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Por Luis Salas Rodríguez

Nuevos Tiempos Monetarios II parte: ¿Cómo terminó la hiperinflación alemana?

Internacional | 29 de marzo de 2018

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La cantidad de marcos necesarios para comprar cualquier cosa llegó a ser tal, que los billetes llegaron a ser usados como combustible para calefacción o eran abandonados por cantidades en las calles.

Nota del autor: El siguiente texto continua la serie Nuevos tiempos monetarios, iniciada el pasado 19 de marzo. Casualmente, ese mismo día, se anunciaron un nuevo conjunto de medidas de bloqueo y embargo contra el país, en este caso contra la emisión de la “criptomoneda” El Petro, posibilidad que justo comentamos podía ocurrir en cualquier momento.

Más allá de las implicaciones específicas, esta decisión ilegítima y unilateral del gobierno norteamericano, reafirma la primera de nuestras tesis: los nuevos escenarios económicos no se resolverán exclusivamente con cambios monetarios, por “innovadores” que sean. Y por otra parte, hablando de novedad, torna más relevante la revisión de casos como el que sigue, donde lo político y geopolítico tuvieron tanto o más peso que lo meramente económico en la génesis, desarrollo y conclusión de los hechos narrados.

La hiperinflación alemana de los años 20, es uno de los eventos económicos más estudiados y citados por parte de expertos en la materia. Y también uno de los más manipulados. Las célebres fotos de personas con carretillas de dinero dirigiéndose a comprar cosas, han sido usadas históricamente para pontificar sobre la “indisciplina fiscal”, la “emisión de dinero inorgánico” y el “exceso de liquidez monetaria”, todas estas puestas como causa de los aumentos generalizados de los precios ocurrida entonces.

Estas “explicaciones” de la hiperinflación alemana representan un caso clásico de falacia de prueba incompleta consistente en citar datos parcializados o aislados que parecen confirmar la verdad de cierta proposición, ignorando evidencias adicional que puede contradecir dicha proposición. En este caso, la falacia consiste en resaltar solo los aspectos de emisión monetaria implicados en la hiperinflación una vez ya desarrollada, ocultando que dicha emisión “descontrolada” surgió como efecto y no como causa del fenómeno inflacionario. Lo que por lo demás constituye otra falacia, esta vez de causalidad inversa (cuando se toma un efecto por causa).

En un trabajo que será publicado próximamente en este mismo medio, se mostrará evidencia empírica que confirma lo anterior. No obstante, para no desviarnos de nuestro objetivo, limitémonos a afirmar que la serie de eventos que desencadenaron en la hiperinflación alemana entre 1921 y 1923, más que razones económicas o monetarias, las tuvo de orden bélico-geopolítico, lo mismo que su resolución.

La hiperinflación como consecuencia económica de la paz

A este respecto, lo primero que tenemos que hacer es remontarnos hasta finales de la Primera Guerra Mundial: 1918. Tras haber perdido la guerra, Alemania se vio obligada a firmar el Tratado de Versalles, donde no solo asumió la entera responsabilidad moral y política de haber causado la misma, si no que, bajó los términos de la rendición, tuvo que desarmarse, realizar concesiones territoriales a los vencedores y pagarles exorbitantes indemnizaciones. Tal fue el monto de esta deuda que casi cien años después, 2010, Alemania pagó el último tramo de intereses derivada de la misma.

Las condiciones del Tratado de Versalles fueron tan complejas, que incluso en el seno del propio bando vencedor fueron cuestionadas. Particularmente notable resultó el caso del economista inglés John Maynard Keynes, quien en su primer libro, Las consecuencias económicas de la paz (1919), señaló lo siguiente:

“Movido por ilusión insana y egoísmo sin aprensión, el pueblo alemán subvirtió los cimientos sobre los que todos vivíamos y edificábamos. Pero los voceros de los pueblos francés e inglés han corrido el riesgo de completar la ruina que Alemania inició, por una paz que, si se lleva a efecto, destrozará para lo sucesivo — pudiendo haberla restaurado — la delicada y complicada organización — ya alterada y rota por la guerra (…) La política de degradar a Alemania a la servidumbre de toda una generación, de degradar la vida de millones de seres humanos es odiosa y repulsiva (…) nada autoriza a las naciones a hacer recaer sobre los hijos de sus enemigos las perversidades de sus padres o gobernantes. (…) Si nosotros aspiramos deliberadamente al empobrecimiento de la Europa central, la venganza, no dudo en predecirlo, no tardará”

El proceso hiperinflacionario fue una consecuencia directa de aquel tratado. Los monetaristas que han estudiado el caso, por lo general afirman que todo empezó porque Alemania, para financiar la guerra, se dio a la tarea de emitir moneda. Pero si bien esto último es cierto (la elevación del gasto militar), no puede considerarse como inicio del proceso hiperinflacionario, pues como varios autores han acotado (entre ellos el propio Keynes), eso hicieron también todos los demás contrincantes, incluyendo los vencedores y particularmente los Estados Unidos, sin que se desencadenara ninguna hiperinflación.

