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Por Luis Salas

Un alegato en favor del aumento salarial y una real política de precios justos

Venezuela | 21 de octubre de 2015

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Por Luis Salas

Siempre hemos sostenido desde este espacio que la especulación de precios y monetaria se alimenta de la especulación ideológica, siendo que la función de ésta última es tanto impulsar como naturalizar la primera haciendo circular “explicaciones” en sí mismas especulativas. En los buenos viejos tiempos de la crítica de aquello que T. W. Adorno llamó la industria cultural, solía decirse que la ideología refleja la realidad alterándola. Es la famosa relación especular descrita entre otros por Marx y Freud, dada la cual la ideología como el reflejo en un espejo reproduce la realidad al revés. Cualquiera que se haya parado al frente de un espejo entiende inmediatamente el símil: en el espejo, lo que en realidad es mi brazo derecho aparece reflejado del lado izquierdo y viceversa….

En uno de sus acostumbrados excelentes artículos, el día de hoy Alfredo Zaiat nos habla de un concepto muy interesante, muy útil para dar cuenta del tema que nos ocupa: agnotología. La agnotología es lo que el profesor estadounidense de Historia de la Ciencia de la Universidad de Stanford, Robert Proctor, definió como el estudio de la ignorancia inducida con la publicación de datos e información tendenciosa. Según nos cuenta Zaiat, otro investigador, Philip Mirowski, historiador y filósofo del pensamiento económico de la Universidad de Nôtre Dame, aplicó ese concepto a la economía, y lo presentó en su último libro Nunca dejes que una crisis te gane la partida. ven devaluacion

Y es que tanto en Europa como en los Estados Unidos, Argentina y por su puesto nuestro país, existe una verdadera banda de analistas, economistas del establishment y hombres de negocios que son maestros en el arte de la agnotología, dedicados con entusiasmo a la fabricación deliberada de la incertidumbre, la duda y la ignorancia, a hacer que los términos de la realidad aparezcan trucados y adulterados, de modo que lo que es beneficioso para un trabajador (un aumento salarial, por ejemplo, o una política de precios justos) aparezca como malo, mientras que lo que es definitivamente malo para la mayoría trabajadora e incluso un delito (la especulación de los comerciantes) aperece como bueno y natural.

Esto último es exactamente lo que vemos en este momento: luego del aumento salarial decretado por el presidente Maduro como parte de una política sostenida de defensa del salario y el empleo, que además de una convicción es una obligación constitucional del Estado en la defensa de los derechos socio económicos garantizados por la CRBV, y en la medida en que los comerciantes y empresarios traducen dicho el aumento en un inmediato aumento especulativo de los precios de un 30% y hasta más bajo la excusa de “compensarlo”, se emprende por las más diversa vías una satanización de los aumentos de salario y hasta de los salarios en sí mismos. Tan abrumadora resulta esta satanización -terrorista, en el sentido duro del término- que entre algunos trabajadores y trabajadoras, no pocos analistas de izquierda y seguramente más de un cuadro de gobierno, cala la idea de que el que les aumenten el salario o tener un poder adquisitivo es malo, idea que se termina expandiendo a otros derechos y conquistas como la inamovilidad laboral o la seguridad social.

Así las cosas, lo primero que queda meridianamente claro en este razonamiento es que para los “expertos” y el sentido común mediatizado económicos, no solo los salarios “altos” y los aumento de salarios son siempre la causa de todos los problemas, sino que además los trabajadores y trabajadoras al organizarse y exigir mejores ingresos para tener un mejor nivel de vida, posibilidad de ahorrar, etc., están actuando en contra de ellos mismos, dando origen a la plaga inflacionaria que los castigará por su falta de criterio e ignorancia de las sagradas “leyes” del mercado.

Es por esta razón que la gente sensata de este país –la gran mayoría- siente que para los economistas y sus patrones la miseria es el precio que la mayoría debe pagar para que los mercados no se desequilibren. Lo que plantea un dilema interesante: ¿y cuándo es entonces el momento para que desde el punto de vista de dichos expertos los trabajadores y trabajadoras pueden mejorar su pedazo en la repartición de la riqueza social? Si cuando se presentan fases expansivas no pueden porque “se recalienta la economía desatando el diablo inflacionario y la escasez”, pero en las regresivas tampoco porque son los momentos en que hay que “ajustarse el cinturón y recortar gastos”, entonces está visto que tenemos que resignarnos a la idea a que esa momento será tan lejos como nunca.

Lo otro sobre lo que hay que llamar la atención en toda esta retórica “explicativa” sobre las causas y responsabilidades de la inflación, es que las ganancias empresariales y comerciales quedan convenientemente ocultas bajo la alfombra. Y es que está visto sobre este tema los sabios de la economía convencional guardan el mismo silencio profundo que Adam Smith –nada menos que el padre de la economía política burguesa – denunciaba de los comerciantes y fabricantes.

trabajador33¿Son los salarios los que hacen subir los precios?

