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Por Verónica Agudelo, Sebastián Quiroga y Pablo Solana

Negociaciones con las Farc y el ELN: pensar lo que vendrá

América Latina y Caribe | 23 de abril de 2018

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Promediando el siglo XX, a partir de la posguerra, diversos procesos revolucionarios tuvieron como fuerza motriz principal a movimientos guerrilleros o ejércitos populares que enfrentaron, de manera exitosa, a regímenes coloniales o de opresión. La Yugoslavia de Josip Broz, el Mariscal Tito (1945), la República Popular China resultante de la guerra popular prolongada liderada por Mao Zedong (1949), la independencia de Indochina al mando de Ho Chi Minh (1956), fueron en cada caso coletazos revolucionarios alentados por las crisis de las potencias imperialistas afectadas por la guerra. En América Latina fue la Revolución Cubana la que les siguió en saga (1959), alimentando la ilusión de un socialismo caribeño, nuestroamericano, en medio de un continente atravesado por brutales desigualdades, dictaduras y masacres. (Por caso, Ernesto Che Guevara se vinculó con los barbudos de la isla después de presenciar el golpe de Estado de la CIA y la United Fruit Company en Guatemala; Fidel Castro reconoció, años después, que su paso por Colombia en medio del Bogotazo lo despertó a una cruda realidad que reclamaba una única vía de salvación: la revolución).

Las guerrillas contemporáneas más importantes de Colombia surgen —al igual que muchas otras en el continente— pocos años después de la Revolución Cubana, como parte de ese contexto latinoamericano y mundial. En este trabajo abordamos los procesos de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y el Ejército de Liberación Nacional (ELN) por razones obvias de coyuntura, aunque, puestos a hacer un esbozo histórico, es justo ampliar el rango: han sido al menos 31 los grupos rebeldes alzados en armas en el país entre 1958 y 2012, según un estudio de la Universidad Nacional.

Las FARC, el ELN y las demás organizaciones armadas surgidas a partir de los años sesenta tuvieron sus raíces bien autóctonas: bases y luchas campesinas y populares, la herencia de las guerrillas liberales y el desafío de resistir La Violencia oligárquica que se proyectaba como una sombra desde el asesinato de Gaitán, sostenida aún bajo el Frente Nacional. Hay factores geográficos determinantes que ayudan a entender su pervivencia, al igual que la particularidad del régimen político colombiano, de matriz esencialmente violenta y excluyente, que históricamente pretendió reproducirse sin que le importara su falta de legitimidad. Pero más allá de esas particularidades nacionales, en su desarrollo, el alineamiento ideológico de las guerrillas colombianas con las corrientes revolucionarias a nivel mundial fue inevitable (soviéticas, guevaristas o maoístas según el caso). El llamado «campo socialista» alcanzaba en la década de 1960 a un tercio de la humanidad, la crisis del capitalismo iba a profundizarse a escala global hacia los años setenta y, si de aspiraciones revolucionarias se trata, en América Latina y el Caribe estarían por venir las fuertes guerrillas centroamericanas y los movimientos armados en prácticamente todos los países de la región. En 1979 la Revolución Sandinista en Nicaragua volvió a poner a la orden del día la posibilidad de la victoria 20 años después de la entrada triunfal de Fidel y el Che en La Habana, mientras en Colombia, durante los años ochenta, la Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar brindaba a la estrategia insurgente la ilusión de la unidad.

Pero todo aquello tuvo un agotamiento, un claro punto de inflexión.

La caída del Muro de Berlín (1989) encendió tardías luces de alarma a quienes aún se afirmaban en el horizonte de los «socialismos reales», eufemismo con que solía denominarse a los regímenes burocráticos afines a la Unión Soviética. Aunque los ladrillos del muro golpearon a la izquierda en todos los rincones del planeta, para los pueblos con anhelos de liberación al sur del Río Bravo, el impacto subjetivo de la pérdida del poder del Sandinismo (1990) resultó un golpe tan duro como el del derrumbe de la ilusión rusa.

