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Argentina después de las elecciones PARLAMENTARIAS

Reacomodamientos, peligros y desafíos que arrojaron las urnas

Argentina | 10 de agosto de 2009

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Si bien en los números generales ganó el oficialismo, fue la derecha más conservadora el sector que más votos acumuló (y más se fortaleció) en las elecciones parlamentarias del 28 de junio. El escenario postelectoral en la Argentina arroja entonces: un gobierno debilitado, que no muestra intenciones de recuperarse implementando políticas populares, una oposición fragmentada por derecha que se identifica con el neoliberalismo puro y duro y no pocos desafíos de unidad y ofensiva política a la izquierda del arco político.

El kirchnerismo llegó al poder como opción “por arriba” a la rebelión popular que en 2001 marcó el profundo rechazo a las políticas neoliberales. Las fuerzas populares, que con sus luchas habían empujado aquel proceso, no fueron capaces hasta hoy de poner en pie un proyecto de cambio, y fue el Partido Justicialista (PJ) el que capitalizó aquella crisis. Al ganar Néstor Kirchner la presidencial en 2003 -con sólo el 22% de los votos- el modelo económico ya estaba estabilizado tras la devaluación del peso y comenzaba lo que sería el ciclo de crecimiento más extenso de la historia contemporánea.

El gobierno, encabezado por un ex gobernador neoliberal, se mostró sin embargo más cercano a los discursos progresistas, haciendo suyas las banderas de lucha contra la impunidad de la última dictadura militar, abandonando las políticas represivas frente a la protesta social -en los dos años previos habían sido asesinados más de una treintena de manifestantes- y ofreciendo espacios de gestión estatal a un puñado de dirigentes de las organizaciones populares que aceptaban las condiciones para incorporarse al espacio oficialista. Kirchner lograba así un fuerte consenso en la población en sus primeros años.

Las ganancias obtenidas de la exportación agrícola, principalmente de soja, y en menor medida de petróleo, ambos con un mercado internacional con precios muy favorables; la profundización del avance de la megaminería transnacional; y la supuesta intención de darle nuevo impulso al sector empresario nacional por sobre los sectores financieros ampliamente favorecidos en la etapa menemista, completaban el esquema. Objetivo este último imposible teniendo en cuenta la fuerte extranjerización de la economía, que llega al 80%. La política internacional, que priorizó la integración regional por sobre las recetas imperialistas, era otro dato positivo de la gestión K.

En el aspecto político, el kirchnerismo, surgido como expresión interna de un peronismo que en las últimas décadas había puesto su estructura al servicio de la entrega neoliberal, amplió en sus primeros años su base de apoyo entre sectores del progresismo de centro izquierda y algunos movimientos populares. Pero en la medida en que acumulaba poder propio, fue rechazando todo espacio que no garantizara control político y votos, encerrándose cada vez más en el viejo aparato del PJ. A la par, la mayor parte de la extraordinaria recaudación estatal era destinada al pago de la deuda externa y a los millonarios subsidios a las empresas privatizadas, relegando las problemáticas estructurales de salud, vivienda, educación, etc, y las urgencias de los sectores populares.

Cuando la dinámica de crecimiento se detuvo -en parte por el agotamiento mismo de este modelo y en parte producto de la crisis internacional-, los salarios quedaron relegados frente a la inflación, la fuerte suba en los precios de los alimentos básicos y los tarifazos de los servicios públicos.

La ausencia de políticas sociales de impacto real, que tiendan a achicar una desigualdad que el propio modelo kirchnerista amplió -el 10% más rico gana 30 veces más que el 10% más pobre-, un sistema impositivo absolutamente regresivo que se mantiene intocable y el no haber promovido la movilización popular como método político, son algunos otros aspectos que grafican la falta de apoyo de los sectores más empobrecidos. El carácter “popular” del gobierno no se materializó en hechos concretos y, tras años de crecimiento a tasas chinas, más del 30% de la población sigue debajo de la línea de la pobreza.
Dos modelos no tan distintos

Fue el conflicto desatado con las patronales del campo el que minó definitivamente la relación de los sectores medios con el gobierno. El espacio que condujo aquella disputa que todavía permanece, la Mesa de Enlace, está compuesto por una alianza entre las organizaciones de la histórica oligarquía como la Sociedad Rural Argentina, sostenedora de todas las dictaduras. El complejo agrofinanciero en torno a la soja se negó a la suba impositiva en las exportaciones y sus millonarios márgenes de ganancia. La disputa fue por una parte de la renta pero nunca se puso en debate el modelo económico, basado en el saqueo de los recursos naturales y la producción de materias primas.

En torno a la Mesa de Enlace se reagruparon las expresiones más reaccionarias de la política, incluso del partido gobernante, los grupos concentrados locales y transnacionales de la economía y los grandes oligopolios mediáticos. Aun fragmentada políticamente, la derecha clásica aparece con ventaja de cara a las presidenciales de 2011, frente a un kirchnerismo que está siendo derrotado más por sus propias limitaciones que por astucia de la opsición.

En tal contexto, y mientras la izquierda partidaria continúa atada a viejas lógicas y sectarismos, la aparición de opciones electorales de centro izquierda, con buenos resultados sobre todo en la capital del país, comienzan a reconfigurar un espacio progresista, aún pequeño, a la izquierda del kirchnerismo. La posibilidad de articular algunas de estas voluntades con la gran gama de movimientos populares consolidados en los últimos años -que deberán seguir destinando esfuerzos en revertir el estado de fragmentación-, es la cuenta pendiente y el gran desafío del campo popular.

Fuente: Por Prensa De Frente http://www.prensadefrente.org

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