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Por José Américo Ruiz

¿Qué política vamos a diseñar en función de crear la otra cultura, la comunal integral?

Venezuela | 29 de octubre de 2017

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27/10/17
Por José Américo Ruiz

El panorama político hoy a esta hora debe llevar a los revolucionarios con conciencia del deber social que nos corresponde hacernos esta reflexión ante la preocupante inercia de los camaradas en la ANC.

En tal sentido haremos ejercicio de reflexión necesaria.

Esa es una pregunta que debemos responder como clase, porque hasta el momento en la historia respondemos con comodines filosóficos, creados por las clases dominantes. Comodines que nos sumen en un interminable enredo, que no podemos controlar, que nos hacen eternos como esclavos. Eso sí, no cualquier esclavo, un esclavo moderno.

Pese a que en la revolución nos percatamos de otras posibilidades, estos comodines se expresan a través de las diversas instituciones que en el Estado y el sistema en general se hacen prácticos en el cuerpo individual y luego reflejado en lo colectivo, creando la sensación de que eso es lo que somos y eso es lo que debemos ser para siempre. Que cuando mucho debemos prepararnos para superar individualmente esa situación, que debemos trabajar mucho, estudiar mucho para superar nuestra situación de pobreza.

Lo que no se nos dice es que ese mismo aparato escolar con el que según saldremos de abajo, es el mismo que nos somete, nadie explica que es imposible físicamente, matemáticamente, y sobre todo socialmente salir de abajo. La realidad nos dice que debemos eliminar el aparato escolar, porque este cada día nos reproduce como esclavos cuando nos transmite toda su obediencia, su disciplina y su rollo ideológico, lo que nos convierte en esclavos en todas sus escalas.

Ahora bien, concebir la cultura comunal pasa por no imaginar salvarnos. Una de las guías o directrices que han usado hasta los momentos los compañeros socialistas para superar el sistema capitalista, es pensar que si producimos más que el sistema capitalista y repartimos equitativamente los recursos habremos resuelto el problema de la carencia en los seres. Y lo hicieron y en algunos países se sigue haciendo con un heroísmo, un sacrificio, una obstinación, una terquedad, digna de elogios, pero hasta los momentos los resultados no son los prometidos.

Este esfuerzo merece de nosotros como clase un análisis profundo para desentrañar las claves de lo necesario, que nos hagan comprender en perspectiva la tarea actual para que las malsanas e irresponsables críticas de los críticos de academias, oficinas, cafetines y otros espacios no afecten la visión de la realidad en plena revolución. Porque la mayoría de lo que estas personas saben lo aprendieron en los libros y otros instrumentos acumuladores y transmisores del saber y la ideología del humanismo, y desconocen, olvidan o se hacen los lomoebaba, para no explicar o no comprender que su saber es anterior a la revolución y que aun más la cultura por construir está aun mas allá de la revolución, entonces mal se puede analizar la situación o entregarle respuesta a la misma, con estos instrumentos o lenguaje, cuando nos percatamos que ello sólo reproducirá nuestra esclavitud.
En medio del fragor de esta revolución y no otra, descubrimos, sabemos, que el intento de salvarnos como esclavos es vano, no nos conduce sino a repetir eternamente la tragedia, porque nadie puede vivir en su propio sueño, y en este caso hablamos de la clase. Nosotros como clase no podemos aspirar a vivir en la otra cultura, ni como dueños ni como esclavos, sólo podemos soñar con ser otros, y en ese sentido el esfuerzo nos debe llevar a comprender que no es para nosotros como forma de vida finita que estamos trabajando. Es como si los tres mil muertos y contando el reloj, que se produjeron en el ochenta y nueve y todos los que aún siguen ocurriendo nada más en Venezuela, se hubieran puesto a pensar en sus vidas, viviendo en la otra cultura, pues sencillamente no estaríamos aquí.

La revolución, ésta que nos ocurre a nosotros en estos días, nos dice que se trata es de un diseño político. Si a nosotros nos jodieron, no nos mimaron, no comim
os, no bebimos, no leímos un poema, no escuchamos una canción sublime, no viajamos, no comimos caviar, no fuimos a visitar la chatarra de la torre Eiffel, o el Big Ben, poco importa. Si quiere aproveche como individuo hágalo, que la revolución se lo permite, haga cualquier trampa y lo logra, invente que usted llevará a pasear a quien usted se imagine sin ese derecho, para eso los pobres somos bastante y aún en la revolución se nos puede seguir usando para los planes de cualquier charlatán o estafador de oficio.