El capitalismo, ya sin el contrapeso de la Unión Soviética, supo recomponer su dominio mundial aún sin resolver su crisis económica global. EE.UU. se convirtió en gendarme del planeta y, más allá de algunos fracasos bélicos en Medio Oriente, el siglo XXI llegó sin desafíos de peso a la hegemonía del capital. La caída de las Torres Gemelas en Nueva York fue aprovechada para reforzar la nueva doctrina ideológica imperial: el combate al terrorismo internacional vendría a reemplazar la extinta guerra fría como maquinaria de terror para inmovilizar las rebeldías de todo signo.

Las izquierdas, a partir de la caída del Muro, debían recrear sus certezas. Con el diario del día después en la mano, es inevitable reconocer que el golpe caló hondo: el reformismo y la claudicación fueron políticas hegemónicas en los partidos comunistas europeos; en Medio Oriente la resistencia a las guerras imperialistas por el territorio, el petróleo y la supervivencia no resultaron campo fértil para el replanteo de estrategias de izquierda; tal vez el ciclo más esperanzador en estas décadas se haya dado en América Latina, donde un proceso gradual de surgimiento de nuevos movimientos sociales politizados, rebeliones masivas, crisis neoliberales y nuevas posibilidades electorales brindaron un buen caldo de cultivo para replantear los caminos posibles de la emancipación.

Aun así, adentrados casi dos décadas en el siglo XXI, el momento histórico que nos toca padece la falta de revoluciones triunfantes que permitan reactualizar la épica y los horizontes de cambio. Pronto se conmemorarán 40 años del triunfo de la Revolución Sandinista y, desde entonces, ningún movimiento revolucionario ha demostrado eficacia en los reiterados intentos por reconstruir un orden social por fuera de la lógica del capitalismo. Pero el mundo que tenemos frente a nosotros, signado por la profundización de la crisis civilizatoria de alcance global, guerras de invasión, injusticias estructurales y falta de perspectivas inmediatas de cambio, no es una realidad que vayamos a celebrar.

Es cierto que América Latina fue un interesante laboratorio político y social durante las últimas décadas. Las izquierdas exploraron vías no violentas de lucha contra las injusticias, con propuestas revolucionarias en algunos casos. No sería justo menospreciar el desarrollo de importantes movimientos sociales en el continente que lograron masividad y protagonismo en las luchas contra el modelo neoliberal, convirtiéndose de hecho en actores políticos con aspiraciones de poder. El Movimiento Sin Tierra (MST) en Brasil revitalizó la adhesión social de nuevos sectores que reimpulsaron al Partido de los Trabajadores (PT) hasta convertirse en alternativa de gobierno; los cocaleros y otros movimientos indígenas en Bolivia se proyectaron en el Movimiento al Socialismo-Instrumento Político por la Soberanía de los Pueblos (MAS-IPSP) hasta alcanzar la presidencia con Evo Morales; en Argentina fueron los movimientos sociales y asamblearios urbanos junto a nuevas generaciones de un sindicalismo de base quienes marcaron el pulso de la confrontación; allí, al igual que en Ecuador, la fuerza destituyente de las protestas antineoliberales dio como resultado presidentes alternativos que no habían sido protagonistas de la resistencia, pero que aun así se sumaron al denominado «ciclo progresista» en la región. Este período de protagonismo de ciertas izquierdas latinoamericanas no se entendería sin la figura de Hugo Chávez: la experiencia venezolana reactualizó el debate sobre el «Socialismo del siglo XXI» y dio un empuje decisivo a las políticas más audaces de independencia y soberanía a un continente históricamente considerado el «patio trasero» de la política imperial.

El ciclo progresista, con todos sus matices, entusiasmó a sectores de las izquierdas y los movimientos populares en América Latina y más allá; tuvo sus vericuetos, ha sabido enamorar en su momento de auge y desencantar en su reflujo; los vaivenes de la economía global (verbigracia, los precios de los commodities, materias primas de exportación como el petróleo, la soya, etc.) explican en alguna medida estructural la cosa, pero no alcanza con eso: hubo inconsistencias determinantes en los proyectos de quienes estuvieron al frente de esas experiencias, flaquezas estratégicas que resultaron los eslabones débiles por donde pudo entrar la reacción a restaurar el orden conservador, como está sucediendo en más de un país de la región (para quienes estén interesados en profundizar el tema, un análisis pormenorizado del período en cuestión puede consultarse en nuestro libro América Latina: huellas y retos del ciclo progresista).

