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Por Gilberto Ríos Munguía

Los proletarios, la clase, la unidad y las alianzas

Honduras | 7 de mayo de 2017

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El filósofo, sociólogo y psicoanalista esloveno Slovaj Zizec, plantea en una de sus exposiciones disponibles en Internet “¿Qué significa ser un verdadero revolucionario el día de hoy?”, la necesaria revisión y adaptación a nuestra época, del término “proletariado”; la importancia de repensar y construir más sobre los conceptos de Clase, Cambio Social, teoría y organización revolucionaria, entre otros. Zizec es una referencia del pensamiento vanguardista en cuanto a la crítica al marxismo, al socialismo real y, por supuesto, a la crisis civilizatoria que supone el desarrollo capitalista.

He recordado su disertación a propósito de la conmemoración del 1 de Mayo, día Internacional de los (as) Trabajadores, el aniversario 199 del natalicio de Carlos Marx (ayer 5 de mayo), pero también por las circunstancias que precedieron el nacimiento del Frente Nacional de Resistencia Popular, el Partido Libertad y Refundación y ahora la Alianza de Oposición, compuesta por partidos políticos y recientemente también por fuerzas del movimiento social.

Si bien el término proletario originalmente significa “aquel que solo puede aportar hijos (prole) en tanto no tiene medios de producción o riqueza material”, la acepción que nos interesa rescatar es aquella que dignifica a los trabajadores como clase, aquella acepción marxista que los distingue como sector indispensable de la economía para la producción de bienes y servicios a través de la venta de su fuerza de trabajo, pero sobre todo como forjadores de la historia cuando en momentos extremos de injusticia y desigualdad, utilizan sus capacidades organizativas y de trabajo desarrolladas naturalmente en un régimen de explotación determinado, para subvertir el orden imperante por uno más equitativo y humano. Del proletariado organizado nacieron en los últimos dos siglos las principales revoluciones populares del mundo, dos países en particular Rusia y China –ahora no socialistas- son el principal balance y contrapeso de la fuerza militar, política y económica del imperio norteamericano.

La diversificación, especialización y jerarquización de la empresa capitalista lograda en la etapa más reciente de este sistema de producción, impulsó también una desintegración de la original clase proletaria en varias sub clases cuyos individuos encuentran útil en la lucha por sus intereses particulares diferenciarse entre sí, competir y deslindarse; la individualización del ser social y su consecuente atomización política pone a disposición su valor político específico, dentro de la lógica de la democracia burguesa, como una mercancía fácilmente alcanzable para los bloques de las clase dominante organizados en torno al control de la producción y su respectivo control político.

Se ha dicho muchas veces que el capitalismo no es solamente un sistema de producción económico basado en la explotación de la fuerza de trabajo, la apropiación por parte de una sola clase de las riquezas naturales y mecanismos coercitivos que garantizan su funcionamiento, sino también un complejo sistema de símbolos, códigos de comunicación y educación de masas, leyes, religión y arte, que en su conjunto representan la hegemonía cultural, es decir, la reproducción de los valores e intereses de las clases dominantes sobre las sub clases.

No obstante, este sistema que basa su producción en la desigualdad social y en la libertad de los mercados por encima de los derechos y necesidades de los pueblos, genera a propósito de esa inequidad, convulsiones sociales, momentos de bruscos rompimientos, contradicciones inherentes a su naturaleza que se expresan sobretodo en movilización social, consolidación política de bloques alternativos, partidos de oposición al sistema o al bloque en el poder, etc.

En Honduras, una economía periférica al capitalismo norteamericano principalmente, uno de estos fenómenos se presentó con el rompimiento del orden constitucional de junio de 2009, cuyo resultado inmediato fue la polarización social en torno a dos ejes fundamentales: la Resistencia y el golpismo. Del primero surgió el Frente Nacional Contra el Golpe de Estado que al cabo de tres meses (septiembre del 2009) se convertiría en el Frente Nacional de Resistencia Popular (FNRP) que a su vez daría a luz tres años más tarde (2012) a Partido Libertad y Refundación, Libre. Tanto el FNRP como su hijo político Libre, tuvieron un claro alineamiento con los procesos de liberación del continente, sobre todo con aquellos proyectos democráticos de izquierda que son agrupados en el llamado Socialismo del Siglo XXI, cuya dirección principal estribaba en el proceso de la Revolución Bolivariana de Venezuela y en el sólido ejemplo de dignidad, lucha y socialismo de la Revolución Cubana.

Esta polarización en Honduras que comenzó con el golpe, luego de un largo momento de movilización popular, protesta pública y de aguda politización dio a luz a varias expresiones políticas, mayormente agrupadas dentro de Libre pero también en otras independientes con menor fuerza pero con igual legitimidad y validez. Una de ellas, la más importante de esas otras fuerzas fue el Partido Anti Corrupción (PAC) que participó por primera vez –al igual que Libre- en las elecciones del 2013, su líder, primer candidato a la presidencia y figura máxima es Salvador Nasralla Salum. Esta agrupación de centro derecha, democrática y de propuestas progresistas, logró aglutinar amplios sectores profesionales, de clase media y también de extracción popular, gracias a la destacada labor como periodista deportivo e histórica figura de la televisión nacional de su máximo liderazgo.

Hace unos meses recuerdo que dentro de una charla con miembros de un sindicato del sector público, hacíamos una reflexión sobre las condiciones del trabajo después del golpe de estado, los despidos masivos, el cierre de sindicatos, la tercerización laboral, la implantación de la ley del “trabajo por hora”, los programas para institucionalizar el clientelismo político partidario “con chamba vivís mejor” y la grave pérdida de un sinnúmero de conquistas de los (as) trabajadores, las condiciones de vida de los amplios sectores desempleados, sin oportunidades, etc. Pero también de cómo esta crisis causaba reacciones dentro de las capas medias una vez que eran alcanzadas por el avance de la concentración financiera y de contratos del estado en una pequeña élite oligárquica que domina el país, sumada a la persecución con instrumentos como los entes cobradores de impuestos usados contra los competidores de estas élites. Fue acá que apareció Zizec.

Ante la constante manipulación de la conciencia del pueblo para esconder la concentración del capital –la riqueza socialmente producida- en la superación de la clase parasitaria tradicional del capitalismo que fue la burguesía, en una élite aún más reducida que a su vez tiene relación directa con otras élites de igual naturaleza y su dominio principal en los centros industriales del capitalismo, ante la reducción de los Estados frente a la reformas estructurales que supuso el neoliberalismo, ante las crisis migratorias, la crisis ambiental, la reducción de oportunidades de las grandes masas ¿No suponía esto una nueva forma de proletarización de la sociedad en su conjunto?

Si bien la Unidad de la clase trabajadora / explotada es la condición fundamental para una revolución clasista / proletaria, ahora en nuestras consideraciones de Unidad y Alianzas de Clases, debe prevalecer en nuestra reflexión la existencia de esa élite moderna (diferencia señalada en otras latitudes como el “1%” versus el “99%”), como un punto de partida necesario para imaginar la nueva sociedad.

Para finalizar, la consideración de las Alianzas como camino para la emancipación, que son parte de la necesaria acumulación de fuerzas, visiones y perspectivas útiles para derrotar el orden establecido y lograr negar su reproducción, no es otra que la reunión de todas las fuerzas opuestas a la oligarquía y sus instrumentos políticos; en el caso de Honduras el bipartidismo.


Fuente: El Pulso

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