En agosto de 1922, en una nueva intervención pública, Keynes afirmaría: “Alemania sucumbirá ante la inevitable falta de pago”. En diciembre de aquel mismo año, y luego de un ultimátum de cobro por parte de Inglaterra, el país fue declarado en quiebra (o como si diría ahora: en default). En enero del siguiente año, tropas francesas y belgas invadieron y ocuparon la cuenca del Ruhr -región altamente industrializada- con el fin de presionar a Alemania para que pagara.

La situación de carestía de la cual a duras penas se venía recuperando Alemania tras su derrota, sumado a la erogación constante de recursos para pagar las reparaciones a sus vencedores, el envilecimiento del tipo de cambio y la fuga de capitales entre sectores medios y altos ligados al comercio y las finanzas, dispararon el proceso inflacionario. Muchos ahorristas veían perder su patrimonio en moneda alemana, sumado al hecho de no poder refugiarse en divisas (dólares, libra, etc.) u oro, dado que el las disponible el gobierno las usaba para pagar la deuda. Esto presionó aún más el tipo de cambio…. pero también alimentó la especulación: los capitalistas más grandes y muchas familias con recursos económicos comenzaron a especular con la tierra y bienes muebles e inmuebles, los comerciantes con los productos y así sucesivamente.

De la pasividad del gobierno al desorden monetario

Todo lo anterior se vio potenciado por la pasividad pasmosa del gobierno alemán ante la situación, en parte entendible por el chantaje militar de las potencias extranjeras, pero al mismo tiempo incapaz de encontrar puertas adentro salidas a una inestabilidad económica que se le escapaba cada vez más de las manos. Es por esta razón que algunos de los autores que han estudiado este fenómeno, resaltan su fuerte carácter psicológico, en el entendido que las expectativas de empeoramiento de la situación se fueron imponiendo sobre una población cada vez más golpeada por la crisis, humillada por sus vecinos, e incrédula de la capacidad de su gobierno para hacer algo al respecto.

Sobre esto último, vale la pena citar a Bernard Aftalion, economista francés de origen búlgaro que fue testigo presencial de estos hechos. A Aftalion ya lo he citado al menos un par de veces justamente para resaltar ese mismo carácter psicológico o de incertidumbre presente en el caso nuestro venezolano (Ver: acá y acá). En 1935, en un texto denominado, Monnaie, Prix et Change, escribió lo siguiente:

“Las variaciones de los ingresos, sea que ellas provengan del tipo de cambio, de la producción… no actúan sobre los precios sino a través de los individuos, por las modificaciones que ellas provocan respecto de sus apreciaciones sobre la unidad monetaria. Mas, nuestros diversos factores psicológicos hacen que los individuos reaccionen de manera diferente ante las variaciones de los ingresos. Los que son más ecónomos, más inclinados al atesoramiento y la inversión, o aún, los que están más aferrados a la liberalidades, o que son más exigentes en el intercambio, o más confiados en la anterior estimación del valor de la unidad monetaria, o en fin, menos inclinados a aceptar el alza de precios, esos, aceptan menos de buena gana, a pesar del incremento de los ingresos, aumentar sus precios de demanda, aumentar considerablemente sus compras, que aquellos individuos que tienen inclinaciones inversas. En consecuencia, para un incremento dado, el alza de precios tendrá menos amplitud cuando los primeros dominen el en país, en número, que cuando son los segundos los que dominan.”