Ahora bien: ¿en qué anduvo Colombia durante las últimas tres décadas, mientras esos fueron los aires que soplaron para las izquierdas del continente? Hay una particularidad colombiana en el devenir latinoamericano que se acentuó con fuerza desde los ochenta y que pervive en la actualidad. La continuidad de la lucha guerrillera ha sido parte nodal de esa singularidad. Veamos:

  • La ofensiva contrarrevolucionaria orientada por los EE.UU. en América Latina tuvo centralmente dos momentos, uno en el cono sur y otro en Centroamérica. Del primer período son ejemplo los golpes de Estado en Brasil (1964), Chile y Uruguay (1973) y Argentina (1976). En el segundo momento, por medio de la guerra irregular lograron desestabilizar a la revolución nicaragüense (1990), contrarrestar el intento revolucionario en El Salvador, que terminó reducido a unas negociaciones de paz (1989-1992) y lo mismo ocurrió en Guatemala (1996). Ambos períodos de fuerte ofensiva contrainsurgente dieron como resultado el fin de las experiencias revolucionarias caracterizadas por la lucha armada y la estrategia guerrillera. La Doctrina de Seguridad Nacional promovida por los Estados Unidos en su «lucha contra el comunismo» encontró en Colombia a un aliado incondicional, aunque, primera y determinante particularidad: en este país las guerrillas supieron sobrevivir más allá del genocidio político y social.
  • Como mencionamos, la izquierda continental exploró nuevas estrategias en las últimas décadas: protagonismo de los movimientos sociales, disputa de elecciones y triunfos presidenciales e intentos de autonomía soberana del ciclo progresista, hechos que pueden englobarse entre mediados de los ochenta (cuando nace el MST en Brasil) y mediados la década actual (cuando a la pérdida de gobiernos aliados como Paraguay y Honduras se suma la caída en mano de la derecha de Argentina por elecciones y de Brasil por un golpe parlamentario). Mientras la izquierda continental se permitió esas diversas búsquedas de estrategias alternativas, con resultados diversos pero valiosos en algunos casos, en Colombia tuvo lugar una nueva ofensiva de la derecha con apoyo imperial. Como imagen que sintetiza el contraste, están las fotos de las Cumbres de las Américas protagonizadas por Hugo Chávez, Evo Morales, Rafael Correa, Néstor Kirchner, Fidel y, por Colombia… Álvaro Uribe Vélez, uno de los símbolos más nítidos de la derecha antilatinoamericanista y pro-imperial.

Lo que está detrás de esa des-sintonía es la pervivencia de la lucha guerrillera en Colombia: ni la pudieron derrotar cuando sí lo hicieron con los demás movimientos revolucionarios en el continente, ni esa continuidad insurgente facilitó que en Colombia se pudieran desarrollar al menos algunos cambios a favor del pueblo cuando así pudieron hacerlo en los demás países latinoamericanos, aprovechando la coyuntura regional.

¿Por qué se mantuvieron activas durante tantas décadas las organizaciones armadas en Colombia? Hay allí un nudo central de la historia contemporánea del país que es bueno intentar desentrañar. El período reciente de negociaciones de paz, que dio como primeros resultados el desarme de la guerrilla más numerosa y un escenario de diálogo aún abierto con la otra fuerza insurgente con presencia nacional, pueden echar luz al respecto.

Por un lado, las FARC han decidido exponer abiertamente ante la sociedad su pasado y su futuro, y para ello le han dado una cuota de confianza al régimen al cual combatieron durante medio siglo. A más de un año de firmado el acuerdo, ante los recurrentes incumplimientos, ¿sostendrán esa confianza?

