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Por Alejandro Fierro

Venezuela: De colonizadores y colonizados

Venezuela | 23 de junio de 2016

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Esta semana, otro político español ha estado en Venezuela tratando de sacar réditos electorales de los supuestos presos de conciencia. En esta ocasión ha sido Alberto Ruiz-Gallardón, miembro del Partido Popular (PP), exalcalde de Madrid, expresidente de la Comunidad de Madrid y exministro en el Gobierno de Mariano Rajoy y en la actualidad sin ningún cargo electo institucional ni orgánico dentro de la formación derechista.

El Partido Popular estaba obligado a enviar a uno de los suyos a Caracas. Por la capital venezolana ya habían pasado los socialistas Felipe González y José Luis Rodríguez Zapatero y el candidato de Ciudadanos a la Presidencia del Gobierno español, Albert Rivera. Los “populares” no podían quedarse fuera. Han esperado prácticamente hasta el final de la campaña, a unos pocos días de las decisivas elecciones de este 26 de junio, para posicionarse, tal vez en un intento de atraer una atención mediática suplementaria.
Es ocioso reiterar que la desmesurada atención hacia Venezuela de políticos y medios de comunicación españoles se debe a la fulgurante irrupción de Podemos. El partido liderado por Pablo Iglesias amenaza con romper el bipartidismo y plantea una alternativa a ese neoliberalismo que ha conducido al país a una de las peores crisis de su historia. Para abundar en este extremo baste releer el artículo Venezuela como estrategia, publicado el pasado mes de mayo en esta misma página web del Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica.

Pero más allá del diseño coyuntural de esta estratagema, analizado en el texto citado, es necesario investigar las causas más profundas que hace que tanto el neoliberalismo español como el venezolano crean que pueden beneficiarse mutuamente de este desfile incesante de políticos exigiendo “libertad” y “respeto” a los derechos humanos.

El éxito de la maniobra hunde sus raíces en el eurocentrismo que permea tanto al colonizador como al colonizado. El dominio de las clases altas latinoamericanas -de origen europeo- sobre las mayorías populares se basó en buena medida en una colonización cultural que pregonaba que todo lo que venía de fuera era mejor que lo propio. Ese “de fuera” sólo incluía, obviamente, a Europa occidental y con posterioridad a Estados Unidos.

No había un sólo ámbito libre de la superioridad civilizatoria de la colonización. Los productos industriales, los tecnológicos, también los alimentos y la gastronomía, las formas de ocio y espectáculos, las manifestaciones culturales, los deportes, los cánones de belleza, la educación desde la primaria hasta la universitaria, hábitos como la organización y la puntualidad, la calidad en el trabajo, la capacidad de sacrificio… Y como barniz, la superioridad política concretada en la hegemonía de las democracias liberales burguesas nacidas en Europa, de las cuales, siempre según el relato colonizador, los sistemas latinoamericanos serían copias deficientes o, cuando menos, inferiores a las originales.

Una de las principales obsesiones de Hugo Chávez era romper con el sentido común de la colonización, tan funcional para la oligarquía dominante. Chávez había asimilado la tesis de Frantz Fannon de que no habría verdadera emancipación para los pueblos si el colonizado no se independizaba del colonizador de forma integral, esto es, si no se libraba de las cadenas invisibles, forjadas durante siglos, que le condenaban a una supuesta inferioridad. De ahí su continua reivindicación de una genuina cultura latinoamericana, enraizada en las herencias indígenas, africanas y europeas pero superior a la suma de sus partes. De ahí su apuesta por la integración del subcontinente, en la creencia de que no había que buscar los referentes en el exterior sino en la propia región. De ahí su apelación al orgullo de ser de Venezuela, de Ecuador, de Bolivia, de Colombia… De Latinoamérica, en definitiva.

Este nuevo orgullo popular es uno de los principales obstáculos con los que se está encontrando la restauración conservadora que ya está en marcha en todo el subcontinente. No puede haber sometimiento de la periferia del capitalismo sin aquiescencia acrítica a la superioridad del centro del capitalismo. Por eso, en su intento de caracterizar al Gobierno de Nicolás Maduro como una dictadura, la derecha venezolana recurre a políticos españoles. Los referentes vuelven a llegar del otro lado del mar. La libertad, los derechos humanos y la democracia son productos que hay que importar de las grandes potencias. La mirada deja de ser regional. Lo bueno, una vez más, viene de fuera.

Pero para que la táctica dé resultado, el otro actor, es decir, el colonizador eurocéntrico, también debe haber interiorizado su supuesta superioridad. En este aspecto, España es el perfecto cómplice. Se trata de un país bipolar, que combina el complejo de inferioridad frente al norte de Europa junto a una indisimulada soberbia ante el que fuera su imperio, de cuya pérdida nunca se recuperó, quedando abierta lo que Juan Carlos Monedero llama “la herida colonial” y que se traduce en un abierto desprecio por Latinoamérica.

Esta soberbia es la que permite que el grueso de la población, incluidas muchas personas de izquierda, asuman la caricatura de Venezuela que difunden los medios de comunicación. Si esas manipulaciones grotescas e hiperbólicas se refirieran a Alemania o a Francia nadie en España las creería. Pero sí de Latinoamérica, donde a los ojos del eurocentrismo todo funciona mal o simplemente no funciona; donde todo es una burda copia de Europa; donde el problema no son las relaciones de poder económico sino la falta de preparación de sus gentes, la desorganización, la indolencia, la flojera… Sin este sustrato colonizador, toda la farsa sobre Venezuela se desmoronaría.

En Latinoamérica se libra una batalla cultural, no sólo económica o política. Cada vez que la derecha exhibe a un político español como adalid de las libertades evidencia cuál es su bando.


Fuente: CELAG.

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