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Por José Roberto Duque

Pérez Jiménez el pescuezo no retoña

Venezuela | 23 de enero de 2018

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Ilustración: Rausseo Dos

Muchos son los detalles marginados en este periodo histórico. Sucede que los compiladores eran (alguno queda) demócratas con rabo de paja, confiados en aquello de que somos "un país con muy mala memoria"

A veces el habla popular se recicla y se reconvierte; muta en frases autoexplicativas para confirmar certezas o sospechas. Aquel españolísimo “Todo tiempo pasado fue mejor”, patrimonio de la gente que a fuerza de zambullirse en la nostalgia termina queriendo meterle retroceso al curso de la Historia, tuvo su auge desde los años 70 hasta finales de los años 90, según recuerdo con la memoria propia. Cuando ocurría alguna injusticia o dislate gubernamental de adecos y copeyanos (es decir: todos los días) la gente solía soltar esta otra sentencia, después de un suspiro o un soplido de rabia: “Aquí hace falta un Pérez Jiménez”.

“Aquí hace falta un Pérez Jiménez”: parece la exaltación de un vesánico y profundo mito cultural autocumplido, que a veces cree, sospecha o prefiere aceptar que los problemas no se resuelven con serenidad e inteligencia sino a lo arrecho, por las malas. “Hacen falta cojones”, repetía y vuelve a repetir la gente, que parecía olvidar o no importarle la sobredosis de cojones con que Marcos Pérez Jiménez sobresaturó al país durante una década. Episodios como este le dan sentido a otra frase o idea bastante recurrida: “Este país tiene mala memoria”.

Tal vez no haya sido mala memoria, por cierto, la razón por la cual este militar se pasó por el forro su compinchazgo con quienes le propusieron entrar a los libros de Historia en aquel no tan remoto 1945. Ese año, después del gobierno de transición de López Contreras y el precario gobierno de Medina Angarita, el país entró en una rebatiña por el poder de la que salieron ganando los más hábiles para establecer alianzas funcionales. Es viejo el procedimiento, que por cierto ha engendrado también leyendas urbanas: cuando hay una coalición conspirativa de civiles y militares ambos bandos o vertientes tienden a creer que sus aliados de la otra ala son pendejos, débiles o brutos. La leyenda favorita de los adecos consistió en creer que habían reclutado a un uniformado medio primitivo que hiciera el trabajo sucio de patearle las nalgas a Medina, mientras ellos se alistaban para recibir los laureles de la victoria.

En un primer momento las cosas transcurrieron como Rómulo Betancourt se lo imaginó: Pérez Jiménez expuso el pellejo, empuñó las armas y Medina Angarita se desplomó como tenía que desplomarse ese gobierno anfibio, que era lo bastante civilista para no parecer gomecista, pero tenía suficientes militares a su lado para que se justificara el uso de la fuerza. Así que los militares “revolucionarios” tumbaron a Medina y los adecos pusieron en Miraflores al presidente de una “junta revolucionaria”, que en un principio fue el propio Betancourt. Tres años más tarde, cuando los adecos disfrutaban un mundo y se daban codazos burlones diciéndose entre panas “¿viste que sí son brutos?, se partieron el lomo por nosotros y nos sirvieron en bandeja el poder, buajajaja”, Pérez Jiménez vio llegado su momento y, con la misma facilidad con que le sacó los corotos a Medina Angarita, desalojó también de la presidencia al otro Rómulo (Gallegos). Moraleja: no es tan bruto el que sabe esperar su mejor oportunidad.

Deshecha la fórmula cívico-militar Marcos Pérez Jiménez se dispuso a gobernar desde 1948 con personas y procedimientos militares por todo el cañón, y ya no es un secreto para nadie que su gobierno fue el laboratorio para ensayar las muchas formas de represión que pusieron después en práctica todas las dictaduras del Cono Sur. Pero antes de entrarle de lleno al inmundo arte de ejercer el mando sin exhibirse públicamente como el que manda debieron pasar dos cosas. Una: Carlos Delgado Chalbaud fue nombrado presidente de la Junta Militar de Gobierno, y el tipo empezaba a desarrollar un aura magnética que tendía a gustarle a la gente en general y sobre todo a los civiles cuando de pronto (chico, pero mira tú, qué mala o buena suerte) viene un grupo comando integrado por borrachos al mando de Simón Urbina y lo secuestra y asesina. Dos: nombrado Germán Suárez Flamerich jefe visible de la Junta de Gobierno y concluido su período provisional, en 1952 se producen las famosas elecciones “ganadas” por Pérez Jiménez. Y entonces sí, comenzó la etapa perezjimenista en Venezuela.

