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Por Luis Britto García

Poderosos caballero es don Dinero

Venezuela | 25 de junio de 2018

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Poderoso caballero es don Dinero, pero no tiene modales. No se rebaja hasta nuestras manos. Los inversionistas nacionales se lo llevaron, y no quiere regresar. Los inversionistas extranjeros lo exportan a paladas, y dicen que no le da la gana de venir. Cada vez que intentamos servirlo, nos cobra servicios. Si pedimos balance, cobra. Si retiramos chequera, pasa factura. Si sacamos tarjeta para transferirlo de una a otra cuenta, muerde. Si lo convertimos en cheque de gerencia, pasa raqueta. Si lo convertimos de una a otra divisa, nos baja de la mula. Si tenemos un saldo inferior al que se le antoja a la gerencia, corta tajada. Cuando lo pedimos prestado, es incosteable. Cuando lo prestamos a los bancos, ninguno da nada por él. Si lo guardamos, pierde valor. Al llegar a nuestras manos se derrite como copo de nieve, mientras los precios crecen como avalancha. Últimamente se ha hecho imposible comunicar con él. Los bancos ni dan saldos, ni efectúan transferencias, ni aceptan solicitud de tarjetas ni de chequeras, ni conceden certificaciones bancarias, nada de nada, a menos que se les pidan informáticamente mediante computadoras ultrapoderosas combinadas con celulares de última generación. Uno se pregunta si no sería mejor sustituir de una vez entidades tan repelentes con sus ahorristas por un cajero automático público que no sorbiera tantos beneficios especulativos. Nos representan al dinero como nuestro nuevo amo. Diga usted si es posible servir a patrono tan problemático.

Fantasma del bien económico que representa, el dinero metálico al desvanecerse como papel moneda se hizo espectro de sí mismo. Desde 1944 todas las divisas del mundo occidental están respaldadas por el dólar, el cual a partir de 1974 no está respaldado en nada. Su mayor fuerza reside en su debilidad. Cuando el dinero se viene abajo, arrastra a todos, salvo a quienes lo quebrantaron. Sobre la debilidad del circulante funda su fortuna el especulador, que compra energía o trabajo a precio de moneda blanda y vende lo producido a tarifa de divisa dura. A este fraude lo llaman los pedantes Sistema Financiero Mundial, y los sinceros, explotación.

No permitiríamos que nos gobernaran nuestros muebles, ni nuestros lápices. Mucho menos debemos dejarnos gobernar por el dinero, que es poco más que garabato trazado sobre pulpa de harapos. Decimos ser enemigos de las tiranías políticas: mansamente asentimos a la dictadura económica que a través del dinero regentan tres o cuatro déspotas que no elegimos y ni siquiera conocemos. Dos consorcios extranjeros dominan la mayoría del negocio bancario del país. A través de él, poseen al bolívar, y mediante él a la República Bolivariana.

No se borran todavía las cicatrices del Viernes Negro de 1983, fruto de una irresponsable política que alentó la fuga de divisas para enfriar la economía y cerró la jaula del control de capitales después que éstos habían volado. Todavía están frescos los recuerdos de la crisis bancaria de 1993, provocada por la demasía de una banca que abandonó la intermediación financiera para ordeñar al Estado los Títulos de Estabilización Monetaria y acaparar activos productivos embargados a sus indefensos deudores. Apenas nos reponíamos del vodevil de los delincuentes financieros, cuando padecimos el coletazo de la crisis financiera mundial de 2009, y ya se anuncia otra peor. Cansado de dar tumbos, don Dinero quiere ahora arrastrarnos a su barranco. O reclama la eliminación del control de cambios para evaporar en 24 horas las reservas internacionales. O exige la liberación de intereses. O desaparece de las taquillas de los bancos, donde “no hay efectivo” ni para un pasaje de autobús, o reaparece en depósitos o galpones en el extranjero sin que se sepa cómo llegó allí, o en cuanto cae en nuestras manos se derrite como copo de nieve mientras los precios crecen como avalancha. En nombre de la competencia, dos grupos hegemónicos mantienen un virtual monopolio sobre la oferta y la demanda de dinero. Se permite que una ínfima página web fije fantasiosamente la cotización de nuestra divisa en relación con otra divisa que no es más que fantasía. Así no hay economía que arranque.

Para bien o para mal, el Estado administra ese patrimonio común de los venezolanos que es el ingreso del petróleo. Si los inversionistas privados extranjeros no vienen y los nacionales se niegan a repatriar capitales y los bancos no saben dónde está el dinero que todos le entregamos, toca al Estado llenar esas vacantes. Nuestras leyes permiten regular tasas de interés del sistema financiero, limitar comisiones y recargos por servicios, manejar la delicada materia de las operaciones de crédito público. Tenemos la plenitud del Poder Constituyente para crear un nuevo sistema bancario para el caso de que el presente se siga declarando a sí mismo incompetente. Tenemos oro, no sólo para respaldar nuestro sistema monetario, sino para crear uno nuevo mundial que eche por tierra el vendaval del papelillo verde. Las leyes sobre bancos deben disciplinar a los bancos que creen estar sobre la ley. Nadie dejaría a un delincuente suelto para hacer lo que le dé la gana, pero permitimos al poderoso caballero don Dinero ejecutar todos los desmanes que conducen a la ruina colectiva. Ya no hay alternativa. 0 lo dominamos, o nos domina.


Tomado del blog de Luis Britto García

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