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Por Jesús Valencia

Palestina: La extraña vivienda de Jalil Keheel

Palestina | 29 de marzo de 2018

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Foto: Archivo.

La literatura vasca cuenta con un intenso poema de Gabriel Aresti en el que el protagonista jura defender hasta el último aliento la casa de su padre. En numerosas culturas, el domicilio familiar es bastante más que un recurso habitacional; se trata de un elemento referencial en el que se hunden las raíces profundas del ser humano y de su entorno familiar; lugar de confluencia con sus ancestros y con los seres queridos contemporáneos. Perder la casa supone perder algo de la propia identidad, de su pasado y de sus perspectivas de futuro. “Hemos perdido el futuro – dice una madre palestina mientras observa los escombros de lo que fue su vivienda- y todo el duro trabajo realizado se ha convertido en ruinas. Mi mayor sueño es volver a tener un hogar donde vivir. Eso es todo lo que ansío antes de que me llegue la muerte”.

También en la cultura palestina la vivienda familiar concentra estas diferentes significaciones. Quizá sea por eso que, a lo largo de estos últimos cien años, quienes se han empeñado en desarraigar a este pueblo han demostrado una especial fijación en la demolición de sus viviendas. Se trata de una vieja y cruel táctica que utilizaron con profusión los británicos mientras cumplían el mandato de Naciones Unidas ¡Curiosa forma de ejercer el protectorado sobre la población nativa que les fuera encomendada! El traspaso de poderes al autoproclamado estado de Israel significó una continuación de esta inhumana costumbre: los sionistas habían aprendido muy bien los métodos de represión británicos. Durante los trágicos días de la nakba (1948) cientos de aldeas fueron ocupadas y miles de casas demolidas; era la forma más contundente de evitar que regresaran a ellas sus legítimos propietarios. Estos partieron al destierro llevando consigo las llaves de sus viviendas; credencial acreditativa de que su antigua casa les seguía perteneciendo y de que nunca renunciaría a su derecho al retorno.

El estado de Israel mantiene esta bárbara costumbre que, de la noche a la mañana, deja a familias palestinas enteras en la más rigurosa intemperie. Los motivos que aducen son abundantes y variados: la falta de los permisos de construcción tantas veces solicitados y siempre denegados, la ocupación colonial de los terrenos donde están ubicadas las viviendas, la permanente limpieza étnica, las sanciones contra presuntos ejecutores de atentados que afectan irremediablemente a todos sus familiares, los operativos militares de gran envergadura contra la población civil.

A medida que se ha ido endureciendo la política anexionista y discriminatoria de Israel, la destrucción de viviendas se ha intensificado. Casi a diario se producen las odiosas demoliciones administrativas. “A las 5.00 de la mañana – cuenta uno de los afectados- unos 90 policías y dos excavadoras nos han echado de las casas y han comenzado a destruirlas sin dejarnos llevar nuestras pertenencias”; en aquella madrugada fueron 17 las familias que quedaron a la intemperie. Cuando en alguna ocasión (¡rarísima eventualidad!) las demoliciones administrativas afectan a construcciones de los colonos, estos protagonizan furibundas reacciones que dan lugar a generosas compensaciones por parte de las autoridades israelíes; es lo que sucedió a finales de julio de 2015: la demolición de un edificio de colonos fue compensada con la autorización para construir 300 nuevas viviendas en un asentamiento robado a los palestinos. ¡Feliz castigo que acarreaba semejante premio!