Logros “Generales”

Al General se le atribuyen obras y logros concretos, concretísimos, pues de concreto armado fue la mayor parte de la infraestructura con que el país entró a competir en materia de urbanismo con otros países de Latinoamérica. Como eso del cosmopolitismo necesita de íconos visibles entonces Caracas tenía que darse el caché de poseer rascacielos, y ahí están las Torres de El Silencio, con todo y su nombre poético, para dar fe de que el General se tomó en serio lo de la “modernización”. “Servir y hacer servir”, fue el eslogan-trabalenguas con que vendió el espíritu de su gobierno. Las palabras suelen jugar en el subconsciente: yo sirvo para algo (soy eficiente), entonces tú me tienes que servir (eres mi sirviente). Y mejor ni nos pongamos a desmenuzar aquel otro lema, el “Nuevo Ideal Nacional”, porque esos ejercicios se realizan es con cerveza o cocuy de por medio.

Otra leyenda ha sobrevivido todos estos años, y era la fortaleza del bolívar como moneda nacional. Hace poco me sorprendió leer en el muro de algún camarada una celebración nacionalista del tiempo de Pérez Jiménez, pues alguien le contó que el bolívar era más fuerte que el dólar y que su prestigio como gobernante era tan universal y aplaudido que en 1957 fue nombrado Hombre del Año por la revista Time. Y ya, no hay que explicar más nada: Pérez Jiménez era tan de pinga y tan venezolanista y tan buen gobernante que la revista emblema del capitalismo le hizo un homenaje. Sí, claro. Cómo no. Tan chéveres los gringos, portándose bien con alguien que no les sirve (verbo “servir”) para algún objetivo.

Algo tenía que socavar tanta proclamada perfección, y ese algo era el desprecio total por los civiles. Todo lo que se moviera un milímetro a la izquierda del esperpento castrense era acusado de comunista y despedazado en vida en una mazmorra. Han llovido cataratas de anécdotas sobre la forma perezjimenista de ejercer la autoridad y el control de la sociedad; hay una en particular que mi papá recordaba con mucha nitidez y nos la contaba cada cierto tiempo. Era más o menos frecuente que hubiera simulacros de ataques aéreos y situaciones de guerra, y la población era invitada a participar en estos simulacros. Mi papá estaba en 1957 en Caracas, en uno de estos eventos. Le tocó o decidió estar en las escalinatas de El Calvario; allí, una multitud recibió las instrucciones de un oficial. La orden era fácil de entender y de ejecutar: estamos ensayando qué hacer en caso de un ataque aéreo, y el papel de los civiles consiste en permanecer en silencio, sin moverse ni hacer nada que delate su presencia en el lugar, mientras se lleva a cabo el bombardeo de utilería. Uno de los asistentes cometió el error de su vida: encendió un cigarrillo. No le cayó encima ninguna bomba de fósforo blanco, pero el culatazo que le metió un soldado en el cráneo y la coñamentazón con la que lo sacaron de ahí lo hicieron aprender la lección: compañero, cuando haya aviones atacando usted no puede encender ni la lucesita de un cigarro.

El cuento de lo que pasó después de enero de 1958 es muy conocido o no tenemos que repetirlo ahora; el “perezjimenismo” fue borrado el día 23 de enero y días posteriores a punta de linchamientos y degollamientos en las calles de Caracas (los adecos se lo quisieron cobrar caro al que los traicionó). Esa fecha se les ha vendido a las generaciones posteriores como un día de júbilo, sabroso, la fiesta de la democracia y tal, pero en realidad hubo cacería y descuartizamiento de gente.

Hay un cuento, seguramente fabulado pero muy bueno, que se ha difundido poco, sobre una conversación que ocurrió en Miraflores durante las últimas horas del golpe, en pleno derrumbe del régimen. Reunido con su Estado Mayor para evaluar la situación que presagiaba el fin, Pedro Estrada le hizo al General la mejor recomendación: “General, vámonos de aquí, mire que el pescuezo no retoña”.

El General hizo caso y su pescuezo permaneció en su sitio durante medio siglo más.
@JRobertoDuque ‏


Tomado de: Épale Ccs #261

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