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Por Marilyn Garbey

Tiempo de cine

Cuba | 27 de diciembre de 2017

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Por Marilyn Garbey
lajiribilla@lajiribilla.cu

Fue la mirada de las mujeres lo más trascendente del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano recién concluido. Aún se escuchan ecos de los aplausos a Alanis, de Anahí Berneri, relato desprejuiciado de la prostitución femenina; a Matar a Jesús, de Laura Mora, documento de la violencia que sacude a Colombia; o a Valeria Pivato y Cecilia Atán por La novia del desierto, viaje por la espiritualidad de la protagonista. Veinticinco corales, de los 36 en competencia, fueron recibidos por realizadoras, suceso que contrasta enormemente con los escándalos de acoso sexual que sacuden a Hollywood, industria de donde cada día llegan revelaciones terribles del rol de las mujeres en un contexto de duro machismo.

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Las miradas de las mujeres sobre América Latina, prevalecieron en esta edición del festival.

No hubo propósito expreso de los organizadores del Festival para privilegiar a las realizadoras. La selección transcurrió con el rigor acostumbrado, y sus propuestas fueron elegidas en buena lid, es que las herederas de María Luisa Bemberg, Sara Gómez y Suzana Amaral han tomado las cámaras para explorar el mundo a través de secuencias reveladoras de la fuerza de sus miradas. Desde la ficción o el documental abordaron muchos temas inquietantes: la violencia y el machismo, la política y las relaciones filiales, la amistad y el amor, los efectos del cambio climático y el impacto del neoliberalismo, entre otros. Ojalá la cosecha femenina en el audiovisual latinoamericano siga dando buenos frutos y en venideras ediciones los Corales ratifiquen la calidad artística y la altura ética de nuestras cineastas.

Para los espectadores, como siempre, el Festival trajo la posibilidad de apreciar las últimas producciones de otras latitudes. Filmes como El indulto, Foxtrox, The Squere, In the Fade, Amando a Vincent, todas incluidas en la carrera por el Oscar, se vieron en La Habana en este diciembre.

Un filme cubano se alzó con el Premio de la Popularidad, validado por los votos de los espectadores a la salida de cada proyección. Esta historia de amistad entre un cosmonauta ruso y un profesor cubano de Marxismo-Leninismo, contada con el pulso certero de Ernesto Daranas, recibió 4828 puntos. Fue la única película cubana distinguida en la noche de clausura.

Otra sección que convocó las expectativas fue la de documentales pues trajo miradas inéditas a figuras como la cantante Chavela Vargas o al novelista Julio Cortázar. También el registro de los testimonios sobre el hombre que fue Ernesto Guevara, antes de convertirse en el mítico guerrillero Che, recibió el favor del público. El pacto de Adriana, con la firma de Lissete Orozco, premiada con el Coral, en la cual la cineasta se involucra en el pasado de su tía, quien trabajó para la DINA de Pinochet, y es reclamada ahora por la justicia, es un documento concluyente.

A un paso de los 40

El Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano celebrará en el 2018 su edición número 40 y ya se anunció se dedicará a los 90 de Tomás Gutiérrez Alea, autor de ese clásico que es Memorias del Subdesarrollo. Tras largos años como espectadora atenta, me atrevo a acercarme a las interioridades de la organización del Festival, pues creo que ciertos patrones de trabajo del equipo gestor podrían servir de referencia para otros eventos culturales.

Quiero resaltar, en primer lugar, la claridad en los objetivos de trabajo: presentar en Cuba lo más selecto de la producción audiovisual del año en curso y contribuir a la formación de públicos inteligentes, capaces de distinguir el grano de la paja. Para los cineastas es la posibilidad de promover sus obras, de gestionar financiamiento para futuros proyectos, de encontrarse con los espectadores, de intercambiar con los colegas.

Tan certeros propósitos guían la gestión del equipo del Festival para la presentación de los filmes en Cuba. En esta edición, por ejemplo, se recibieron 1250 obras, de las que se eligieron 404 para su exhibición bajo diferentes rubros orientadores para el público.

Atentos a lo que sucede en el mundo audiovisual, sus programadores han tendido puentes con sus colegas, lo cual les facilita la tarea de selección a partir de la intervención en otros festivales. “Una programación que no tema al entretenimiento siempre que no se preste a la desmovilización del intelecto”, asegura Iván Giroud, presidente del evento, es la línea que define el trabajo.