El caso es que la agudización de los aumentos de precios, la persistencias de la escasez, la descapitalización de la población, la falta de moneda circulante para hacer pagos así como la negativa de los campesinos a aceptarlas a cambio de sus productos (cuando iban a las ciudades para abastecerse con el dinero de sus ventas, ya los productos valían el triple o más) y el creciente malestar colectivo, fue impulsando la política de mayor emisión monetaria para equilibrar las cosas. Y de la misma manera, la aparición de cuasimonedas como el Notgeld (literalmente “dinero de emergencia”), especies de vales utilizados para el intercambio, un poco como viene pasando acá con la aparición de los Panales del Alexis Vive y ahora El Elorza, en Apure. O como ocurrió en Argentina con los “patacones”, con la diferencia que el Notgeld fue emitido por el propio Banco Central Alemán. Desde luego también el trueque se hizo presente. Sin embargo, fue el dólar norteamericano el gran objeto del deseo y atención por parte de los alemanes: se hizo un bien tan escaso como valioso por su alta demanda, fenómeno del cual se desprenden narrativas que también resuenan al caso actual nuestro. Veamos:

“El periodista e historiador Raimund Pretzel (que publicaba bajo el seudónimo de Sebastian Haffner) tenía 16 años en 1923, cuando estalló la hiperinflación alemana. La recuerda en un asombroso libro de memorias escrito desde el exilio inglés, a finales de los años 30. A medida que el aumento generalizado de los precios se desbocaba, el dólar iba ganando espacio en la vida de los alemanes, llegando a la tapa de los diarios, convirtiéndose en el tema del día. Ya no se trataba de una simple información financiera; la cotización de la moneda norteamericana (mucho antes de que su hegemonía mundial fuera indiscutible) se había convertido en un número cargado de sentidos, capaz de expresar el valor de la moneda nacional y, con él, tanto el rumbo de la economía como la suerte del gobierno: “Aquel año, el lector de periódicos tuvo la oportunidad de volver a practicar una variedad más del emocionante juego numérico que había tenido lugar durante la guerra, cuando las cifras de prisioneros y la cuantía del botín habían dominado los titulares. En esta ocasión las cantidades no se referían a acontecimientos bélicos, a pesar de que el año hubiese comenzado con un ánimo muy guerrero, sino a una cuestión bursátil rutinaria, hasta entonces carente de todo interés: la cotización del dólar. Las oscilaciones del valor del dólar eran el barómetro que permitía calcular la caída del marco con una mezcla de miedo y excitación. Además se podía observar otra reacción: cuanto más subía el dólar más aventurados eran nuestros vuelos hacia el reino de la fantasía.”

La hiperinflación aparecería finalmente tras la ocupación franco-belga a comienzos de 1923. Ante ésta, se declaró una huelga por parte de la población de los territorios ocupados, consistente en negarse a trabajar en las minas, fábricas y ferrocarriles ubicados en dicha zona, por lo que la actividad industrial quedó virtualmente paralizada. Esto, desde luego, disparó aún más los precios, pero no solo por la escasez que se generó, si no porque para apoyar a los trabajadores parados, el gobierno –en acuerdo con grandes capitalistas industriales alemanes- comenzó a emitir moneda para suplir los sueldos. La hiperinflación alcanzó su máximo en noviembre de 1923: el valor del marco llegó prácticamente a cero y se requería de una cifra varias veces millonaria para poder comprar un dólar. Veamos la siguiente evolución de la cotización del Marco Alemán frente al dólar para el período en cuestión:

Enero 1919 1 dólar americano= 7,95 marcos alemanes

Junio 1919 1 dólar americano= 13,32 marcos alemanes

Enero 1920 1 dólar americano= 49,8 marcos alemanes

Junio 1920 1 dólar americano= 39,25 marcos alemanes

Enero 1921 1 dólar americano= 74,5 marcos alemanes

Junio 1921 1 dólar americano= 63,37 marcos alemanes

Enero 1922 1 dólar americano= 186,75 marcos alemanes

Junio 1922 1 dólar americano= 7.650 marcos alemanes

Enero 1923 1 dólar americano= 7.260 marcos alemanes

Junio 1923 1 dólar americano= 7.650 marcos alemanes

Agosto 1923 1 dólar americano= 1.100.000 marcos alemanes

Septiembre 1923 1 dólar americano= 9.700.000 marcos alemanes

1 Octubre 1923 1 dólar americano= 242.000.000 marcos alemanes

10 Octubre 1923 1 dólar americano= 2.975.000.000 marcos alemanes

19 Octubre 1923 1 dólar americano= 12.000.000.000 marcos alemanes

31 Octubre 1923 1 dólar americano= 72.500.000.000 marcos alemanes

1 Noviembre 1923 1 dólar americano= 130.000.000.000 marcos alemanes

10 Noviembre 1923 1 dólar americano= 630.000.000.000 marcos alemanes

20 Noviembre 1923 1 dólar americano= 4.200.000.000.000 marcos alemanes.

¿Acabó el Rentenmark con la hiperinflación?