Precisamente, en la cita que colocamos como epígrafe a este texto, Smith se despacha a propósito de una realidad olímpica y convenientemente ignorada por los “expertos” y patronos a la hora de sacar sus cuentas: que no expresan igual las ganancias y los salarios en la formación de los precios, que la forma de distribuirse unos y otros es muy distinta, siendo que los salarios se reparten aritméticamente en los precios mientras que las ganancias los impactan geométricamente. Veamos con un ejemplo simple:

Imaginemos una empresa en la que trabajan diez personas. Supongamos, para facilitar las cosas, que cada uno de ellas gana un salario mensual de Bs. 1.000, que es el mínimo legal. Pero entonces se decreta un aumento de 30%, pasando cada una a ganar Bs. 1.300. Eso significa que al patrón o patrona de dicha empresa le aumentará la nómina de pago 30%, pasando de Bs. 10.000 a Bs. 13.000 mensuales.

Ahora bien, supongamos que esa empresa produce zapatos. Y que cada zapato un precio de Bs. 100. ¿Se supone entonces que el precio de los zapatos debe aumentar 30% para cubrir el aumento de 30% del costo de la nómina? Pues no.

Supongamos que la empresa vende 500 pares de zapatos mensuales. Si cada par tiene como dijimos un precio de Bs. 100, a la empresa le ingresan Bs. 50.000 al mes. Si tomamos como referencia la actual ley de Precios Justos, bajo la cual es de esperarse que el comerciante transforme el “hasta 30%” de ganancia en un directo 30%, inferimos que de esos Bs. 50.000 por concepto de venta el patrono viene apropiándose como ganancia de Bs. 15.000.

De entre los restantes Bs. 35.000 de costos de producción, recordemos que la mano de obra antes del aumento equivalía a Bs. 10.000, lo cual -dicho sea de pasada- es mucho comparado con la realidad de las estructuras de costos de nuestras empresas y negocios, cuyo peso de la mano de obra sobre los costos raramente suele superar el 20%. Pero en fin, el asunto es que para “cubrir” el aumento del 30% de la nómina el patrono decidió aumentar en 30% el precio de sus zapatos, pasando a costar al público Bs. 130. De tal suerte, suponiendo que no varíe la cantidad de zapatos que vende mensualmente, los ingresos de la empresa pasarán automáticamente Bs. 65.000 mensuales a Bs.

En este punto debemos volver al inicio de nuestra contabilidad, recordando que nuestra hipotética empresa tiene 10 trabajadores, cada uno de los cuales en razón del 30% del aumento pasó a ganar Bs. 300 adicionales mensualmente. Esos Bs. 300 adicionales sumados se transformaron en un aumento de Bs 3.000 del costo por concepto de mano de obra para un total de Bs. 13.000 para el patrón, quien para cubrirlos decidió aumentar los precios en 30%. Sin embargo, ese 30% de aumento en el precio de los zapatos reportaron ingresos adicionales a la empresa por Bs. 15.000, esto es Bs. 12.000 por encima del costo adicionado por el aumento de 30% a la nómina: lo cual quiere decir que con el aumento del 30% en el precio de sus zapatos, el patrón no solo cubrió el aumento salarial, sino además obtuvo ganancias extraordinarias cuatro veces por encima de la “pérdida” que le representaba el aumento salarial.

Un argumento inmediatamente esgrimido por cualquier “experto” o por el propio patrón de nuestra fábrica para justificar el aumento del 30% o más en el precio de su producto, será que el aumento salarial no lo impacta solo por la vía directa de su mano de obra, sino por la indirecta de la mano de obra de sus proveedores. Es decir, el 30% del aumento salarial aumenta en 30% el costo de la mano de obra, pero también aumenta en la misma proporción el costo de la mano de obra de otros comerciantes a los cuales compra insumos o paga servicios, y por tanto debe cargarlo. También dirá, desde luego, que las cosas que él en cuanto persona consumen también subieron. Eso puede ser cierto. Sin embargo, también lo es que en realidad lo único que ha variado es la escala del problema, en la medida en que pasamos de la consideración de un productor-comerciante a la de todos los productores-comerciantes juntos.

Así las cosas, como acabamos de ver, el argumento de la gran mayoría de los comerciantes de elevar los precios en la misma proporción porcentual en que aumentan los salarios es falaz. Pero en realidad, más que falaz, es premeditadamente falaz: esgrimido tanto para hacer que los trabajadores en cuanto conjunto y como clase paguen sus propios aumentos – o dicho en términos más simples- para asaltarle todavía más los bolsillos usufructuando una medida que de origen es para beneficiarlos. Y es que en efecto, el aumento salarial no solo queda automáticamente diluido por la respuesta patronal sino que, de hecho, ésta última puede hacer retroceder al trabajador en la repartición de la riqueza social.

