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Por Marco Teruggi

Mapa de fuerzas a nueve días de las elecciones a gobernadores

Venezuela | 6 de octubre de 2017

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Hace un poco más de dos meses, la derecha venezolana hablaba de la “hora cero”, el “punto de no retorno”, no reconocía al presidente Nicolás Maduro, y daba los primeros pasos en nombrar un gobierno paralelo. Su avance parecía difícil de parar, era acompañada por una arquitectura internacional dirigida por Estados Unidos, una maquinaria de formación de sentido común global, soldados diplomáticos, indignados de última hora, y -por convicción o dinámica del conflicto- sectores de izquierda y progresistas. Eran días de personas incendiadas, asaltos a cuarteles militares, pueblos asediados con grupos de encapuchadas con arma en mano, una lista de muertos que engordaba.

Hoy estamos a pocos días del 15 de octubre, fecha de las elecciones a gobernadores, y aquel cotidiano de guerra callejera parece lejano. Aquellos mismos que desconocían los poderes públicos llaman a votar, y lo hacen contra su misma base social que se siente traicionada: les prometían el inmediato “fin de la dictadura” y ahora les piden el voto. Es el caso principalmente de Voluntad Popular (VP) y Primero Justicia (PJ), fuerzas políticas que habían operativizado parte del despliegue violento en el país -la comandancia provino desde los Estados Unidos-. Freddy Guevara, por ejemplo, que aparecía en primera plana con las células de choque que encabezaban las movilizaciones, hoy pide por favor a diario desde su twitter que sus bases vayan a las urnas, que eso debilitará “al régimen”.

Otros partidos, en cambio, se acercan a los comicios con menos contradicciones. Es el caso de Acción Democrática (AD), que ha sostenido que la forma de vencer al gobierno es a través del desgaste progresivo, ocasionado principalmente por la acumulación de la crisis económica desencadenada como parte de la estrategia de guerra encubierta -la imagen sería la de quitar el poder por fetas hasta la presidencial-. Su vocero principal, Ramos Allup, fue quien primero anunció que participaría en las elecciones a gobernadores. Esta fuerza -que no es inocente de la violencia de abril/agosto- es la que se impuso en las elecciones primarias de la derecha, y más candidatos presentará el 15 de octubre.

Existe a su vez otro sector más, relacionado por debajo de la mesa con VP y PJ, que acusa públicamente de traidores a todos aquellos que se presentarán. Una de sus voceras es Patricia Poleo -golpista del 2002 que huyó a Miami- quien desde los Estados Unidos celebra cada asalto a cuartel militar que se produzca, cada nueva amenaza de intervención escupida por Donald Trump. Su tesis es invariable: solo se puede sacar al chavismo del gobierno a través de la acción violenta. Los votos son, repite, una “herramienta de la dictadura”.

Ese cuadro general deja ver señales de disputa dentro de la derecha. La Mesa de la Unidad Democrática, espacio unitario de VP, PJ, AD y otros partidos más, está en crisis, y los resultados del 15 de octubre parecen lejanos a los que pronosticaba toda la oposición cuando decía representar al 90% de la población venezolana. El efecto de la derrota del intento insurreccional -que pesa sobre todos los vectores de la oposición- es hondo. Equivocarse en la lectura del campo de batalla, y lanzarse a una toma del poder violenta sin la correlación de fuerzas suficiente, tiene un costo alto.

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El chavismo por su parte llega con las potencias y debilidades que lo caracterizan en esta etapa. Tiene la iniciativa política producto de la victoria táctica de las elecciones de la Asamblea Nacional Constituyente (ANC). Se siente en el ritmo político de la campaña, de los debates, de la unidad chavista que -con sus tensiones y negociaciones- se ha conseguido para los comicios. Los candidatos están desplegados en los territorios, en contraste con la derecha que ha puesto en marcha una maquinaria reducida, flaca.

Lo político está centralmente en manos del chavismo. Esa es su fuerza. En cambio, la situación económica erosiona la ventaja, el acumulado histórico, el liderazgo del presidente, de la dirección, las posibilidades electorales, y el proyecto histórico. Los dos principales problemas populares, el aumento de precios y el desabastecimiento de medicinas, empeoran. No es casualidad, es producto de la estrategia de ataque sobre la economía, como parte de la guerra prolongada que tiene como lógica no dejar nunca momento de respiro. Se trata de hacer que una sociedad se asfixie hasta la explosión -violenta o electoral.

Y es sobre la economía donde los Estados Unidos han decidido golpear con sanciones. El objetivo es cortar financiamientos, posibilidades de pagos internacionales, renegociaciones de bonos, empujar al país al default. No es teoría de la conspiración como se dice para descalificar: son anuncios de Trump. Que tiene cómplices en Venezuela, en particular a través de la corrupción, un tema medular que ha emergido estas últimas semanas a través del nuevo fiscal general. Los números hablan por sí solos: tan solo en la Faja Petrolífera del Orinoco se han robado 35 mil millones de dólares en los últimos años. Varios gerentes de Pdvsa están presos.

Un dato resultado esclarecedor, la geografía de la corrupción coincide con los puntos estratégicos de la economía venezolana sobre los que golpea la guerra: el petróleo, las importaciones, y la salud.

Nicolás Maduro ha definido ese nudo como principal enemigo del proceso, el Fiscal anuncia avances cada semana, y ese reconocimiento público -que no sucedió en otros procesos políticos contemporáneos del continente- le otorga mayor credibilidad al gobierno. La situación económica no es únicamente producto de ataques de los grandes empresarios, los Estados Unidos y la trama financiera, sino que tiene un componente propio, de las filas del Estado y el chavismo, que se debe combatir frontalmente. No es la respuesta en lo inmediato al desmejoramiento material de los sectores populares, es una iniciativa en el ámbito de lo político que permite recomponer, en parte, una fuerza moral golpeada.

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Resulta difícil pronosticar resultados para el 15 de octubre. Los números -cantidad de gobernaciones y participación- que de allí emerjan serán una fotografía de la correlación de fuerzas a un año de las elecciones presidenciales. Operarán también como reacomodo de la estrategia de la derecha, donde el sector electoralista se vería golpeado en caso de obtener resultados pobres. ¿Qué iniciativa tomaría entonces el ala insurreccional/brazo armado? ¿Qué decidirán los Estados Unidos, inmersos en sus propias crisis, lobbies y laberintos?

Estamos a días del próximo round. Si el chavismo obtiene buenos resultados, habrá salido de manera consolidada del entre las cuerdas donde estaba, políticamente, hasta la Asamblea Nacional Constituyente (ANC). La pregunta seguirá siendo por la economía, y el proyecto: ¿hasta qué punto una revolución se sostiene como revolución cuando la vida de las clases populares desmejora y la promesa de mejoras no se rearma?


Publicado originalmente en notas.ar el 4 de octubre de 2017

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