Suele afirmarse que la derrota de la hiperinflación, comenzó tras el fin de la política de emisión monetaria del Banco Central Alemán, a la llegada de Hjalmar Schacht a la presidencia del mismo. Sin embargo, las cosas son un poco más complejas:

En realidad, lo primero que hizo Schacht fue rescatar la autoridad del Banco Central, fuertemente vapuleada por la debilidad institucional para abordar la crisis. Schacht era un figura bastante sombría, ligada a la banca tanto alemana como anglosajona, con amigos personales muy cercanos como Montagu Norman. Tuvo su primer cargo público como encargado de la administración de los territorios ocupados por Alemania durante la Primera Guerra Mundial. Perteneciente a una vieja familia aristócrata, era extremadamente culto, arrogante y autoritario. Su llegada al Banco Central alemán se produjo tras la muerte de su anterior director.

Una vez en el cargo, Schacht se abrogó la facultad de intervenir en la economía con o sin autorización del gobierno alemán. Y entre varias medidas, tomó dos que resultaron clave: el cambio de la moneda y la renegociación de los términos del Tratado de Versalles.

En cuanto a los primero, lo que se hizo fue sustituir el llamado Papiermark (Marco de Papel) -entonces la moneda de curso que había a su vez sustituido al viejo Marco de Oro abandonado tras el fin del patrón oro a comienzos de la Primera Guerra Mundial- por el Rentenmark (Marco Seguro). Éste último, no obstante, siempre se concibió como una moneda provisional. Fue emitida en octubre de 1923 y duró hasta agosto del año siguiente, cuando fue sustituida por el Reichmark. Tuvo un valor inicial de 1 Rentenmark por 1.000.000.000.000 de Papiermark. Y una tasa de cambio de 4,2 por dólar norteamericano. La idea del Marco Seguro era recobrar la confianza sobre la moneda trazando una línea de continuidad con el viejo Marco de Oro, pero ante la imposibilidad de respaldarlo en este metal precioso, se puso como respaldo parte de la producción agrícola e industrial nacional. Para ello el gobierno impuso una serie de hipotecas sobre la tierra y mercancías industriales por un valor de 3.2 mil millones de Rentenmark.

Como puede verse, se trata de un mecanismo que recuerda al actual propuesto para El Petro, solo que basado en producción manufacturera/agrícola y no en recursos minerales. Para ello, no obstante -y esto fue clave- se necesitó de la colaboración de los empresarios alemanes. Y cuando no la tuvo, se valió de la capacidad de presión para subordinar a quienes se negaban a colaborar.

Ahora, no fue solo la nueva moneda la que ayudó a solventar la situación. La nueva moneda sirvió para normalizar el comercio, pero también para el ahorro, por lo cual se hizo también útil como unidad de cuenta. Pero todo eso no sería posible sin la entrada en vigencia de El Plan Dawes en abril de 1924, consistente en la renegociación de los términos de la deuda impuestos en Versalles y de un refinanciamiento para Alemania que permitió la entrada de capitales frescos, particularmente norteamericanos e ingleses. Así las cosas, se calcula que entre 1924 y 1929, Alemania recibió 2 mil 500 millones de dólares de Estados Unidos y 1 mil 500 millones de Gran Bretaña, cifras equivalentes a unos mil millones de dólares actuales.

Hjalmar Schacht, en su condición de amigo y socio de los banqueros ingleses, desempeñó un papel activo en la concepción y aplicación del Plan Dawes. El flujo de créditos y de inversión extranjera directa resultantes, dieron a la industria germana el capital líquido necesario para racionalizar y ampliar sus plantas e instalaciones y detener la carrera alcista de precios. Por esta vía la producción se reactivó. El resultado fue que en 1929, Alemania ya era la segunda potencia industrial a nivel mundial, por delante de Gran Bretaña.

La ironía del Plan Dawes y el posterior Plan Young (1929), es que favorecieron el nacimiento y consolidación de los mayores trust de la historia alemana, sostenedores luego del nazismo, financiados con recursos norteamericanos (como el célebre caso de la Volkswagen, 100% financiada por la Ford). Pero se trata de una ironía parcial, pues en realidad… ese era el plan. No necesariamente porque se haya querido financiar y promover al nazismo en cuanto tal, sino porque frente a la creciente presencia comunista en las calles alemanas y sindicatos y ante la amenaza de una URSS en plena fase de desarrollo industrial, se optó por apoyar a los nazis como contrapeso.

