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Por Angelo Baracca y Marinella Correggia

No olvidemos que también las guerras y el complejo militar industrial matan al clima – además de a los pueblos

Internacional | 2 de octubre de 2019

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Angelo Baracca y Marinella Correggia

Hubo quien habló de “segunda superpotencia mundial”. El 15 de febrero de 2003 simultáneamente millones de personas salieron a la calle en casi todos los países del planeta para decir no a la guerra de Bush, Blair y lacayos contra Iraq, “no a la guerra por el petróleo y por los negocios”. Aquella experiencia de revuelta pacífica planetaria, épica pero sin éxito (no se detuvo ni siquiera una bomba), no se repitió en ocasión de sucesivas guerras de agresión directa o por poder, ni por otras emergencias ambientales y sociales.

Hoy es el movimiento de los jóvenes por el clima y por una existencia futura el que dialoga como un tsunami —metáfora no casual— en todo el planeta.

Empeñarse contra el caos climático y al mismo tiempo oponerse a las guerras y al complejo militar industrial debería ser obvio. Alcanzar el objetivo primario de cero emisiones es imposible sin incluir el complejo militar industrial, sus bases territoriales, sus ejércitos y su resultado más trágico: las guerras de agresión, las intervenciones humanitarias responsables de devastaciones ambientales, víctimas humanas y desplazamientos de poblaciones incalculables, aéreos y terrestres. Un tanque y un cazabombardero le hacen la guerra también al clima.

Sin embargo, no solo los gobiernos presentes en la Cumbre de Acción Climática de Naciones Unidas hablaron del argumento bélico (escondido bajo el tapete de las negociaciones anuales), sino también a nivel de movimientos de masas por el clima, la oposición a las actividades militares en todos los órdenes. El antimilitarismo debería imponerse entre los eco-militantes junto al concepto de carbon bootprint (huella climática de las botas militares): el impacto del consumo intensivo de energía que altera el clima, causado por el sistema de armas, bases y aparatos, aviones, barcos, tanques, ejércitos, sobre todo durante las intervenciones bélicas.

Según el informe A Climate of War. The war in Iraq and global warming, los primeros cuatro años de intensísimas operaciones militares en Iraq desde 2003, provocaron la emisión de más de 140 millones de toneladas de gas de efecto invernadero (CO2 equivalente), más de las emisiones anuales de 139 países. El estudio Pentagon Fuel Use, Climate Change, and the Costs of War, de Neta Crawford, de la Universidad de Boston, en el ámbito del proyecto Cost of war, analiza el consumo de carburante en las guerras de Estados Unidos “antiterrorismo” post 11 de septiembre (no olvidemos que Italia es también responsable por haber participado). De 2011 a 2017: un cálculo por lo bajo solo por el consumo de combustible revela a la emisión de 1 200 millones de toneladas de gas de efecto invernadero (CO2 equivalente), pero este cálculo no incluye la producción de armas y su paquete ecológico y climático, ni el impacto sobre el clima y el ambiente de la destrucción masiva de infraestructuras, casas, servicios, todo por reconstruir.

Millones de toneladas de cemento (entre las producciones industriales que más consumen energía), combustibles para las maquinarias, etc. Una soga en el cuello del planeta, como resumía el llamamiento «Stop the Wars, stop the warming» lanzado por el movimiento World Beyond War (WBW), la víspera de la Conferencia sobre el Clima en París (2015): “El uso exorbitante de petróleo por parte del sector militar sirve para realizar guerras por el petróleo y por el control de los recursos, guerras que producen gas que altera el clima y provocan calentamiento global. Es hora de romper este círculo, terminar con las guerras por los combustibles fósiles y con el uso de combustibles fósiles para hacer la guerra”.

El mismo tono en el informe Demilitarization for Deep Decarbonization a cargo de Tamara Lorincz para el International Peace Bureau (Ipb): “Reducir el complejo militar industrial y repudiar la guerra es una condición necesaria para salvar el clima, destinando los recursos ahorrados a la economía post-extractiva y a la creación de comunidades resilientes. Se estima además — dice Lorincz— que para tener esperanza “el 80-90% de los combustibles fósiles debería permanecer bajo tierra, así “todo lo que se extrae se usaría para la transición a un sistema de cero emisiones, no para los militares”.
El más estudiado es el complejo militar – industrial estadounidense, que ciertamente es el acusado principal (solo 35 países en el mundo consumen más energía fósil que esa entidad, pero los demás países son cómplices).

En julio pasado WBW presentó un nuevo informe, The US military and climate change, en el cual se visualiza, gracias al medidor de emisiones, la comparación entre el impacto climático del consumo para usos civiles y el de un medio de transporte militar. En el libro The Green Zone. The Environmental Costs of Militarism (2009), el exprofesor de Historia de las Ideas Barry Sanders presenta un cálculo impresionante: el ejército de Estados Unidos, y los instrumentos a él ligados, emitiría por sí solo al menos el 5% de las emisiones totales de gas de efecto invernadero, a esto se suman los ejércitos, las armas y las operaciones de los otros. Los gastos militares mundiales llegaron a 1,74 trillones de dólares en 2017, según el Sipri de Estocolmo. Trillones traducibles en enormes cantidades de gas de efecto invernadero. Trillones para destruir.

