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Por Carlos Aznárez

Ni Rajoy ni la Guardia Civil podrán con Catalunya

Estado Español | 1ro de octubre de 2017

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Ni “choque de trenes” como afirma el ex secretario de los comunistas españoles, Julio Anguita, ni tampoco “golpe de Estado civil”, según señalan los “socialistas” y ex jefes en los años 80 de los escuadrones de la muerte denominados GAL, Alfonso Guerra y Felipe González. El referéndum catalán que tanto molesta a la España franquista y prepotente es una reivindicación histórica de un pueblo que, como el vasco y otros de la península, están hastiados del dominio y el pillaje de un reino que hace agua por donde se lo mire. Lo que ahora está ocurriendo no es nuevo, hay toda una historia detrás que tanto Rajoy, como el PSOE y hasta los “ni ni” de Podemos quieren ignorar: Cataluña es una nación oprimida por España desde su ocupación por las tropas borbónicas en 1714, y la posterior supresión de las instituciones catalanas y la prohibición de su lengua mediante decretos impuestos “manu militari” y promulgados por Felipe V entre 1707 y 1716.

Lo que ahora va a ocurrir este 1 de octubre a través de las urnas ya fue intentado en 1873 a pocos días de proclamarse la Primera República cuando José García Viñas y Paul Brousse proclamaron en Barcelona el “Estado catalán federado con la República Española”. Una de sus primeras reivindicaciones fue constituir un gobierno provisional, convocar a elecciones y disolver el Ejército. Pero las diferencias entre sectores de la burguesía y las duras intimidaciones del gobierno de Madrid hizo culminar muy rápido la ilusionante intentona.

Sin embargo, muchos años después se insistiría en el tema, al anunciar Lluis Companys, desde los balcones del Ayuntamiento de Barcelona, la proclamación de la II República. Era el 14 de abril de 1931 y un día después, Francesc Maciá, representante de Esquerra Republicana (un partido histórico que ahora también impulsa el referéndum) se hizo cargo del Gobierno catalán. Madrid volvió a negar ese derecho y entre amenazas y promesas, logró que se negociara la dimisión de Maciá, pero a cambio se concedió impulsar una Autonomía que recién fue proclamada en 1932. Pero el espíritu catalán, rebelde y no condescendiente con los cantos de sirena del españolismo imperial, hizo que dos años después, Companys, como presidente de la Generalitat, proclamara otra vez el Estado Catalán. La razón era de lógica pura: la entrada de representantes de un partido ultra católico, centralista y conservador denominado CEDA en el gobierno de la II República dirigido por Alejandro Lerroux, desbordó el vaso de la paciencia catalana y volvió a aflorar la necesidad de romper cadenas con quienes falseaban los principios autonomistas que proclamaban.

Al igual que las actuales amenazas de Mariano Rajoy y el resto de los poderes fácticos borbónicos, Lerroux montó en cólera, declaró el estado de guerra, y envió al ejército a enfrentarse con valientes jóvenes catalanes que decidieron defender su soberanía con las armas en la mano. Después de duros choques, que dejaron un saldo de más de 40 muertos y 3 mil detenidos, la derrota volvió a sacudir las ansias libertarias de un pueblo que jamás se resignó a ser esclavo. Companys y varios de sus seguidores fueron condenados a 30 años de cárcel, pero el triunfo del Frente Popular en febrero del 36 los premió con una amnistía y la cesión nuevamente del derecho a reinstaurar la Generalitat. Duró poco, ya que tres años después el alzamiento victorioso del fascista Francisco Franco atropelló con furia los derechos alcanzados hasta ese momento. Suprimió las libertades y la emprendió represivamente contra todo aquel que se opusiera a sus designios disciplinadores. La lengua catalana fue prohibida y se atropellaron todos los vestigios de una cultura originaria, que para el franquismo inquisitorial representaba lo demoníaco. Fueron largos años de penuria y sorda resistencia.

Muerto el dictador, Cataluña volvió a contar con sus instituciones, dentro de una autonomía controlada, pero siempre dependiendo tributariamente de Madrid. En otras palabras, el centralismo español (a través de una transición amañada de derecha a izquierda) siguió llenando sus arcas usufructuando del poderío económico catalán. Y para ello, en un largo período que recién en los últimos años se ha ido dejando de lado, contó siempre con la complicidad de la burguesía catalana.