De hecho, mientras todo esto ocurría, Hitler intenta su fallido golpe de Estado en 1923, motivo por el cual fue preso y escribirá su célebre Mi Lucha, obra en la cual recogió, sintetizó y manipuló todos los malestares derivados de la deuda y la crisis de 1922-1923. Hjalmar Schacht, quien se mantuvo en el Banco Central hasta 1930, organiza en 1932 un reunión con los más poderoso banqueros e industriales alemanes con el fin de apoyar a Hitler a llegar al poder. A mediados de noviembre de 1932, 17 de esos banqueros e industriales alemanes, con Schacht a la cabeza, dirigen al presidente Hindenburg una carta exigiéndole que nombrara canciller a Hitler. Dos meses después dicho nombramiento se hace efectivo. Y un año más tarde, tras la muerte de Hindenburg, Hitler asume el mando directo del Estado alemán transformando la República de Weimar en el Tercer Reich. Tras esto, Schacht es nombrado nuevamente a la cabeza del Banco Central y posteriormente ministro de Economía.

Los MEFO y el nazismo

El gran reto económico del nazismo, que no había logrado salir del todo de la crisis y más bien luchaba para no sucumbir a las consecuencias globales del crack del 29, fue como impulsar la industrialización acelerada y disminuir el desempleo, sin que esto se tradujera en un retorno de la inflación y un mayor endeudamiento. Los capitales extranjeros siguieron financiando el gasto público, pero ante el aumento de las necesidades, Hjalmar Schacht ideó una nueva alquimia monetaria: los Mefo Bills o Mefo-Wechsel, una suerte de bonos de inversión utilizados para animar a los alemanes a hacer circular sus ahorros después de los traumáticos años de la hiperinflación.

El nombre Mefo derivaba de Metall-Forschungs A.G. (Investigación Metalúrgica S.L.), una empresa creada por el gobierno junto a Siemens, Gutehoffnungshütte, Krupp y Rheinstahl, de la cual el Estado asumía en última instancia todas las deudas. Se obligó a todos los proveedores del gobierno, especialmente del sector armamentístico, a recibir los Mefo como forma de pago, los cuales podían ser canjeados luego en el Banco Central Alemán por dinero de curso legal e. Los billetes Mefo pagaban un 4% de interés y su liquidez inmediata en el Reichsbank los hizo muy populares entre el público. En 4 años, el volumen total de billetes Mefo se incrementó a 12 mil millones de marcos, de los cuales 6 mil millones quedaron circulando en el mercado sin tener que ser descontados pues se usaban como dinero.

Conclusiones

De todo lo antes visto, podemos concluir preliminarmente las siguientes cosas:

No es verdad que la inflación y la posterior hiperinflación alemana hayan comenzado como fenómenos monetarios, en el sentido que hayan sido causadas por una descontrolada emisión de moneda por parte del gobierno y el banco central alemanes. La emisión exponencial de monedas y billetes fue una medida deliberada tomada por ambas instancias ante el fenómeno inflacionario, surgido tras los efectos económicos pero también políticos y sociales causados por la derrota alemana en la Primera Guerra Mundial y las sanciones a las que se vio expuesta.
Si bien es cierto que la emisión de una nueva moneda fue clave para la derrota de la hiperinflación, no fue sin embargo una medida suficiente. De hecho, no fue si quiera la más importante. Sin la renegociación de los términos contemplados en el Tratado de Versalles, que permitió el refinanciamiento de Alemania y de sus grandes corporaciones, la nueva moneda no habría tenido el éxito que tuvo.

Los planes Dawes y Young que impulsaron el llamado milagro económico alemán de la entreguerra con su vertiginosa industrialización, fue una medida no de orden humanitario sino político: la idea era convertir a Alemania en un muro de contención contra la URSS que inclusive pudiera enfrentarla militarmente, de allí la pasividad de los Aliados al comienzo de la Segunda Guerra ante los avances de Hitler.

Desde el punto de vista estrictamente económico e institucional, quedó demostrado el papel clave que juega en situaciones como estas la voluntad manifiesta del Estado a solventarlas: cuando el Banco Central Alemán abandonó su rol pasivo y ambiguo frente a la crisis, pudo encararla y derrotarla.

Las profundas secuelas dejadas por la hiperinflación y toda la crisis asociada padecida por la sociedad alemana de entreguerras, sumada a la incapacidad de la izquierda para tener una lectura menos mecanicista de la situación, favorecieron el avance del fascismo y posterior ascenso del nazismo. Como hemos denunciado innumerables veces: cuando por la vía económica se impone la lógica del más fuerte, el fascismo termina imponiéndose como correlato político.

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