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Por Marco Teruggi

Los disparos -de palabras por ahora- sobre Venezuela

Venezuela | 21 de febrero de 2017

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Existían especulaciones sobre cuál sería la política exterior del nuevo gobierno de los Estados Unidos. Donald Trump, candidato, había construido una imagen de rupturas por-venir. El panorama era más claro visto desde y para Venezuela: ¿era una posibilidad real -aún dentro de las disputas que se iban a abrir dentro de Estados Unidos- que un nuevo presidente cambiara la política exterior hacia Venezuela? La respuesta, para quienes tenían dudas, llegó como una serie de cachetazos durante los días recientes.

El primer golpe fue al recientemente electo vicepresidente de la República, Tareck El Aissami. Las acusaciones, emitidas por la Oficina de Control de Activos Extranjeros del Departamento del Tesoro, señalaron al vicepresidente de ser facilitador desde el 2008 -cuando se desempeñaba como ministro de Relaciones Interiores y Justicia- del traslado de narcóticos y de ser propietario directo de cargamentos de hasta una tonelada. El paquete de acusaciones incluyó también el vínculo con carteles de droga de México y Colombia, entre otros. El diagnóstico sería el siguiente: se trataría de un narco-Estado, capitaneado desde el Gobierno. América Latina/drogas/carteles/corrupción: una película clásica de Hollywood.

Esto no fue todo. Para darle más impacto al golpe, se acusó a El Aissami de mantener estrechos vínculos con la organización Hezbolá, y el gobierno de la República Árabe de Siria. No solamente narco-Estado entonces, sino narco-terrorista-Estado. Visto desde Venezuela -exceptuando los análisis locales de los escuálidos- no tiene asidero. Visto en cambio desde las matrices internacionales de análisis de los gobiernos del mundo, el panorama es diabólico. Se trata de la combinación del mal: drogas y terrorismo en una dictadura populista en decadencia. ¿No surte efecto en la opinión pública, el gran sentido común mundializado de occidente?

El segundo golpe fue casi simultáneo: se trató de la foto de Donald Trump, Marcos Rubio, y la derechista Lilian Tintori, esposa del político preso Leopoldo López. Si alguien tenía duda de la imagen, el mismo Trump se encargó de ratificarla por Twitter. Fue la primera “dirigente” de la derecha en ser recibida -en simultaneo otros, peleados entre sí, estaban también de gira por Estados Unidos y América Latina. El pedido de libertad fue para quien -tan defendido por Macri- encabezó el intento de insurrección civil/burguesa del 2014, conocida como guarimbas, que dejó 43 muertos. “Libertad entonces para López”, “fuera la dictadura de Nicolás Maduro y el narco-terrorista vice-presidente”, matrices efectivas.

El tercer golpe fue dado por la cadena internacional de noticias CNN con su “investigación” llamada “Pasaportes en las sombras”. El relato que ahí se construye es el mismo que el que emana de las sanciones contra El Aissami: estaríamos ante un Estado que vende pasaportes auténticos a terroristas de Medio Oriente y narcotraficantes. Las fuentes no son creíbles. Dos de los principales testigos son: un prófugo de la justicia venezolana y un golpista del 2002. ¿Importa de cara a la construcción de la mentira? No. Lo que importa es la matriz, el rumor que de tanto repetirse se torna verdad, la idea que se instala como verdad.

¿Para qué? Para construir un relato necesario que justifique una posible acción contra Venezuela. Resulta difícil saber cómo y cuándo sería. En estos años el imperialismo, articulado con los actores locales, realizó varios ensayos: las revoluciones de colores, el golpe ucraniano, la demonización de los gobiernos de Libia y Siria previo a las intervenciones directas, las mismas guarimbas en Venezuela.

El asunto es que, sea cuál sea el plan a desarrollarse, es necesario una comunicación que valide las acciones. Y en ese punto, aún con las disputas evidentes entre la administración entrante de Trump y poderes atornillados y reales como los grandes medios de comunicación, ambos sectores aportan a la construcción del imaginario que tornaría viable una acción desestabilizadora/golpista desde dentro o fuera. La agenda que se hizo pública con la sanción contra Venezuela firmada por Obama, continúa. Venezuela es el objetivo número uno en la región.

***

Es como si la mecha prendida casi siempre estuviera por llegar a la pólvora. Y finalmente no sucede. El problema tal vez sea esperar que pase algo como el Golpe de Estado del 2002. En realidad sí ha sucedido muchas veces, pero de otras maneras. ¿Cómo se mide el éxito de los golpes en una estrategia de desgaste popular e internacional prolongada?

Tan solo el 2016 fue una continuidad de ataque tras ataque: intentos organizados de saqueos, agresión del Mercosur para expulsar a Venezuela, aumento hiperinflacionario de los precios, desabastecimiento programado, anuncio de destitución de Nicolás Maduro y dos poderes del Estado por parte de la Asamblea Nacional, movilizaciones anunciadas para llegar hasta el Palacio de Miraflores, bloqueo al sistema financiero, asesinato de líderes chavistas, aumento de la inseguridad etc. El impacto político, moral, social, sobre el común de la gente fue grande. Este año sigue la misma senda. Los números no son buenos.

Resultaría interesante realizar una encuesta en varios países para diagnosticar cuál es la imagen de Venezuela y el chavismo. Creo, y temo no equivocarme, que la matriz procesada y escupida diaria o semanalmente por los grandes medios de comunicación surte efecto: para una mayoría lo que se vive es una dictadura con un liderazgo decadente, políticos presos, un pueblo que está en una crisis humanitaria, un gobierno que se niega a recibir la ayuda internacional, gente que huye del país ante la falta de comida.

No importa que los testigos de los reportajes no tengan ninguna autoridad para hablar, que las “pruebas” sean falsas, que las acusaciones contra el vicepresidente no se sostengan -lo acusan por ejemplo de ser cómplice de un traficante que él mismo arrestó y deportó a Colombia- y que se pida la libertad del autor intelectual de uno de los episodios más violentos del ciclo político reciente en Venezuela. Importa convencer a los opositores y la opinión pública mundial que una intervención es necesaria. Para eso hace falta disparar una y otra vez, con precisión milimétrica o a grandes ráfagas, llenar de golpes el cotidiano, la vida, las pasiones, los deseos, desgastar y desgastar, acorralar hasta dejar sin aire, sin vista, sin rodillas.


Fuente: Notas.ar

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