Los militares se ocupan del clima, pero no de producir menos armas ni de hacer menos guerras. El libro The Secure and the Dispossessed. How the Military and Corporations are Shaping a Climate-Changed World (Pluto Press), a cargo de Nick Buxton e Ben Hayes, ilustra las estrategias del sector militar y de las multinacionales para manejar los riesgos (incluso con geoingeniería, que pretendería atenuar los efectos del calentamiento global sin la necesaria y drástica reducción de las emisiones). El objetivo es proteger a pocos en nombre de la seguridad, excluyendo a los no privilegiados, burlando la justicia climática. Por otra parte, el National Defense Authorization Act (Ndaa) firmado por el mismo Donald Trump, se preocupa por “la vulnerabilidad de las instalaciones militares ante los próximos eventos climáticos” y la US Navy publicó un manual sobre las técnicas de resiliencia militar. Ellos están preparados.
También la OTAN en la «Wales Summit Declaration» que concluía en 2014 una reunión del North Atlantic Council (órgano de decisión de la Alianza), ve en el cambio climático uno de los factores que tienen y tendrán “un impacto en la seguridad ambiental” y que puede “interesar de manera significativa a la planificación y las operaciones de la OTAN”, la que se empeña no en extinguirse o por lo menos en no hacer más guerras, sino en mejorar su eficiencia energética. Pero, ¿cómo afrontará el sector militar una verdadera transición post-fósil? Es improbable que las guerras del futuro se hagan con cazabombarderos con paneles solares, tanques a base de hidrógeno y la sucesiva reconstrucción de edificios con pacas de paja y cáñamo.

Pero no termina aquí. “El sector militar no solo contamina, también corrompe, transfigura, aniquila. El destino de la Tierra y del mundo está en manos de las armas” (Barry Sanders). Las actividades militares son responsables de muchas formas de contaminación y daños a la salud de las poblaciones: desde los metales pesados hasta el uranio empobrecido y también el torio para probar cohetes en los polígonos de tiro.

No menos grave es la ocupación de territorios que deberían estar destinados a los cultivos o a otras actividades humanas útiles y que sin embargo permanecen grave y permanentemente contaminados por las actividades militares. Como ejemplo son conocidos —pero los procesos judiciales están encubiertos— los daños a la salud humana y animal, y obviamente al ambiente, de los polígonos de tiro de Cerdeña, región que ostenta el record de sirvientes militares en Italia. En muchos casos se contaminan también las fuentes hídricas, como subrayan los pacifistas alemanes que luchan por el cierre de la base de Ramstein (también presentaron un plan para su eco-reconversión).

Uranio empobrecido: los casos reconocidos de tumores (y muertes) que han afectado a los soldados italianos que sirvieron en el exterior superan los 300. Obviamente poco se sabe sobre el aumento de los tumores y enfermedades que dañan a las poblaciones víctimas de los indiscriminados ataques militares y que obviamente no tienen canales para recorrer a la justicia u obtener resarcimientos (el tribunal de la ex Yugoslavia archivó las denuncias contra la OTAN).

Hay que agregar que los gastos militares (más de 1 700 millones de dólares a nivel mundial, en Italia 80 millones de euros al día) son recursos sustraídos a las inversiones sociales y a la reconversión hacia una economía justa y ecológica.

Y, además, la energía nuclear militar. El fin de la civilización humana por la amenaza de la alteración del clima podría suceder a causa de un “atajo”: una guerra nuclear con el uso de un número reducido de las armas nucleares aún existentes (casi 15 000) y operativas (casi 5 000) , causaría por la sola emisión de polvo y escombros (sin contar las destrucciones directas y el fall-out radiactivo y las consecuencias sanitarias) un drástico oscurecimiento y el consiguiente enfriamiento de la atmósfera terrestre, el llamado “invierno nuclear”, con drásticos daños a la agricultura y dramáticas carestías.

Las simulaciones indican que una guerra nuclear entre la India y Paquistán (constantemente al borde de un conflicto) que estallan la mitad de sus arsenales nucleares, cerca de 260 ojivas en total, podría causar hasta 2 000 millones de víctimas. No por gusto la red Peace and Planet y el International Peace Bureau organizarán en Nueva York en abril próximo la conferencia mundial “Abolir las armas nucleares, enfrentar la crisis climática, por la justicia económica y social”.

Las movilizaciones en Italia deberían pedir al gobierno que firme y ratifique el Tratado de Prohibición de Armas Nucleares, aprobado por Naciones Unidas el 7 de julio de 2017.


Traducción Yenia SIlvia Correa.
* Una versión reducida de este artículo fue publicada en el manifiesto de hoy 27 de septiembre de 2019

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