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Por Daniel Mathews

Violeta enamorada

Chile | 5 de febrero de 2017

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En este recuento que estamos haciendo de la obra de Violeta Parra hemos dicho que el primer disco con canciones de su autoría es de 1960. Pero, como nos informa Osvaldo Rodríguez sus primeras canciones datan de 1953: “Hay que recordar que Violeta Parra inicia su labor folklórica, impulsada por su hermano Nicanor Parra, en 1953, año en el que basándose en una cuarteta popular compone Casamiento de negros y el vals folclórico Qué pena siente el alma”.

El primero es un divertimento, sacado del folclore popular, donde juega con el color de los novios:

Se ha formado un casamiento
todo cubierto de negro,
negros novios y padrinos
negros cuñados y suegros,
y el cura que los casó
era de los mismos negros.

Tristemente es un divertimento que termina en la muerte. Después de un matrimonio festejado con higos negros, la novia se enferma y muere. Por cierto la entierran en un cajón negro.

“Qué pena tiene el alma” es en cambio el comienzo de las composiciones de Violeta Parra dedicadas al amor. No voy a incidir en los diversos conflictos amorosos que complican la vida de Violeta Parra. Quien este siguiendo mis escritos sobre la cantautora habrán visto que no me intereso por el tema biográfico, muy dado a los chismes, sino por lo que realmente vale en ella: su creación poética. Además el desamor es un tópico de la canción popular que no necesariamente está relacionado con que el autor tenga o no problemas sentimentales. Como dice Jinre Guevara, siempre cantamos a la que se va, no a la que se queda. “Qué pena tiene el alma” es un buen inicio para cualquier poeta, una canción en cuatro cuartetas de verso libre: “que pena siente el alma/ cuando la suerte impía/se opone a los deseos/ que anhela el corazón”.

De hecho en “Qué pena tiene el alma” vemos como Violeta Parra se ha logrado separar de lo folclórico para desarrollar un tema totalmente subjetivo. Lo mismo ocurrirá en las tres canciones que más le gustan a ella (y a mí también):

Creo que las canciones más lindas, las más maduras (perdónenme que les diga canciones lindas habiéndolas hecho yo, pero qué quieren ustedes, soy huasa y digo las cosas sencillamente, como las siento) las canciones más enteras que he compuesto son “Gracias a la vida”, “Volver a los diecisiete” y “Run Run se fue pal norte”.

A los dos primeros dedicaremos las próximas líneas. “Volver a los 17” es un conjunto de 5 décimas con estribillo. Hasta ahí el respeto a la tradición hispano-chilena. El tema ya no es, sin embargo, el típico caso del amor abandonado. Por el contrario, se trata de la fuerza transformadora que tiene el sentimiento erótico.

El amor obra maravillas en los seres que aman. En el yo poético de la canción (¿la propia Violeta?) obra el milagro de hacerla “volver a los diecisiete” (verso 1), invirtiendo el curso del tiempo “Mi paso retrocedido/cuando el de ustedes avanza” (vv. 11 y 12). Pero no solo en ellos. Todo el mundo circundante está afectado por el amor que “detiene a los peregrinos” (v. 35), también “libera a los prisioneros” (v. 36), “al viejo lo vuelve niño/ y al malo sólo el cariño/lo vuelve puro y sincero” (Vv. 38, 39 y 40).

Son versos jubilosos de amor, en los que desde la propia experiencia amatoria el mundo adquiere un nuevo orden fundado en valores tales como la pureza, la inocencia y la sinceridad. Pero dicha visión que se manifiesta en la superficie textual no se explica sino a partir de la profunda reflexión sobre los efectos que ha operado el amor en sí misma. La primera décima está dedicada a la experiencia personal. Es en las estrofas 2, 3 y 4 donde el amor trasciende a los amantes y cambia todo a su alrededor. Sólo a partir de esa experiencia es que el amor puede trascender al resto del mundo.

Y esa vivencia está profundamente marcada por lo temporal. No sólo es que retrocede de vivir un siglo a la edad de la adolescencia, sino que va más allá y se convierte en “un niño frente a Dios”. El retroceso es total. Pero hay una marca más de tiempo. Amar es “volver a ser de repente tan frágil como un segundo”. En la décima 5 vuelve al tono personal pero ahora personificando al amor en un querubín.

Mientras las décimas son estacionarias: describe las maravillas que hace el amor, el estribillo es activo. Los gerundios “enredando”, “brotando” que además se repiten, van dándole movilidad al poema. Al mismo tiempo el juego entre la dureza de la piedra y la fragilidad del musguito, así en diminutivo, hacen un juego destinado a la germinación.

“Gracias a la vida” es un romancillo dodecasílabo pero que en el momento del canto se fisura en hexasílabos. Si lo queremos ver como poema las rimas obligan a las 12 silabas

Gracias a la vida que me ha dado tanto.
Me ha dado el oído que en todo su ancho,
graba noche y días, grillos y canarios;
martillos, turbinas, ladridos, chubascos,
y la voz tan tierna de mi bien amado.

Pero al momento de cantar se produce una cisura “Gracias a la vida/ que me ha dado tanto”. Todas y cada una de las estrofas de esta canción están precedidas por el enunciado «Gracias a la vida que me ha dado tanto» que funciona como estribillo en la continuidad del canto. También todas las estrofas constan de cinco versos, salvo la última que rompe la estructura con sus seis versos y donde, precisamente, se produce la integración de la voz individual en el canto general de reminiscencias nerudianas. El tema, como en el poema antes comentado, es el amor, concebido aquí como expresión de gratitud a la vida.

Es una de las últimas composiciones de Violeta Parra. Quizás sea tal circunstancia la que explique la plenitud vital en el amor con la que ha sido concebido. Lo cierto es que la autora, consciente de su madurez creativa y desde el presente de su dicha, vuelve la vista sobre sí misma y sobre su propio canto para exaltar los dones de la vida. Así, en perfecta gradación comienza a desplegar los bienes ponderados que, en definitiva, constituyen los materiales de su canto. Primero son los sentidos: la vista, metafóricamente representada por los «dos luceros» con los que percibe los colores, la belleza cósmica y el paisaje humano, en cuyo centro se perfila la figura del ser amado. Luego, el oído, que el yo despliega en su más amplia dimensión para registrar, con la avidez de la creadora, todos los ruidos de la naturaleza y los del trabajo humano en su incesante labor transformadora.

Tal poder transformador del trabajo humano es el que pondera Violeta Parra en cuanto artífice del canto que construye armonizando sonido y abecedario, para proyectarse en última instancia a los seres amados (estr. 3). Luego, desde una visión retrospectiva, la mirada de Violeta se vuelve sobre sí misma para evocar su largo peregrinar por la vida hasta su reencuentro en la intimidad familiar con el bienamado (estr. 4). Desde tal perspectiva la autora pondera el sentimiento y la inteligencia humana para poner de relieve la bondad que ella ve en los ojos del amado, empleando para el efecto el tópico neoplatónico de los ojos como reflejo del alma (estr. 5).

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