Por otro lado, el ELN ni se expuso tanto ni confió demasiado: su proceso abierto, sus acuerdos definitivos aún improbables, los expone sin embargo a una pregunta vital: ¿realmente creen que hay margen para que la lucha armada sea, no ya la estrategia hacia la conquista del Estado, sino al menos una vía legítima de acumulación de poder popular?

Ocho años que condensan mucho más

En 2010, para la segunda vuelta de las elecciones presidenciales en Colombia, los candidatos eran Juan Manuel Santos (exministro de Defesa de Álvaro Uribe, al frente del Partido de la Unidad Nacional) y Antanas Mockus (exalcalde de Bogotá, Partido Verde). Finalizaba el segundo gobierno de la Seguridad Democrática, doctrina contrainsurgente caracterizada por las masacres, los falsos positivos y las cooperativas de seguridad privada. Un ciclo marcado por la persecución al pensamiento crítico, a los movimientos sociales y la insurgencia armada —todo en el mismo plano— y por la expansión, fortalecimiento y desmovilización a medias del paramilitarismo. Una etapa en la cual la élite política tradicional, de la mano de poderes regionales, terratenientes y narcotraficantes, arrinconó al movimiento popular para imponer la reprimarización y la extranjerización total de la economía nacional.

Juan Manuel Santos, sobrino-nieto del expresidente Eduardo Santos, heredero del poder político y comunicacional, miembro de la familia propietaria del principal diario impreso en Colombia, El Tiempo, mantuvo las banderas del gobierno de Uribe y, montado sobre la popularidad guerrerista del expresidente, ganó en las urnas su turno de gobernar.

Apenas asumió dijo que «tenía las llaves de la paz y estaba dispuesto a usarlas». Así, después de años de comandar desde el ministerio de Defensa los bombardeos intensivos sobre las guerrillas (principalmente contra las FARC) inició con éstas un camino de diálogo y negociación que le insumió gran parte de su mandato; con el ELN solo avanzó públicamente después de concluido el ciclo de La Habana.

Los altibajos e inconsistencias de las negociaciones no impidieron que Santos gane el premio Nobel de Paz, un reconocimiento internacional que le permitió sobreponerse a uno de los escollos mayores de todo el ciclo: el triunfo del No en el plebiscito de 2016. Sin embargo, el premio Nobel no oculta los efectos de un plan de gobierno antipopular. Más allá de los festejos y ceremonias, la pervivencia de un modelo de saqueo y pobreza para las mayorías reclama un balance crítico sobre el contenido de los acuerdos, los límites de su implementación y el impacto real de la letra escrita en la política concreta que podrán ejercer quienes, con el contexto de guerra aminorado, pretendan hacer oposición de ahora en más.

Hay valoraciones positivas innegables: la reducción drástica de la cantidad de bajas en combate tanto de las Fuerzas Armadas del Estado como de las FARC; la transformación de esta última en el partido Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común, y el aumento de curules en el Congreso de la República para los siguientes dos períodos. No son hechos menores, ya que parte de lo que se buscaba era una transición a la posibilidad de hacer política sin necesidad de las armas.

Sin embargo, el sabor es agridulce. Esas pocas garantías de la transición van acompañadas de la continuidad de un «genocidio político actual», al decir de una de las entrevistadas, que sabe de lo que habla porque hace no tantas décadas su fuerza política lo padeció. Aun las voces que se aferran a una valoración positiva del ciclo de negociaciones reconocen la falta de voluntad del gobierno nacional —y en general de las élites dirigentes— para comprometerse en un acuerdo que saque la violencia de la política en Colombia, generando reglas y mecanismos para la disputa democrática y pacífica de los distintos proyectos de país.

«Se negoció en función de la correlación de fuerzas», escuchamos en una de las entrevistas. Coincidimos. Creemos a la vez que la correlación de fuerzas entre las clases y sectores sociales con intereses antagónicos no es estática, por el contrario: se va alterando en un sentido u otro en función de las batallas que se dan. Y dar las batallas por el sentido, en este contexto histórico, es fundamental.

