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Por Reinaldo Iturriza

Nosotros, comunistas en la era del chavismo

Venezuela | 2 de octubre de 2015

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Por Reinaldo Iturriza

A propósito de la virulencia de ciertos escarceos más bien subterráneos, escribía mi amigo Eder Peña: “Es la hora de la chiquita, sale lo peor de lo que nos han inoculado contra la mayor creatividad posible, pero lo peor lleva ventaja porque es lo más fácil“. Estoy completamente de acuerdo.

He pensado mucho sobre este asunto últimamente. Es la hora de la chiquita. Lo que no quiere decir que no vendrán nuevas horas difíciles, que lo sabremos nosotros los chavistas, que estamos habituados a lidiar con situaciones límite. Pero vivimos la que quizá sea la hora más difícil de la revolución bolivariana.

No me referiré aquí a las causales de la dificultad. No es mi intención. Me limitaré a subrayar que es un momento histórico que nos interpela con fiereza, que nos impide hacernos los distraídos. Nuestra respuesta deja ver nuestra grandeza, pero también nuestras miserias. El detalle es que estas últimas producen escándalo. El heroísmo de estos tiempos es más bien silencioso.

En algunos escándalos he comenzando a advertir la influencia del aspecto generacional. No quiero decir, en lo absoluto, que lo generacional sea el condicionante principal de actitudes que, por demás y lamentablemente, es posible ver en personas de todas las edades. Pero estoy convencido de que hemos menospreciado un aspecto que, en todo tiempo y lugar, determina voluntades.

Yo pertenezco a una generación de comunistas muy soberbios, no por comunistas, sino por inmaduros, que le tocó empezar a militar en un ambiente incomparablemente hostil: el del “fin de las ideologías”. Soy de los que compraba a precio de remate los libros de Lenin que los viejos comunistas renegados tiraban a la basura. Aún conservo casi todas esas joyas, más uno que otro manual inservible de la editorial Progreso.

Luego, maravilla de maravillas, llegó el chavismo. Y el chavismo, camarada, nos dio una revolcada de padre y señor nuestro, y en la revolcada nos fuimos haciendo hombres y mujeres, y nos reencontramos con el pueblo, y aprendimos que éramos parte de él y no mejores que “las masas”, y fuimos audaces en la lectura y en la práctica, y dejamos de comportarnos como ascetas, y comprendimos que la militancia no tenía por qué significar andar tristes, compungidos, y nos sacudimos ese rictus de severidad de nuestros rostros porque entendimos que para darle un beso a la vida hay que tener los labios bien dispuestos.

No obstante, nosotros, comunistas en la era del chavismo, no fuimos capaces de conjurar el retorno de esa misma soberbia que creíamos extinta. Hay una generación de jóvenes militantes de izquierda, marxistas-leninistas, algunos de los cuales incluso reivindican a Stalin, que no vivió la década prodigiosa que vio insurgir al chavismo (la década de los 90, tan inexplorada, tan poco pensada, tan incomprendida), que vio de lejos los primeros combates del chavismo ya con el control del gobierno, y que obligado a vivir la hora más difícil de la revolución bolivariana, responde con una actitud absolutamente contraria a la audacia: refugiándose en los conceptos elementales del materialismo histórico, en cualquier cosa que le permita lidiar con ese exceso de realidad que es siempre una revolución que atraviesa por circunstancias adversas.

Resulta doloroso ver cómo pierden el tiempo “demostrando” que Chávez leyó a Marx, como si eso inclinara definitivamente la balanza para la causa que agrupa a los justos frente al “reformismo”; ver cómo profieren maldiciones porque Maduro no nacionaliza la banca o porque impide que la clase obrera tome el control definitivo de los medios de producción. La mera noción de pensamiento estratégico, tal vez el aspecto en el que Chávez era más genuinamente marxista, les resulta absolutamente ajena. A su juicio, sin la menor sombra de duda, tal o cual medida debe tomarse ahora, porque es sólo ahora el tiempo de la política, y porque ésta no sabe de incertidumbres. Pero basta que se les reclame al afán manualesco y se les exija un análisis riguroso del estado actual de la lucha de clases: no hay peor ofensa. De inmediato, responden con la acusación de anti-intelectualismo.

Confieso que me angustia tanta altivez. Tanto ofuscamiento. A estas alturas, y sobre todo en las actuales circunstancias, cualquiera que se autodefina como militante de izquierda tendría que haber superado la falta de confianza, en sí mismo y en el pueblo venezolano, que le hace actuar con tanta altanería. Ésta no es más que una señal de miedo. El mismo miedo que hace ver enemigos en todas partes y que es la antesala de la derrota.

Y lo sabemos bien: la derrota no es, ni remotamente, una opción. De la misma forma que no es opcional aprender las lecciones políticas que dio Chávez sobre cómo se hace política con vocación hegemónica.

Cualquiera militante chavista, pero en particular aquellos que se reconocen como marxistas, está en la obligación de estudiar a fondo las implicaciones teóricas y prácticas del desafío que nos planteaba Chávez cuando hablaba de socialismo del siglo XXI. En cambio, mucho comunista de nueva generación hace alarde de su comunismo old school como si se tratara de la gran novedad histórica, con una arrogancia que hace palidecer nuestras malcriadeces de teen spirit.

Comunistas de nueva generación que recurren permanente al sarcasmo para aparentar agudeza en el análisis, cuando lo cierto es que intentan disimular su tristeza. Porque sienten que lo mejor ya pasó. Porque creen que llegaron tarde.

Camaradas, sepan perdonar nuestra faltas. No hemos hecho lo suficiente para transmitirles todo lo que ha significado el chavismo: cómo revolucionó la forma de hacer política, cómo fue dando paso a una nueva cultura política. Pero no utilicen nuestros errores como excusa: apúrense a aprender del chavismo. Estudien a Chávez. Escuchen atentamente a Nicolás. Dispónganse a aprender del pueblo venezolano.

¿Comunistas? ¡Aquí está Rodas, salten aquí!

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