Pero las cosas han ido cambiando para bien. Por un lado, porque jamás el pueblo catalán cedió en su conciencia política a la idea de considerar que las cadenas atadas y bien atadas por el franquismo y sus descendientes podían durar toda la vida. Como dijera un poeta, el independentismo es como un río correntoso al que no se lo frena con muros represivos ni cantos de sirena. Desde lo más hondo de sus entrañas, siempre se ha defendido la tesis de que Cataluña es una Nación y que más temprano que tarde llegaría el día del gran enfrentamiento con el poder central colonial. Hubo todo tipo de intentos, desde la lucha armada protagonizada por Terra Lliure, que fue descabezada a punta de represión y detenciones, hasta el surgimiento de numerosas organizaciones de lucha tanto social, política y cultural. La lengua, a lo largo de los años, se hizo masiva y se convirtió en uno de los elementos fundamentales de la identidad libertaria e independentista.

Pero faltaba algo, que finalmente llegó: por un lado, la decisión de la burguesía catalana de romper amarras con sus antiguos socios (algo que sus pares vascos jamás han hecho) y por el otro, el surgimiento de una fuerza independentista de izquierda, la Candidatura de Unidad Popular (CUP), que con una importante práctica militante en barrios y pueblos, le sumó a la lucha por la Liberación Nacional el aditamento fundamental para cerrar el círculo. No alcanza con la independencia, hay que bregar también por el socialismo, sentenció la CUP.

Como resultado de grandes movilizaciones populares, votaciones no reconocidas y expresiones multitudinarias sobre la necesidad de independizarse de quienes no solo usufructúan de su economía sino que (como ocurre con el pueblo vasco) desprecian la catalanidad, el actual gobierno de coalición integrado por Junts pel Si (que agrupa a la centro derecha de Convergencia Democrática de Cataluña (CDC), Esquerra Republicana de Catalunya (ERC), Demócratas de Cataluña y Moviment d’Esquerres) y por la izquierda popular revolucionaria de la CUP, se tomó la valiente decisión de convocar al referéndum del 1 de octubre. El objetivo: la Independencia, sin más vueltas.

A partir de ese momento, no solo esa entelequia llamada España sino también sus socios de la Unión Europea pusieron el grito en el cielo y amenazan con lanzar truenos y centellas contra los osados independentistas. Más aún, demostrando que poco diferencia al PP con el PSOE, e incluso con una izquierda boba que jamás ha entendido los procesos de emancipación nacional, la respuesta ha sido lanzar sobre Cataluña una verdadera invasión represiva de lo peor del fascismo franquista: la Guardia Civil.

Con gritos de “Arriba España y Viva Franco”, los uniformados, al igual que en los años de la dictadura, entran con sus vehículos en Barcelona y otras ciudades, agitando la odiada bandera rojigualda y haciendo gestos soeces contra los transeúntes que los miran sorprendidos. Pero poco les duró la fiesta: al generar los nuevos cruzados las primeras detenciones de las autoridades gubernamentales catalanas, el pueblo se lanzó a la calle, los cercó, los enfrentó y expresándolo con todas las letras, obligó a retirarse de algunos sitios a la jauría. Se vivieron escenas increíbles como la de cientos de jóvenes golpeando los coches policiales, embadurnándolos con stikers del referéndum, y hasta colgando la bandera catalana independentista en el mástil de un local de la Guardia Civil.

Así están las cosas en Catalunya. Con la policía colonial allanando imprentas, secuestrando miles de boletas del referéndum, cerrando páginas webs independentistas y amenazando con detenciones de los altos funcionarios del Gobierno local. Más aún, algún general trasnochado también insinúa sacar los tanques para frenar a los “rojos”. Pero todo será en vano. Existe la convicción de que no alcanzarán los 10 mil guardias civiles enviados por Madrid, ni tampoco el linchamiento mediático, para detener tantas ansias de libertad. De nada le servirán a Rajoy y su comparsa, las palmaditas en la espalda de Donald Trump o los mensajes de “buena voluntad” de la OTAN. La suerte ya está echada. La Nación catalana será libre e independiente, contra viento y marea. Y luego vendrá Euskal Herria y una larga lista de asignaturas pendientes a nivel de territorios invadidos y mancillados por el poder fascista español.


Publicado originalmente en Resumenlatinoamericano el 28 de septiembre de 2017

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