Pero nada de eso nos transformará como clase, a lo mejor como individuos nos haga más arrogantes, o más comedidos, pero nunca trascenderemos sustancialmente, porque no se trata de salvar o proteger a los individuos, se trata es de superar la condición de individuos. Dejar de ser sustancialmente individuos y crear las condiciones para la posible existencia de lo colectivo, sustancia de lo natural de la vida. Por eso cuando nos reunimos para conversar la otra cultura, no lo hacemos como gremios, que necesitan resolver sus situaciones en el capitalismo, exigir derechos, que al final esa ilusión del derecho se convierte en ganancia del capital, porque le mueve su maquinaría productiva.

Cuando el capitalismo entrega derechos es porque le conviene, porque si fuera por la lucha desde cuando se hubiera impuesto el socialismo, porque si alguien tiene los mecanismos para propagandizar es el capitalismo, pero que ha hecho cuando de socialismo se trata, crear grandes masacres, sino que lo digan los veintiocho millones de soviéticos que fueron masacrados en la segunda gran guerra de exterminio. Los gremios de mujeres han logrado inmensa cantidad de derechos pero aún siguen siendo esclavas de segunda, siempre y cuando sean asalariadas. Los obreros y campesinos después de muchas masacres, hemos logrado nuevos aumentos de salarios, pero jamás hemos dejado la condición de obreros y campesinos al servicio del patrón, del dueño. Los negros y sus derechos civiles se lo pasan por el forro los blancos dueños de los Estados Unidos: la meca de las libertades.

Que el carapacho de esclavo, pedigüeño y mercancía transeúnte, de paso a la posibilidad de ser gente. Y para eso es una ética, la que nos toca construir. Sabemos que no es mantequilla, porque no podemos conformarnos con ser chavistas de puro papelillo, porque ser chavistas no es una pose. Asumir eso, es la tarea más dolorosa, porque nos interpela, porque no hay receta, porque no enterraremos aún (en términos de generación, esta que vive hoy día) al capitalismo, porque es largo el camino, porque se dice fácil y suena bonito, pero nos parte la cara cuando reconocemos la raíz del problema en nuestro cotidiano. Porque la frustración de cada coñazo cuesta que jode sacudírsela de encima. Porque el estar en una guerra y a la vez tener que construirnos como otra cultura es una contradicción tan jodida que pareciera imposible resolverla. Ya la guerra nada más nos obliga a estar las veinticuatro horas pendientes de los dueños, buscando ver por dónde lanzan los coñazos, en el ¿Qué pasó aquí? ¿Qué pasó allá?, emitiendo mensajes para moralizar la fuerza, discutiendo como país permanentemente, haciendo encuentros, asambleas, la campaña permanente en respaldo firme a nuestro directorio revolucionario.

Y entonces nos desentendemos de la guerra y nos dedicamos las veinticuatro horas a buscar, fundar, a no usar ningún aparato que el capitalismo haya diseñado y buscar estar tranquilos, despejados, libre de culpas, hasta que un buen día la revolución vuelve y nos cachetea con la realidad de esta guerra y del apoyo firme que necesita el directorio en los pasos que se dan y la necesidad de fortalecer la discusión permanente de todo el país. Y entonces la fundadera se nos torna un aislarse y volvemos a la contradicción, al punto de inicio de esta revolución… ¿Qué hacer? Discutámoslo entre todos: construir una ética en medio de la guerra que es el capitalismo, en revolución, esa es la tarea más importante y a esa es a la que hay que entregarle la vida. Porque somos una fuerza revolucionaria, así irrumpimos en la historia.

Constituirnos en conocimiento revolucionario, esa es la tarea que nos toca. Este es el tiempo de superar esa condición de ser sólo fuerza, porque la fuerza se manipula, una fuerza es como una palanca. Movemos la palanca, y ella mueve agua, porque esa es su condición. Pero en medio de esta revolución nos toca a los pobres crear las condiciones para otra cultura, que no debemos esperar como a un mesías, que no debemos buscar como a una utopía, que estamos obligados a saberla desde el cuerpo. Que cada casa, cada poema, cada silla, cada plato, cada calzado, cada vestido, cada herramienta, cada surco, cada corral, cada muelle, sea un verso colectivo que se estudia, que se imagina, que se cocina, que se teje, pensadamente entre todos.

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