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Por Alejandro Fierro

Luis Almagro: un caso de mutación ideológica

Venezuela | 19 de mayo de 2016

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La figura del nuevo secretario general de la Organización de Estados Americanos está permeada por un pragmatismo extremo que procede de una carrera diplomática de casi treinta años. Y aunque parezca un contrasentido, lo cierto es que este pragmatismo es lo que le ha llevado a convertirse en la punta de lanza en los ataques contra el Gobierno de Venezuela, quién sabe si en un intento de posicionarse como una de las nuevas caras de un social-liberalismo amable en el cálculo de que la restauración conservadora en Latinoamérica resultara triunfante.

En efecto, Luis Almagro (Paysandú, Uruguay, 1963) obtuvo su primera misión diplomática en 1988, con apenas 25 años y sin haber concluido aún su especialización académica. A partir de ese momento inició una trayectoria en relaciones internacionales que le llevaría a pasar por las delegaciones charrúas en Irán, Alemania o China -en esta última ya como embajador- o representando a su país en organismos como la Unesco.

Ya desde sus comienzos en la esfera internacional. Almagro dio muestras de ser un “diplomático” en el sentido más estricto de la palabra, acomodándose a sus diferentes destinos con independencia de que gobernara el Partido Nacional (los “blancos”) o el Partido Colorado, las dos grandes formaciones que durante casi dos siglos, prácticamente desde la fundación del país, hegemonizaron la vida política uruguaya hasta la eclosión masiva, ya en esta nueva centuria, del Frente Amplio.

No obstante, y a pesar de su radical neutralidad en el desempeño de la carrera diplomática, Almagro mantenía una ambivalente militancia en el Partido Nacional, la vieja agrupación “blanca” que se definía como “liberal, nacionalista, panamericanista y humanista”. Más allá de sus propia percepción, lo cierto es que el PN ha ocupado siempre el espacio de centro-derecha, con las habituales fuerzas centrífugas que tienden hacia un extremo o el otro.

Estas fuerzas centrífugas se acentúan en la década de los 90, cuando las políticas neoliberales anuncian la grave crisis que sacudiría a Uruguay a partir de 1999. Es precisamente ese año cuando Luis Almagro hace su tránsito de las filas blancas al Frente Amplio, integrándose en el Movimiento de Participación Popular, un polo de izquierda cuyo principal partido era el Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros de José Mujica. El encuentro con el futuro presidente fue clave para el despegue de la carrera política Almagro. En Mujica, el oscuro diplomático encontró el trampolín para posicionarse en el heterogéneo panorama del Frente Amplio. Por su parte, el antiguo guerrillero tupamaro aprovechó del recién converso Almagro su profundo conocimiento de las relaciones internacionales, en especial en lo referente a intercambios comerciales.

Almagro fue una de las manos derechas de Mujica cuando éste ocupó el cargo de ministro de Agricultura, Ganadería y Pesca de 2005 a 2008, durante el primer Gobierno de Tabaré Vázquez. Dado su bagaje internacional, Almagro es la cara visible en las negociaciones con MercoSur, China o Estados Unidos para abrir estos mercados a los productos alimenticios uruguayos, base de la economía charrúa. Es en esta época, en 2007, cuando es nombrado embajador en Beijing, un movimiento nada casual dado el potencial del mercado chino para las exportaciones charrúas.

Su ascenso culminará con su nombramiento como ministro de Asuntos Exteriores en el Gobierno de Mújica. Almagro ocupó la Cancillería durante todo el mandato de su mentor (2010-2015). Aunque su principal objetivo seguía siendo el comercio exterior uruguayo, en lo que respecta a la comunicación pública el nuevo canciller se forjó una imagen de defensor a ultranza de los derechos humanos. Sin embargo, esa supuesta defensa se limitaba a interpretaciones absolutamente formalistas sin tener en cuenta los contextos sociopolíticos. El diplomático que nunca dejó de ser emergía de nuevo con toda su fuerza. Estas posturas equidistantes le llevaron a un grave enfrentamiento con el Movimiento Tupamaro cuando éste denunció la “política genocida” de Israel hacia la Franja de Gaza. Almagro consideró exagerada esta calificación y puso al mismo nivel los ataques del ejército israelí y las acciones de la resistencia palestina.

