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Realizan Marcha del Silencio en Uruguay para recordar a los desaparecidos de la dictadura

Uruguay | 20 de mayo de 2020

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Este 20 de mayo se realiza en Uruguay otra Marcha del Silencio en homenaje a nuestrxs desaparecidxs. Esa gran manifestación silenciosa ocurre anualmente en esa misma fecha desde 1996, organizada por Madres y Familiares de Uruguayos Detenidos Desaparecidos, una organización independiente, que nunca se sometió ni se someterá a ningún Gobierno. Exige que los asesinos y las autoridades revelen dónde están nuestrxs desaparecidxs, y demanda Verdad y Justicia.

Este año la Marcha se hace sobre todo de forma virtual, a causa de la pandemia, y si en años anteriores su versión presencial reunía en la capital uruguaya a varios miles de personas, no hay duda de que ahora concitará la participación de decenas de miles de jóvenes y menos jóvenes, de todo el país. Será transmitida por la TV y la radio pública y por algunas plataformas de internet, y en el momento en el que se lea el nombre de cada unx de nuestrxs desaparecidxs, la gente en su casa o donde quiera que esté, gritará fuerte: “¡Presente!”.

Entre esos nombres estarán los de compañerxs con quienes compartí y comparto luchas y sueños, como Norma Scopisse e Ignacio Arocena.

En aquel 1969 los tres teníamos menos de 20 años y estudiábamos Medicina. Ignacio entró al Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros un poco antes, y fue el responsable del Grupo en Formación que integramos Norma y yo. Fue él quien apareció, para mi decepción, pues esperaba a alguien de más edad y cara desconocida, en el bar de la Asociación Cristiana de Jóvenes, para proponerme formalmente la integración al MLN. Dije que no era ningún valiente pero que aceptaba. Cuando salí me asombré de que los transeúntes, indiferentes, nada imaginasen del cambio trascendental que acababa de ocurrir en mi vida.

La primera compañera que se nos sumó era también de Medicina, y ello me llevó a interrogarme si el MLN-T no sería otro nombre para la Facultad. Pero poco después, para mi alivio, se nos agregaron dos compañeros que no estudiaban Medicina, aunque era evidente de que eran estudiantes como nosotros (y poco después una indiscreción revelaría que también eran hermanos).

Norma era rellenita y usaba dentro y fuera de Facultad unas minifaldas cuadriculadas y unas medias de un amarillo rabioso, que hacían perfecto juego con la eterna sonrisa que se le desbordaba por sus grandes ojos saltones.

Ignacio era rubio, delgado, de ojos claros y se mostraba muy serio detrás de su bigote siempre incipiente. El acné lo castigaba y él se lo cubría con una bufanda escocesa que cumplía más esa misión que la de protección contra el frío. Pero eso no lo libraba de los accesos de rabia cuando en situaciones de tensión un insistente tartamudeo lo dominaba.

La seducción de la acción clandestina y del mando, derivado de la flamante veteranía de Ignacio, deben haber espoleado el corazón de Norma. Y formaron pareja.

Así lo constatamos cuando a manera de entrenamiento para lanzar cócteles molotov y quizá, en un indefinido futuro, alguna granada, fuimos a tirar botellas llenas de arena en un sector escondido de la playa del balneario donde los padres de Norma tenían una casa de veraneo.

Eso no impidió que, por obligación de la cobertura, nos abrazásemos muy estrechamente Norma y yo una noche en la que los focos de un inoportuno auto nos descubrieron pintando un muro con vivas al Movimiento.

Poco después Ignacio dio a Norma la orden de visitar a un compañero que estaba preso en el Penal de Punta Carretas. De esas visitas nació un inesperado amor que los unió cuando él salió en libertad. Con él formaba pareja cuando pocos años después desapareció.

De Ignacio sólo fui a tener nuevas noticias cuando vi su nombre en la lista de los desaparecidos.

Más de una vez he dicho que nuestrxs desaparecidxs y caídxs viven en y con nosotros, mientras continuemos la lucha por los ideales por los cuales dieron su vida. En concreto me refiero a la liberación nacional y al socialismo (que hoy quiero con orientación ecomunitarista).

Ahora bien, junto a esa cercanía política, hay otro factor muy poderoso, a la vez personal y filosófico, en parte quizá egoísta, que me (y “nos”, para muchxs) inclina a mantener viva la memoria de nuestrxs desaparecidxs y caídxs.

Me refiero al hecho de que habríamos podido perfectamente haber ocupado el lugar de esa compañera o de ese compañero que fue desaparecido, asesinado, cayó en combate, o pereció en la prisión o después de dejarla, tras largos años de encarcelamiento y torturas. Sólo varias casualidades no nos reservaron ese destino. Mas si lo hubiéramos padecido, nos reconfortaría saber que lxs compañerxs y por lo menos parte de lxs jóvenes, no se olvidaron de nosotrxs y de nuestra lucha y nuestros sueños.

También por eso, a la hora indicada y prendido a la internet, gritaré “¡presente!”, a la distancia, pero a la vez muy cerca de Norma, Ignacio, y de cada unx de lxs compañerxs citadxs.


Sirio López Velasco/Alba Tv

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