismo (poco dispuesto a hacer alianzas) pero basado internamente en afinidades vagas que se ubican por encima de los criterios plenamente políticos que rigen un partido de corte bolchevique.

En nuestro continente encontramos prácticas machistas que asumen esta lógica menchevique. Es decir, formas de hacer política en las que las relaciones de afecto e interés entre hombres marcan el compás. Por lo tanto, podemos afirmar que el machismo –en la medida en la que incide en lo organizativo– es una forma de menchevismo, y como corolario, que cuando una organización permite que las relaciones de poder e interés entre hombres sustituyan criterios basados en principios políticos, este agrupamiento es esencialmente menchevique.

Este no es un problema secundario. La tendencia menchevique-machista bloquea el avance de los mejores cuadros, cuando estos son mujeres o hombres que rechazan las prácticas machistas, y abre camino a las debilidades típicas de las organizaciones que no colocan los criterios político-programáticos en primer plano: flojera, vacilación e incapacidad de mantener una línea rigurosamente programática.

Además, el menchevismo-machismo tiende al reformismo, dado el interés compartido de los hombres hacia pactos que aseguren la continuación de la dominación sobre las mujeres. Puesto que la peor parte de la crisis en Venezuela la cargan las mujeres –en las colas, por ejemplo, el 80-90% son mujeres–, las organizaciones con sesgo machista-menchevique tienen pocas posibilidades de tomar plena conciencia de la situación que vive el país.

En Venezuela el machismo casi siempre se mezcla con el caudillismo, fenómeno de larga data asociado a la vida rural. En su novela Cantaclaro, Rómulo Gallegos describe, con su conocimiento profundo de la cultura nacional, un caudillo llanero y su engranaje con el pueblo:

“Era una voz antigua, pero siempre oportuna, a cuyo encuentro salía el alma del llanero: la voz de la sabana, del vasto horizonte abierto invitando al nomadismo... Pero quizá también la gran voz que arrebata el corazón de todo el pueblo mesiánico, cuando alguien se le aparece y le dice, como decía aquel visionario: Sólo yo conozco el camino y el que me siga será salvo…”.

Hoy, más de cien años tras el momento descrito por Gallegos, el caudillismo sigue ejerciendo su fuerza política, atropellando la democracia interna que Lenin promovió con ahínco en la organización. Ahora, ¿es el caudillismo un rasgo ineludible de la cultura política venezolana? Pensar así es hacer, simultáneamente, demasiado honor y demasiado escarnio a los caudillos históricos. Demasiado escarnio porque reduce el mérito de los caudillos que se apropiaron de la forma con fines populares: Boves, Bolívar, Zamora, Chávez. Demasiado honor porque ignora los límites de una forma que tiene sus raíces en condiciones concretas históricamente definidas...

En efecto, el caudillismo persiste cuando hay profundas desigualdades sociales que dejan a las masas sin capacidad de formular programas básicos –falta de instrumentos de articulación y analfabetismo político– y por lo tanto tienden a convertirse en discípulos de un iluminado que, como indica Gallegos, es el único que “conoce el camino de la salvación”. Pese a todo lo que se ha logrado en movimientos caudillistas, éstos siempre tienen estrechos límites: si bien es cierto que un movimiento caudillista puede franquear las puertas de la revolución social, también es cierto que su esperanza de vida será corta. Recordemos, por ejemplo, el destino de los proyectos del haitiano Dessalines o del líder campesino Müntzer, por no hablar de casos más recientes. Evidentemente, consolidar nuevas relaciones sociales y nuevos metabolismos en la producción son tareas que requieren formas organizativas más democráticas, más orgánicas, menos personalistas... formas organizativas, en fin, más leninistas.

Una de las características más extraordinarias de Chávez, caudillo único, fue su empeño por elevar el nivel educativo del pueblo y así generar las condiciones sociales necesarias para superar la cultura del caudillismo. Por lo tanto no es sorprendente que en un país donde hoy en día encontramos cientos de miles de seres humanos con la capacidad de comunicar, estudiar y así militar en otro tipo de movimiento, florezca también una conciencia cada vez más amplia de que una nueva cultura política –menos machista y menos caudillista– es imprescindible para enfrentar la crisis que vivimos y avanzar por el camino al socialismo.

Chris Gilbert y Cira Pascual Marquina son profesores de Estudios Políticos en la Universidad Bolivariana de Venezuela.

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