En marzo de 2015 termina el periodo presidencial de Mujica y Luis Almagro es nombrado nuevo secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA) en sustitución del chileno José María Insulza, quien había desempeñado el cargo durante los diez años anteriores. Su discurso de investidura fue toda una declaración de intenciones: “En mí encontrarán un incansable luchador por la unidad americana, más preocupado en buscar soluciones prácticas duraderas a los problemas de nuestra región que por la retórica y estridencia en las declaraciones guiadas por una u otra ideología”. Son palabras que cualquier neoliberal habría suscrito: la unidad como tótem por encima de las lacerantes diferencias de clase y la apelación al fin de las ideologías, sustituidas por un pragmatismo que actúa como cortina de humo de la verdadera ideología hegemónica, el capitalismo. Tampoco se le ocultaba a nadie que el candidato a la Secretaría General de una anquilosada OEA, moribunda ante el empuje de nuevos organismos supranacionales como Unasur o la Celac, tenía que contar con el visto bueno de Estados Unidos.

Desde que asumiera el cargo, Venezuela ha sido la fijación de Almagro, con un alineamiento sin matices con la derecha que le ha llevado a asumir sus tesis sobre el supuesto autoritarismo del Gobierno de Nicolás Maduro, la existencia de presos políticos o el fraude electoral. De hecho, sus declaraciones poniendo en duda las garantías de las elecciones legislativas de diciembre de 2015 llevaron a Mujica a romper definitivamente con su antiguo discípulo. “Lamento el rumbo por el que enfilaste y lo sé irreversible, por eso ahora formalmente te digo adiós y me despido”, escribió el expresidente en una carta pública, consciente de que Almagro había abandonado de forma definitiva cualquier conexión con los procesos de emancipación latinoamericanos.

La escalada en los ataques al Gobierno de Nicolás Maduro alcanzó sus máximas cotas con la apelación a la Carta Democrática -lo que en la práctica implicaría la posibilidad de sanciones políticas y económicas a Venezuela e, incluso, abriría la puerta a otro tipo de intervenciones más radicales- seguida de una durísima misiva pública dirigida al propio presidente venezolano, en respuesta a unas críticas previas. En ese escrito, difundido en calidad de secretario general del organismo interamericano, Almagro abandona la supuesta neutralidad de su cargo para dirigir al mandatario criollo epítetos como “traidor”, dando por sentado la existencia de presos políticos o asumiendo que el referéndum revocatorio debe realizarse este año, ignorando el debate jurídico que existe al respecto.

El cambio de postura de Almagro no es gratuito, ni la parte diplomática ni la recién demostrada agresividad. En su intento de restauración en el subcontinente, el capitalismo neoliberal necesita contar con la otra cara que complemente a la derecha: un social-liberalismo totalmente funcional a los intereses del sistema y que se presenta bajo un rostro amable, meritocrático, respetuoso con las formalidades de la democracia de origen burgués, defensor de los derechos humanos entendidos como casos meramente individuales y cuyas posturas progresistas se remiten a la no discriminación de género, sexual o racial sin entrar en el conflicto de clases. Luis Almagro, con un discurso compartido con las exsocialdemocracias europeas que ya hicieron sus deberes de mutación ideológica, es uno de los referentes para un capitalismo que necesita esa válvula de escape para aparentar una diversidad de opciones electorales, sepultando de esta forma a las izquierdas reales. El único gesto de dureza permitido es, precisamente, contra estas izquierdas. Almagro está cumpliendo a la perfección un papel para el que al parecer se estuvo preparando toda su vida.

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