¿Sirve esto último para darle la razón entonces a quienes aseguran que no son buenos los aumentos salariales o que no tienen sentido porque estos hacen automáticamente subir los precios? Por su puesto que no. Pues dicho “razonamiento” más que una explicación es una justificación “teórica” de la resignación política: un blanqueo pseudo-academicista y pseudo-contable de la posición de ventaja que los comerciantes-patronos tienen y ejercen sobre los trabajadores-consumidores. Y en las condiciones venezolanas de guerra económica, un mecanismo para ejercer terrorismo psicológico y político contra los trabajadores y trabajadoras así como de chantajear al Estado.

Por último, aunque no menos importante, termina también resultando cierto que los comerciantes y empresarios pequeños y medianos que se suman a estas prácticas, al conspirar económicamente contra el país y los asalariados-consumidores, terminan conspirando económicamente contra sí mismos. Y es que no solo está claro que la carrera especulativa en la cual se involucran la van finalmente a perder frente a los oligopolios y monopolios -por más que hagan ganancias extraordinarias y rápidas en lo inmediato-, sino que al correr contra el salario y ayudar a deprimirlo están deprimiendo la fuente sobre la cual se sostiene su actividad, en la medida en que sus bienes y servicios solo se pueden vender si hay salarios que puedan comprarlos. Lo que la mentalidad de pulpero que habita en muchos comerciantes no les permite ver es precisamente eso: que pagar salarios pobres y “baratos” termina resultándoles más caro que pagar buenos salarios. Que lo que se “ahorran” abaratando la mano de obra o subiendo los precios, lo padecen deprimiendo el consumo. Es una experiencia que ya vivieron en los 90, pero que al parecer muchos ya muchos olvidaron. Pero los que no la olvidaron y la tienen muy clara son los promotores de la guerra económica, quienes embaucándolos en una comunidad de intereses que no es tal, azuzando sus temores, prejuicios y miopías de “clase”, los utilizan como avanzada para desmantelar una política de inclusión y democratización socioeconómica de la que se han beneficiado tanto como los trabajadores que desprecian y temen.

En fin, y ahora sí para terminar, el llamado es a los trabajadores y trabajadoras, quienes en la esfera del consumo debemos replicar la política de defensa de derechos económicos y sociales, la defensa del salario y la no explotación que hemos sabido conquistar en la esfera del trabajo. Siempre, pero particularmente en este momento, en nuestro país al revés de lo dicho por Marx, el secreto de la explotación no hay que buscarlo -o no tan solo- en la esfera oculta de la producción. Para develar este secreto, para descubrir la fuente de las más extraordinarias fuentes de ganancia que se hacen a costillas nuestras y combatirla, debemos por el contrario subir a la ruidosa esfera del mercado donde están los comerciantes poseedores del dinero y del trabajo y por tanto de las mercancías y los servicios que circulan a precios cada vez más especulativos. Pero el llamado también es al Estado. Y es que la política de defensa del poder adquisitivo y los derechos socio económicos de las grandes mayorías no solo debe atender el frente salarial y del empleo. Eso es mucho ciertamente, mucho más de lo que cualquier gobierno de cualquier otro país de cualquier parte del mundo salvo las excepciones de algunos de nuestros aliados (Bolivia, Argentina, Ecuador) está haciendo en este momento. Pero en la tapa hiperespeculativa actual si no se interviene radicalmente al nivel de los precios la medida termina convertida en una ilusión monetaria para los bolsillos. La política de Precios Justos es el complemento natural y necesario de la mejora del poder adquisitivo de la población a través de mejores salarios y más y mejores empleos, lo que que se ha traducido en esta primera etapa de nuestra revolución en una democratización del consumo, ampliación del mercado interno y una mayor inclusión social. Pero esta visto que la especulación y el acaparamiento atentan contra esto, y en el último año se han valido de la propia política de Precios Justos para blanquear la especulación. Debe recuperarse la política de Precios Justos, empezando por arrebatarle a los especuladores el usufucto que vienen haciendo de ella pasando los precios más injustos del mundo como Precios Justos. Y para ello es necesario una Sundee menos pasiva y el concursos de otras demás instituciones del Estado, desde el Seniat hasta la propia Defensoría del Pueblo.arg precios cuidados

Ciertamente en el fondo llevan la razón quienes dicen que estructuralmente y en el largo plazo la especulación y el acaparamiento se acaban produciendo más y no controlando precios. Pero esta es una verdad relativa por dos razones: la primera, porque aumentar la productividad sino se democratiza la producción con nuevos sujetas y sujetos económicos que produzcan bajo otras lógicas distintas al lucro individual y el parasitismo (que es el ADN de “nuestros” “empresarios” actuales) no tiene sentido. Y la segunda, porque, para parafrasear a Keynes, el problema con el largo plazo es que en el largo plazo (incluso el mediato) todos estaremos muertos como consecuencia de la especulación y el acaparamiento. Estamos en una coyuntura donde para atacar la enfermedad hay que hacerlo necesariamente primero con el síntoma, con la ventaja de que en este caso atacar el síntoma se convierte en un modo no solo de evitar la reproducción de otros males, sino de atacar la enfermedad en si misma.

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