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Por Diamela Eltit

Mirar debajo del agua turbia

Chile | 25 de noviembre de 2016

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¿Cómo definirse como una mujer de izquierda cuando los representantes de esa izquierda ya rota transitan un camino servil? ¿Cómo serlo cuando las (pocas) mujeres supuestamente de izquierda pertenecientes a la “clase política” colaboran abiertamente con un programa depredador que vulnera sus propios derechos?

Repensar la noción de elite parece ser uno de los instrumentos posibles para analizar políticamente los actuales escenarios sociales. Esa elite que llegó para reemplazar el concepto de clase dominante con la que se caracterizaba a la burguesía. Es esta elite la que hoy condensa todos los límites entre los unos (pocos) y los otros (demasiados). Solo que hoy existe una elite completamente transversal en cuyo interior coexiste centro, derecha y parte de lo que antes se consideraba como izquierda. En ese sentido, en el de elite, habría que pensar en la naturalización de concepto local de “clase política” como una mera táctica para validar a todo el espectro cupular de la política chilena.

Allí, exactamente, en esa categoría, la de “clase política” se desmoronó la reconocible distancia entre derecha e izquierda. En esa confusión y acaso fusión lo que entendíamos por derecha e izquierda se transformó en un espejismo y en un comprensible, creciente resentimiento y la sensación de una traición. Porque la llamada “clase política” es elite pura, que, más allá o más acá de cualquier particularidad, sirve a la matriz neoliberal y a su desenfrenado poder económico que, a estas alturas, es realmente omnipotente.

¿Cómo definirse de izquierda cuando sus representantes sumergidos en una misma “clase política” con la derecha “rompieron sus cadenas” para aliarse al capital y servir a los grandes empresarios? ¿Cómo definirse como una mujer de izquierda cuando los representantes de esa izquierda ya rota transitan un camino servil? ¿Cómo serlo cuando las (pocas) mujeres supuestamente de izquierda pertenecientes a la “clase política” colaboran abiertamente con un programa depredador que vulnera sus propios derechos?

Quizás esa izquierda está agazapada, palpitante, en los viejos símbolos, aquellos que han sido dados de baja por la “concertación” neoliberal, por la “nueva mayoría” cupular que, de manera sincrónica, reclama por una actualidad de índole chatarra.

Quizás en esas minorías frente al poder descanse una lucidez que habría que examinar con una nueva mirada para leer la prolongada historia de la explotación y las tácticas y técnicas de dominación. Cuando se habla de anarquistas o de trotskistas o de marxistas o de gramscianos o de Rosa de Luxemburgo o de Elena Caffarena o de Julieta Kirkwood habría que pensar en cómo se están re-modulando esos ecos. De qué manera esos referentes pueden establecer un límite para reponer una necesaria batalla social. Una lucha que deje de lados las coimas, los privilegios y las terribles zonas de corrupción concretas o simbólicas (tipo yerno de Pinochet) en las que se desbarrancó aquella parte de la “clase política”, antaño de izquierda, para viajar en la misma “clase” con la derecha, a sus barrios, a sus colegios exclusivos, a sus comilonas, a sus pactos en la “cocina”, a la penosa cursilería y a la falta de recursos conceptuales y culturales que caracteriza a nuestra elite.

Mirar en ese viejo Trotsky o en la radicalidad Bakunin “algo” que sea verdaderamente necesario para detener esta desigualdad indecente. Una indecencia que promueve de manera hasta pornográfica el “mercado del lujo” en un país explotado –con nuevas tecnologías- y traspasado por el miedo que ocasiona la precariedad en que se sostienen las personas.

Mirar con atención al conjunto de mujeres que han llegado a las distintas federaciones de estudiantes universitarias, a las alumnas del colegio Carmela Carvajal de Prat. A las estudiantas del Liceo 1, a mi nieta que en agosto 2016, en el marco de una huelga estudiantil, cuando ella pretendía pasar para llegar hasta su casa, un carabinero de fuerzas especiales le cerró con violencia el paso y le dijo: “échate pa trás maraca”. Y ella le contestó que: “qué te creís paco re culiao, paco concha de tu madre, para tratarme de maraca.”. Y ella pasó el cerco con fuerza y determinación.

De eso se trata, de ver, pensar, seguir apostando por atravesar esas murallas “trumpistas” que pretenden cubrir una aberración social que solo ha ocasionado melancolía y un largo e intenso infortunio.

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