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Por Alba Carosio

Mujeres, raza y clase

Venezuela | 24 de marzo de 2017

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Es el título de la obra más destacada e influyente en la teoría feminista de Angela Davis, que fue escrito en la cárcel y se publicó en 1981. Angela fue dirigente del Partido Comunista de los Estados Unidos de América (CPUSA), y es una de las feministas de referencia en el último cuarto del s. XX. Para ella, la lucha contra la discriminación racial y la lucha por la liberación de la mujer, son vertientes inseparables de la lucha de clases y están conectadas.

En su libro, Davis explica que proporcionalmente, las mujeres negras siempre han trabajado fuera de sus hogares más que sus hermanas blancas. El inmenso espacio que actualmente ocupa el trabajo en sus vidas responde a un modelo establecido en los albores de la esclavitud. El trabajo forzoso de las esclavas ensombrecía cualquier otro aspecto de su existencia. La mujer esclava era ante todo una trabajadora para su propietario, y sólo en pocos momentos esposa y madre. Su destino al igual que el de los hombres era el trabajo forzoso.

Y también señala, que las mujeres también sufrían la esclavitud de modos distintos, puesto que eran víctimas del abuso sexual y de otras formas brutales de maltrato que sólo podían infligírseles a ellas. La actitud de los propietarios de esclavos hacia las esclavas estaba regida por un criterio de conveniencia: cuando interesaba explotarlas como si fueran hombres, eran contempladas, a todos los efectos, como si no tuvieran género; pero, cuando podían ser explotadas, castigadas y reprimidas de maneras únicamente aptas para las mujeres, eran reducidas a su papel exclusivamente femenino.

Las esclavas tenían valor por su capacidad reproductiva, entraban dentro de la categoría de «paridoras» y no de la de «madres». Puesto que servían simplemente para aumentar la mano de obra esclava, sus criaturas podían ser vendidas y arrancadas de ellas con entera libertad, como se hacía con los temeros de las vacas. Los propietarios de esclavos procuraban asegurar que sus «paridoras, tuviesen niños con tanta frecuencia como biológicamente fuera posible. Pero nunca llegaron tan lejos corno para eximir de trabajar en los campos a las mujeres embarazadas y a las madres con hijos recién nacidos, incluso las embarazadas estaban sometidas a azotes como todos los demás.

Si los castigos más violentos impuestos a los hombres consistían en flagelaciones y mutilaciones, las mujeres, además de flageladas y mutiladas, eran violadas. Los especiales abusos infligidos sobre las mujeres facilitaban la explotación económica despiadada de su trabajo.

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