Recuperar el sentido profundo de la palabra “paz”

En su novela distópica 1984, George Orwell describe un régimen totalitario que, entre otras barbaridades, elimina palabras del diccionario. El Ministerio de la Verdad es el encargado de crear la neolengua con el objetivo de achicar el vocabulario; así evitan que ciertos términos negativos sean dichos y pretenden, de esa forma, que tampoco puedan ser pensados. Quitan del diccionario la palabra «malo»: algo debía ser bueno o inbueno, entonces ya no existiría el mal, al menos no se lo podría nombrar. La maniobra tiene objetivos claros: invisibilizar el terror como forma de naturalizarlo, anular la conciencia crítica, perpetuar la dominación.

Las élites en Colombia han propuesto una operación ideológica similar a la que imaginó Orwell. La palabra «paz» logró tal omnipresencia que casi nadie se anima a desafiarla: la sola idea de que este modelo de desarme de las insurgencias al que se suele llamar «paz» fracase, parece no existir simplemente porque se ha convertido en tabú mencionar esa posibilidad.

Entonces aquí pareciera que todo va bien: abundan las políticas para la paz, se promueve la participación para la paz, se hacen foros por la memoria para la paz, educación para la paz, financiación para la paz… mientras se aseguran de perpetuar las condiciones de injusticia que llevaron a que el país viva en guerra.

La doble tenaza estatal-comunicacional se regodea en la implementación de políticas sociales que apenas resultan parches mínimos en el rotoso océano de violencias que sostienen la inequidad. Unos y otros reclaman a quienes reciben unas pocas concesiones algo muy básico: que refuercen la matriz ideológico-discursiva necesaria para lograr el objetivo orwelliano de que no exista otra sensación en el país más que la “paz”. La destrucción del medioambiente, el empobrecimiento de la población y el asesinato de líderes no se llama violencia sino apenas “dificultades en el camino de la paz”.

Hay que asumir que gran parte del campo democrático, progresista e incluso de izquierda parece haber caído en la trampa: hablar de paz se volvió lugar común, con independencia de las realidades de «no-paz» que nos circundan pero pretenden que no veamos (no mencionemos).

Quienes abordamos el desafío de reunir las voces que nutren estas páginas creemos, sin embargo, que la paz es cosa seria. Lo ya dicho: para que la paz que hablamos no sea la de alguna especie de neolengua orwelliana o la paz de los cementerios, debe estar asociada indefectiblemente a la idea de justicia social. Algo que no conocen las clases dominantes de este país: por eso mismo resulta deseable insistir en la voluntad de removerlas del poder, aunque suene trillado el intento. No habrá otra forma posible de construir la justicia social.

Este libro podrá ser visto de diferentes maneras, pero no como parte de la maniobra discursiva que esteriliza el sentido profundo de la paz. En las páginas que siguen, tanto quienes alertan sobre situaciones preocupantes como quienes priorizan la valoración de lo avanzado en el período que analizamos, lo hacen exponiendo argumentos, aportando sentido crítico aún en la reivindicación de lo que se alcanzó: ese es el modo, esa es nuestra apuesta.

Preguntas

Las opiniones aquí vertidas son diversas. Algunas se complementan, otras se contraponen, varias de las personas convocadas piensan bien distinto.