La demolición de la vivienda familiar como medida de castigo contra los potenciales autores de atentados quedó aparcada el año 2009 ya que el propio ejército la consideraba contraproducente; cinco años más tarde, volvió a ser restablecida por el gobierno de Netanyahu. La organización con sede en Nueva York Human Rights Watch (HRW) asegura que esta práctica puede constituir un crimen de guerra. Varios gobiernos europeos han recomendado a Israel que abandone semejante práctica; la respuesta de este ha sido la esperada: “Seguiremos derribando las casas de los terroristas”

La práctica más brutal de demolición de viviendas es la que se produce cuando el ejército israelí ataca sin ninguna cautela barrios densamente poblados. Se ha repetido la misma escena en los tres ataques que ha sufrido la Franja de Gaza desde el año 2008 aunque, el del verano de 2014, fue el más espeluznante: destruyó miles de viviendas y dejo en la intemperie total o parcial a casi seiscientas mil personas. Muchas de ellas tuvieron que emigrar a otras tierras para poder disponer de un techo bajo el que cobijarse; otras, se refugiaron en escuelas o centros de la ONU donde siguen viviendo apiñadas. No faltan quienes se han quedo a vivir en el solar donde estaba edificada su vivienda agazapándose entre el hueco de los escombros que todavía siguen en pie. Sus condiciones de vida son de extrema precariedad, sobradas de carencias y plagadas de imprevistos: la familia de Fadel Nassir convivió durante siete meses con una gigantesca bomba sin explotar que, lanzada por el la aviación israelí, había quedado incrustada y oculta en los bajos de su casa.

El interior de la vivienda de Adnan está completamente expuesto a los elementos climáticos y ambientales. Las bombas destruyeron la escalera construida en el hueco de la vivienda por lo que, caminar por el interior sin caerse, se ha convertido en un ejercicio de acrobacia circense; cada cierto tiempo, y sin previo aviso, siguen desprendiéndose cascotes del ruinoso edificio. Umm, la esposa, ocupa la mayor parte del día en el inseguro e inestable corredor haciendo las labores domésticas y tratando de eludir los potenciales desprendimientos. Por la noche no puede dormir allí ya que el edificio, con las paredes destrozadas, no ofrece la menor intimidad; se traslada a la biblioteca de la mezquita, también descalabrada por los proyectiles, pero que le garantiza algo más de privacidad: “Israel- refiere con angustia la humilde mujer- nos ha hecho retroceder cien años. Ahora vivimos de mala forma y tenemos que recurrir a la leña, como nuestros ancestros, para poder mantener vivo el fogón. En cuanto al agua, vamos a buscarla a un punto remoto”.

La castigada Gaza tampoco se libra ni de las inclemencias del tiempo ni de la plaga de la especulación urbanística. “La casa está desvencijada- dice otra madre de familia- pero como los alquileres son elevados preferimos aguantar aquí hasta que llegue el invierno”. Y ya lo creo que llegó. Los primeros meses del 2015 fueron especialmente rigurosos y el frío atacó sin clemencia; los adultos soportaron muy mal las dentelladas del invierno; varios niños, más frágiles y vulnerables, sucumbieron a sus embestidas. La tenue llama de una fogata encendida al cobijo de una pared todavía enhiesta, era incapaz de ofrecer abrigo a quienes dormían bajo las estrellas. Desde entonces, la escena se repite con la inapelable llegada de cada invierno; muchas viviendas han experimentado algunas mejoras pero casi ninguna ha sido rehabilitada hasta el punto de alcanzar condiciones razonables de habitabilidad. Las tenues caravanas en las que han sido ubicadas numerosas familias, sufren la inclemencia de unas temperaturas frías; en su interior, familias enteras, apiñadas para darse abrigo, soportan cuando llueve el cansino chapoteo de las goteras que no cesan.

Jalil Keheel es uno de los muchos padres de familia que tuvo que ingeniarse alguna solución para disponer de alojamiento alternativo después de que su casa quedase destruida por las bombas. De 27 años, con mujer y tres hijos, necesitaba un hueco donde guarecerse ante la inminente llegada del invierno. Tras dar vueltas a su atormentada cabeza, encontró una solución nada habitual pero que le garantizaba cierta tranquilidad y sosiego; al menos, estaba seguro de que no le molestarían ni la televisión de sus vecinos ni el alboroto de sus estridentes conversaciones. Con varios plásticos y alguna que otra hojalata, construyó una elemental covacha entre dos tumbas del cementerio de Gaza. A grandes males, grandes remedios.


Tomado de: Resumen Medio Oriente

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