La digitalización agiliza el traslado de las películas, atrás quedaron las latas de celuloide y la memoria USB cabe en un bolsillo, pero en el Festival la exhibición se hace cumpliendo los contratos internacionales de derechos de autor y de exhibición. El respeto por la obra y por el artista los distingue. De ahí la estrecha relación con el Sundance Institute, por citar un ejemplo, viejos colaboradores del Festival, especialmente con el Sector Industria.

Justamente desde esta sección se organizan los eventos de carácter pedagógico de la cita, magnífico impulso a la formación de los más jóvenes realizadores. En talleres y conferencias dictadas por expertos de alto nivel, he visto pocos rostros cubanos, en contraste con los muchos participantes que, llegados desde otros países, asisten a compartir experiencias con cineastas y promotores de larga data.

Quedaron atrás los tiempos en que los cines de barrio formaban parte del circuito del Festival, ahora solo 10 salas exhiben películas en los formatos digitales profesionales, lo cual exige un esfuerzo extraordinario en el diseño de la programación y a los trabajadores de los cines, especialmente a los proyeccionistas. Esta vez se dañó el proyector del emblemático cine Chaplin, lo cual obligó a los organizadores a rediseñar sobre la marcha las funciones para que el público no perdiera la oportunidad de ver la película que deseaba.

Muchos miembros del equipo del Festival trabajaron bajo la égida fundacional de Alfredo Guevara, a cuyo espíritu inteligente y transgresor de los estereotipos siguen fieles. Ahora se han sumado gente joven cuyas energías van dejando huellas. El Cine-Club que tiene lugar en la Casa del Festival es buen ejemplo de ese soplo de aire fresco. Unos días antes de que comenzara el Festival, tuvo lugar allí un panel donde intervinieron tres Premios Nacionales de Cine- Fernando Pérez, Juan Padrón y Manuel Pérez- quienes revelaron las particulares maneras en que se han acercado, fílmicamente, a la Historia de Cuba. Obras como Clandestinos, José Martí el ojo del canario, la saga de Elpidio Valdés y El hombre de Maisinicú dan fe de que el cine puede ser arte y testimonio histórico.

Desde la Casa del Festival se ha dado un gran impulso y mucha visibilidad a los empeños por restaurar el patrimonio fílmico de Cuba y del resto de Latinoamérica; la presentación de Lucía, de Humberto Solás, en el pasado Festival de Cannes se incluye entre sus acciones. También asesoran investigaciones vinculadas al cine latinoamericano y participan en la selección de otros festivales, como el de Toronto. Vale subrayar que en la celebración de la cultura cubana que tendrá lugar en el Kennedy Center el año que viene, la sección de cine se dedicará a los 40 años del Festival, e incluye una muestra fílmica curada por Iván Giroud. Y no puede obviarse que al festival de La Habana se le otorgó el Premio Fénix en su primera edición, lauro que celebra el trabajo de quienes se dedican al séptimo arte en Iberoamérica.

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A Titón estarán dedicadas las próximas jornadas de cine latinoamericano de diciembre

Constantemente se escuchan voces clamando por la necesidad de proporcionarles herramientas a los espectadores para que puedan orientarse en el vasto mapa audiovisual de estos tiempos. El Festival es una enorme contribución en este sentido por la forma inteligente en que organiza la programación, pero ya es hora que se sumen otras propuestas a esta gesta que se aleja del monopolio de Hollywood. No puede ser diciembre el único mes del año en que veamos buen cine.

En la noche inaugural se proyectó La película de mi vida, de Selton Mello, donde su director asume uno de sus mejores roles en pantalla. Mi generación podría decir que ver películas en el Festival ha sido de lo mejor de la vida que llevamos. Ahora la computadora puede ser el soporte para ver cine, y el paquete trae aquella película que no alcanzamos a ver en diciembre, pero el acto de ir a la sala oscura a compartir con los otros nuestras emociones nos hace esperar cada diciembre con ansiedad. Soñamos con ver películas porque hay que ver para creer, porque hay que ver para crecer con el cine.

Artículo publicado en La Jiribilla.

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