Comenzamos por darle voz a los protagonistas de las dos insurgencias que acudieron al diálogo con el gobierno: las FARC y el ELN. (Decimos los protagonistas, aunque en realidad son las: al igual que en otras tantas entrevistas, encontramos en voces de mujeres testimonios tanto o más valiosos que los de los hombres que suelen encabezar las vocerías tradicionales, especialmente en las organizaciones armadas; como expresa Victoria Sandino en estas páginas, hay en ello una batalla por la igualdad a la que pretendemos aportar). Continuamos con las palabras de un reconocido jurista que supo asesorar ambos procesos. Dialogamos con lideresas del movimiento social: representantes indígenas y afrocolombianas que habitan los territorios con mayor conflictividad, voceras de movimientos sociales y políticos que pujan por la participación de la sociedad. Sumamos las opiniones de defensoras de derechos humanos, un eje sensible en el cual el asesinato de líderes y lideresas es la punta de un peligroso iceberg de continuismo de la violencia y la impunidad. Dos representantes de la izquierda parlamentaria aportan sus testimonios: han sido víctimas y, a pesar de ello, redoblaron su compromiso en la construcción de un camino político como salida al conflicto armado. Hay quienes trabajan denodadamente desde ONG comprometidas, quienes saben lo que es el conflicto porque fueron parte y hoy buscan aportar soluciones. Sumamos la voz de la militancia cristiana comprometida con la justicia y no con el poder. Completan el profuso abanico de miradas críticas académicos y analistas internacionales que nos ayudan comprender los alcances y los límites de estos años de negociación.

Miradas críticas, decimos, no porque necesariamente los y las entrevistadas critiquen lo hecho en este ciclo en torno a las negociaciones con las insurgencias, sino porque la reflexión sobre la acción implica, de por sí, un ejercicio crítico de la realidad. Aún quienes hacen una defensa firme del período que analizamos, lo hacen mirando más allá de la superficie, fundamentando sus afirmaciones, brindando argumentos que nos ayudan a pensar.

Por nuestra parte, tras escuchar con máxima atención cada opinión y argumento, tras debatir y poner las distintas miradas en el contexto de nuestras propias experiencias militantes, nos queda una leve certeza que no pretendemos convertir en premonición, sino apenas compartir para que sea considerada una opinión más.

Creemos no estar diciendo nada demasiado original si alertamos sobre la incertidumbre que rondará, en los próximos años, el destino de quienes se han acogido con esperanzas a los acuerdos de paz: en primer lugar, las y los miembros de las FARC, pero esa incerteza también alcanzará (ya está sucediendo) a quienes desde los territorios anhelan poder superar la guerra, y a quienes desde sus mejores intenciones de justicia creyeron que la tal paz llegaba con una firma y no mucho más.

El debilitamiento de las guerrillas a fuerza de bombardeos durante el gobierno de Uribe es un factor importante para entender «la correlación de fuerzas desfavorable» y el desarrollo de las negociaciones con sabor a poco durante el gobierno de Santos, pero no el único. Esos ataques primero, y unos acuerdos sin mayores garantías después, encontraron complicidad por parte de una sociedad hastiada del conflicto armado, pero especialmente intolerante con la guerrilla. La Guerra de Cuarta Generación, como se denominó a las maniobras de acción psicológica sobre la población basadas en la utilización de los medios masivos de comunicación, implicó un «bombardeo ideológico» como complemento permanente de los ataques militares, y eso generó un sentido común hostil a la insurgencia. Pero los errores (en ocasiones crímenes) cometidos por las guerrillas, son parte ineludible del contexto.

El sabor agridulce que arroja este balance nos vuelve al inicio de estas líneas. Siglos de resistencia de los pueblos en Nuestra América han empalmado con las luchas anticapitalistas por el socialismo en todo el mundo; las guerrillas y la izquierda en general en Colombia no han sido ajenas a los avances y reflujos de los movimientos revolucionarios a nivel global. A los factores endógenos debemos sumar la situación de desconcierto en la que se encuentra la izquierda en el mundo y la falta de buenos ejemplos revolucionarios que realimenten expectativas tras décadas de fracasos.

Sin embargo, aún sin grandes hechos revolucionarios a la vista, hay procesos esperanzadores. El movimiento popular en Kurdistán combina una resistencia heroica a la barbarie guerrera de los Estados que le disputan territorio, a la vez que desarrolla un Confederalismo Democrático respetuoso de los pueblos, insurgente y feminista, que se proyecta como ejemplo a los ojos de una incrédula y decadente civilización occidental; los Caracoles zapatistas se afirman como espacios de autonomía en el sur de México: pocas comunidades campesinas en los marcos del capitalismo podrían mostrar la capacidad de auto-organización y bienestar soberano que logran quienes protagonizan esas realidades de construcción de poder popular. Otras experiencias de autonomía y desafío a las lógicas del capital pueden rastrearse en fábricas autogestionadas por sus trabajadores, o incluso en las invisibilizadas Comunas de la Venezuela bolivariana.

