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Por Manuel Humberto Restrepo Domínguez

Los dos discursos, el de adentro y el de afuera

Colombia | 19 de septiembre de 2017

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El presidente Santos de múltiples maneras ha dejado en claro que él es un auténtico hombre del sistema neoliberal. Ha pasado por la economía, la guerra y la paz. Sabe convertir sus intereses en fines para valerse de todos los medios a su alcance y distribuye a la perfección dos discursos. En cada mano lleva algo, como si tratara de ejemplificar a Arafat en su discurso de libertad para el pueblo palestino ante las Naciones Unidas. En una mano lleva un ramo de olivo, para seguir apostando a movilizar un discurso de paz en mayor medida que su realización y en la otra una granada. El ramo de olivo para apaciguar algunos odios a nivel interno, y ganar espacio afuera y la

Santos ha conducido la economía como ministro del presidente Gaviria que abrió las puertas al neoliberalismo y puso en retroceso derechos alcanzados. La guerra la condujo como ministro de defensa del régimen Uribe, donde se consolidó la seguridad democrática y sus aberrantes prácticas de terror. Y como presidente, igual que Pedro Claver o Bartolomé de las Casas, después de servir a la causa de las aberraciones, abandonó el lado oscuro del horror y se puso del lado de los humillados, para acompañar sus voces y esfuerzos para construir la paz.

Sin embargo, como todo poder, tiene un pero, un sabor agridulce en lo que parecía almíbar. El olivo y la granada forman una extraña combinación que llena de esperanzas pero no termina de encajar a la hora de hacer balances entre la guerra y la paz. La guerra para él fue una pasión, que disfrutó como cadete de la armada o más bien dejó incompleta, porque los combates de su tiempo eran en las selvas, no en los mares.

En sus momentos ministeriales aceleró primero la apertura neoliberal y después la aniquilación del enemigo interno, como destino neoliberal inequívoco para garantizar la confianza inversionista y el aplauso del Pentágono por hacer bien la tarea y no dejar morir la guerra. Sus 34 meses en el ministerio de Defensa estuvieron marcados por escalofriantes datos de guerra tales como “las capturas y bajas de ocho mil miembros de grupos armados ilegales” (El Espectador, mayo de 2009), 2500 desmovilizados y más de 1500 integrantes de bandas criminales neutralizados (¿muertos?), solo en una año (2008 y 2009). Estos logros fueron estratégicos y gerenciales, además de útiles para consolidar un equipo de inteligencia efectiva coordinada y cooperada entre Fuerzas Militares y de Policía, y afianzar la legitimidad de las tropas y con ello evitar que la luz cayera en las zonas grises de los abusos de autoridad y los crímenes de estado en impunidad.

Los falsos positivos no fueron ajenos a la política de terror que dejó una mancha indeleble en el hoy presidente y Nobel de Paz, cuyo Ministerio de Defensa fue convertido en agencia de guerra, y tampoco se oyó su voz para desmentir a los generales que repetían alocuciones negando hechos y alegando que las denuncias sobre el horror eran falsas. No fue ajeno al afán expansivo de la política de seguridad democrática de traspasar las fronteras o exhibir las recompensas pagadas por aleves crímenes de rebeldes como el de Iván Ríos, del que Rojas su verdugo entregó su mano ensangrentada justo adelante de una valla que anunciaba a los héroes de la patria defendiendo derechos humanos.

Pero la paz firmada también es su mejor trofeo, un Nobel de Paz recibido en nombre de las víctimas, las más de ocho millones del conflicto armado, lo que hace que el pero se ponga a su favor por sus esfuerzos y tesón para dirimir las disputas internas y lograr un espacio para el diálogo y la salida del conflicto con una negociación política, que se cerró con una paz en marcha, que tiene palos en la rueda y ruedas de negocios donde se posa.

La paz a veces aparece como un símbolo de liberación y soberanía y otros como un valorizador del despojo. Todo porque la suma de ministro de economía, guerra y paz se confunde en los pasos del presidente que lleva en su boca dos discursos uno de la paz que hace que el país sea mirado, tenido en cuenta y otro discurso para promover intervenciones, e injerencias jalonadas por el presidente Trump, que se niega a aceptar que Colombia quiere vivir en paz, tranquila, sin odios, sin crispación ni polarización. Los dos discursos se cruzan, ¿cómo hacer creíble que producto de la felicidad que produce la paz se enviaran tropas a Norcorea, de donde quizá nunca regresen (al menos si el reality de Trump termina con una bomba atómica sin olvidar que hace pocos meses dejo caer en Afganistán la llamada madre de todas la bombas, sin que nadie haya objetado su crueldad)?

O ¿cómo entender que en nombre de la paz que ayudó a conseguir la demócrata Venezuela, ahora resulte odiosa y se llame a pedirle al gobierno que vuelva al cauce de la democracia? Lo que mirado de cerca no funciona bien ni aquí ni con Temer o Macri, con común denominador en tramas de corrupción. A nivel interno Santos tiene la habilidad de mantener el suspenso con verdades a medias. Por ejemplo, ¿Es creíble que de verdad no quiera saber del candidato Vargas Lleras en quien depositó la confianza de vicepresidente y le permitió disponer de más de 25 billones de pesos, suficientes para financiar más de 10 campañas presidenciales? ¿O es creíble que de verdad este defendiendo la soberanía si al parecer le acepta a Mr. Trump participar de operaciones militares conjuntas con Brasil y Perú en la Amazonía más cercana a Venezuela como provocación de guerra? ¿O es creíble que Uribe no le importe para nada y que en lugar de denunciar su legado de barbarie, anuncie que Uribe no cree en el cambio climático, lo que podrá poner feliz a Mr. Trump? Frente a dos discursos, la única salida es promover uno solo, de unidad, sin vacilaciones para tomar el poder.


Fuente: Alai

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