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Conmemoración de su 55 aniverario

Segunda Declaración de La Habana: Por su única, verdadera e irrenunciable independencia

Cuba | 5 de febrero de 2017

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Entre los días 22 al 31 de enero de 1962 —en Punta del Este, Uruguay—, había sesionado la VIII Reunión de Consulta de Ministros de Relaciones Exteriores que fuera convocada por el Consejo Permanente de la OEA con el vil propósito de promover nuevas sanciones económicas y políticas contra el Gobierno Revolucionario cubano.

El presidente Osvaldo Dorticós y Raúl Roa, nuestro Canciller de la Dig­nidad, encabezaron la delegación cu­bana a esa cita, que pretendía el aislamiento diplomático de Cuba; el cese total del comercio con la Isla; y, especialmente, su expulsión del Tratado Interamericano de Defensa Recíproca (TIAR) aduciendo como pretexto el vínculo con potencias extra continentales y la incompatibilidad del marxismo-leninismo con los principios del Sistema Interamericano. En definitiva, el objetivo de la reunión era expulsarnos de la Organización de Estados Americanos.

En respuesta a esa conspiración contra Cuba, la tarde del 4 de febrero de 1962, más de un millón de cubanos colmaron la Plaza de la Revolución al llamado que hiciera el Gobierno Revolucionario para constituir la Segunda Asamblea General Nacional del Pueblo, la cual aprobó la Segunda Declaración de La Habana, que reafirmó nuestra dignidad como nación libre, independiente y soberana, al tiempo que proclamaba la proyección y vocación latinoamericanista de la Revolución Cubana.

El complot de nuestros enemigos en Punta del Este

El Comandante en Jefe anunció que el pueblo de Cuba se reunía en Asamblea General Nacional «para dar cabal respuesta a la maniobra, a la conjura, al complot de nuestros enemigos en Punta del Este»1.

«Tan desvergonzada, tan irracional, tan injustificada era su demanda —dijo Fidel—, tan deprimente, tan desmoralizadora para los gobiernos allí representados, que algunos gobiernos se resistieron a aceptar el máximo de las exigencias yanquis».

Mediante conciliábulos sostenidos a puertas cerradas, los representantes del gobierno estadounidense lograron vencer la resistencia y los pocos escrúpulos de algunos cancilleres en una vergonzosa compraventa de votos, pagados con el dinero de la tesorería norteamericana. El resultado final fue la aprobación de nueve resoluciones.

De ellas, cuatro contra Cuba.

En su complot, la máxima aspiración del gobierno de Kennedy para desacreditar al Gobierno Revolucionario en los planos político y diplomático estaba cifrada en la Resolución titulada «Exclusión del actual Gobierno de Cuba de su participación en el Sistema Interamericano», la cual fue aprobada con mayoría mínima de 14 votos afirmativos [resultó escandaloso que para lograrlo Estados Unidos tuviese que comprar el voto del representante, el dictador haitiano Françoise Duvalier y del Gobierno uruguayo]. Cuba votó en contra de dicha resolución y se abstuvieron seis países: Argentina, Brasil, Bolivia, Chile, Ecuador y México.

La aprobación de la resolución de exclusión fue el paso previo para que, el 3 de febrero de 1962, el presidente John F. Kennedy firmara la Orden Ejecutiva Presidencial No. 3447, que estableciera el bloqueo total del comercio entre Cuba y Estados Unidos.

Cuarenta y siete años después, como muestra palpable de las razones de Cuba y de que la historia estaba al lado de la Revolución, en junio del 2009, la 39 Reunión de la OEA aprobó la derogación de aquella injusta resolución que excluía a nuestro país del sistema latinoamericano. Sin embargo, aunque Cuba no aceptó regresar a esa desprestigiada organización, que Raúl Roa bautizara como un «ministerio de colonias yanqui»; no podemos dejar de reconocer que la derogación de aquel acuerdo fue un importante triunfo de la unidad latinoamericana, liderada por los países del ALBA.

Del pueblo de Cuba a los pueblos de América Latina

La conmovedora Segunda Declaración de La Habana se inicia con el pensamiento y el espíritu del Apóstol de la libertad de Cuba, rememorando fragmentos de la carta inconclusa que, en vísperas de su muerte, escribiera José Martí a su amigo Manuel Mercado: «Ya puedo escribir […] ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país, y por mi deber […] de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América. Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso […] Viví en el monstruo y le conozco sus entrañas; y mi honda es la de David».

Martí rubricó esas palabras con su sangre vertida por Cuba y por América. Por ello, encabezan esta Declaración que denuncia la intervención del gobierno de los Estados Unidos en la política interna de los países de Nuestra América y hace un análisis profundo de la historia de nuestro continente.

En su esencia, el histórico documento develó cómo los imperialistas más que temer a la Revolución Cubana, sentían un gran temor por la revolución latinoamericana, a la cual intentaban detener por todos los medios posibles. Temían que los pueblos explotados y saqueados del continente arrebataran las armas a sus agresores y declararan su derecho a la libertad y a su independencia, tal como lo había hecho Cuba.

En su intervención, Fidel convocó a no olvidar que en ese momento histórico de América Latina fluía «hacia Estados Unidos un torrente continuo de dinero: unos 4 000 dólares por minuto, 5 millones por día, 2 000 millones por año, 10 000 millones cada cinco años. Por cada 1 000 dólares que se nos van, nos queda un muerto. ¡Mil dólares por muerto: ese es el precio de lo que se llama imperialismo! ¡Mil dólares por muerto, cuatro veces por minuto!».

Hoy, cuando se cumplen 55 años de la aprobación en La Habana de ese histórico documento, hay que volver a sus páginas para comprobar la vigencia y el compromiso que dimana de la profundidad y magnitud de su mensaje.

Tal como dice la Declaración, la historia tendrá que contar con los pobres, con los explotados y con los pueblos vilipendiados de América Latina: «Porque esta gran humanidad ha dicho ¡Basta! y ha echado a andar. Y su marcha de gigantes ya no se detendrá hasta conquistar la verdadera independencia, por la que ya han muerto más de una vez inútilmente. ¡Ahora, en todo caso, los que mueran, morirán como los de Cuba, los de Playa Girón, morirán por su única, verdadera, irrenunciable independencia!».


Fuente: Cubadebate

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