El movimiento social en Colombia bien puede sentirse parte de ese contexto esperanzador. Cuenta con una capacidad de resistencia y una creatividad encomiables. Aun en medio de la guerra han surgido potentes escenarios de movilización, apuestas alternativas de gobiernos locales y disputas directas con las lógicas políticas que propone el Estado (es justo reconocer que, en algunas de esas experiencias y en la capacidad de los pueblos de resistir la barbarie represiva, las insurgencias armadas han aportado lo suyo). El ejercicio colectivo deberá alimentar otros relatos posibles de la historia del país y transformar el inconformismo social en esperanzas de cambio, están dadas las condiciones para que ello suceda. Por eso, aun con todas las adversidades a la vista, nos consideramos portadores de un optimismo que creemos justificado.

Claro que sigue pesando la ausencia de estrategias integrales —ya no parciales— para hacer frente a un mundo capitalista tan plagado de injusticias como la mismísima Colombia. ¿Qué nuevos horizontes proponen las izquierdas para resolver las tareas urgentes del cambio social? La vía de la lucha armada para la toma del poder, está dicho, acumula décadas de derrotas e impotencias. ¿Pero entonces cuál vía es la más efectiva para derrotar a los personeros de la muerte y la voracidad del capital?

Las vías democráticas de intentar no ya cambiar el mundo, sino al menos atender las situaciones de los pobres en países con tremendas desigualdades sociales, vienen siendo obturadas con sistematicidad preocupante en los últimos tiempos. Este libro se está terminando de editar mientras las noticias informan que el Tribunal Supremo de Brasil ratificó la condena a Lula da Silva, candidato del Partido de los Trabajadores y líder en las encuestas a la presidencia. Al igual que la destitución de Dilma Rousseff en 2016, se trata de maniobras antidemocráticas de los dueños del poder para impedir que haya en Brasil un nuevo gobierno que atienda a los más necesitados. En diciembre de 2017 tuvo lugar en América Latina otro golpe a la voluntad popular, menos difundido porque se trata de un pequeño país centroamericano: un megafraude en las elecciones de Honduras le quitó la presidencia al candidato reformista Salvador Nasralla para garantizar la continuidad en el poder del derechista Juan Orlando Hernández; Honduras había sufrido otro golpe de Estado en 2009, cuando el presidente liberal Manuel Zelaya fue trasladado por militares a una base norteamericana y sacado ilegalmente del país. Está el caso de la destitución forzada del exsacerdote y presidente progresista del Paraguay, Fernando Lugo (2012), y así podríamos extendernos en ejemplos que ponen en contradicho la viabilidad de la «lucha democrática» si de desafiar a los dueños del poder se trata.

¿Cuáles son los caminos viables para la izquierda, entonces? La búsqueda de respuestas a esa pregunta excede a los procesos de diálogos con las insurgencias. En todo el mundo las izquierdas experimentan caminos, buscan recomponer lineamientos estratégicos, y lo mismo tocará hacer al conjunto del campo popular en Colombia.

En la medida en que no se resuelvan las injusticias de fondo (y en el marco del capitalismo, ya vemos, las injusticias no solo no se resuelven, sino que se eternizan) el destino de la izquierda, y dentro de ello de las negociaciones con las insurgencias, se encuentra ante un final abierto… que incluso podría no ser final.

Esperamos que todas estas preguntas alimenten el desarrollo de ideas críticas, audaces, para asumir el desafío de seguir pensando en cambiar el mundo. Aunque para ello debamos, nuevamente y como siempre: inventar o errar.

Descargue el libro completo aquí.


Fuente: Lanzas y Letras

* Verónica Agudelo, politóloga de la Universidad Nacional de Colombia (sede Medellín); Sebastián Quiroga, politólogo, integrante de la Mesa Social para la Paz; Pablo Solana, editor de La Fogata Editorial.

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