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Cuentos Descoloniales por Ketsy Medina*

Y ellos vinieron de Marte

Venezuela | 14 de enero de 2019

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Ketsy Medina Sifontes*

Temerarios, intrépidos, viriles, fuertes, guerreros, valientes, osados, victoriosos, potentes, exitosos, proveedores, guapos, simpáticos, heterosexuales… todo esto debe ser un hombre

La nevera siempre ha de estar llena, por eso al salir del trabajo es importante pasar por la panadería y buscar pan, leche, queso o más actualmente lo que se pueda, pero llegar a casa con las manos vacías, jamás; los fines de semana es importante garantizar el mercado que incluye productos de limpieza y aseo personal. Con las quincenas y los tigres se resuelve la ropa para lxs hijxs, el pago del colegio o la universidad, la compra de los presentes y detalles para la mujer con la que se vive y cuando se sale con el segundo frente, esa cuenta va por la casa.

De punta en blanco, el hombre provee, protege, muestra siempre su seguridad, porque aprendió a controlar, planificar, estructurar y organizar su vida (también la de quienes le rodean), quizás por eso sea tan “natural” que el 80% de los ingenieros en el mundo sean de Marte y no de Venus.

Marte el padre de los hombres, fue un dios bivalente, guerrero porque protegía a su pueblo contra sus enemigos y sensible porque cuidaba de la tierra y sus cultivos física y espiritualmente.

Cuando los hombres fueron concebidos en el planeta rojo a sus cromosomas les fueron cargadas esas bivalencias, que los hicieron dignos hijos de Marte (dios romano de la guerra) y de su homólogo griego, Ares.

En el largo camino hacia la tierra y por el peso de la carga, algunos atributos menores –de aquella bivalencia de origen— se fueron quedando en el camino, como lo de ser ayudante de los débiles, líder de los rebeldes y de los hombres justos, protector de la cultura y de la vida en los campos.

Una vez aterrizados en este planeta, en el saco de terciopelo rojo con el que llegaron, solo quedaron la brutalidad, la violencia y los horrores de las batallas vividas, mucha virilidad y algunas rocas marcianas que llenas de óxido de hierro fueron confundidas con manchas de sangre.

Los atributicos, que eran también miles de palabras se perdieron, y cuando en la tierra trataron de comunicarse con los otros y las otras criaturas vivas no encontraron cómo expresarse y se refugiaron en la violencia como forma de manifestación de su impotencia.

Lewis Wolpert en su libro Los hombres sí son de Marte y las mujeres de Venus afirma que estudios científicos indican que los hombres tienen una “natural y genética” propensión a ciertas enfermedades o trastornos físicos, como ataques cardíacos y accidentes cerebrovasculares, o desórdenes neurológicos como la enfermedad de Parkinson, autismo, dislexia, síndrome de déficit de atención y adicción a las drogas y el alcohol.

Otros estudios señalan que los hombres son como son porque la testosterona juega un papel determinante en sus vidas, ya que dicha hormona es la que los hace ser como son, más agresivos, arriesgados y fuertes físicamente. Justin Carré de la universidad de de Nipissing, Canadá es uno de estos “científicos” que asegura que estas conductas vienen de fábrica, es decir, que la cantidad de testosterona necesaria para que un hombre demuestre un comportamiento agresivo frente a las amenazas está presente en la sangre de forma totalmente natural.

Entonces desde que los hombres dejaron las bolas de su padre y perdieron atributos y palabras en el camino, se convirtieron en los condenados de la tierra, trogloditas a ultranza a los que solo se les permitió expresarse con frases simples “yo hambre”, “yo coger”, “yo dormir”, “yo tomar”. Esto lo avalan estudios de universidades famosas de países del primer mundo como la Universidad de Pensilvania en la que se insiste que “las diferencias de género se notan no solo en la expresión oral sino incluso en los textos escritos”.

Los hombres construidos y naturalizados de esta manera por la “ciencia moderna” quedan en esta sociedad expuestos a una serie de exigencias en las que su masculinidad tóxica es justificada y al mismo tiempo cuestionada segundo a segundo, los hombres privados del uso de miles de palabras que no pueden usar y sin emocionalidad para expresar, retornan a la cueva de violencia en donde pareciera el único lugar para estar.

Si el ideal del hombre proveedor, exitoso, profesional anclado en la figura que nos vende la publicidad occidental, donde músculos, pieles blancas, dientes perfectos y cuerpos perfumados pasan a ser sinónimo de lo masculino, nos preguntamos
¿Qué pasa con aquellos hombres de rasgos negros, aindiados, mestizos?, ¿Qué pasa con aquellos hombres bajitos, gorditos, obreros, pobres, marginados?, ¿Qué pasa con aquellos hombres que se niegan a reconocer lo que son y que luchan a diario por llegar a ser lo que se dice es “un hombre”?

Una posibilidad real sería la de reconocer que ninguna de estas teorías y postulados expuestos hasta aquí han servido para los hombres y mucho menos han contribuido a que vivamos en un mundo mejor, por el contrario, han aupado a que las diferencias de género sean cada vez mayores.

“Los hombres tienen un desafío mayor… tienen el desafío de empezar justamente a hacer el acto retrospectivo de mirar cuáles son las condiciones que impiden sus procesos de autoafirmación masculina, y tienen el reto de revisarse y ver cómo los procesos de autoafirmación por vía la violencia tampoco les permiten una autoafirmación masculina más placentera, más gozosa. Entonces es un trabajo que tienen que hacer ellos, tienen que hacer esa revisión de cómo se ha ido cancelando la posibilidad de que ellos se construyan desde masculinidades que operen en otra lógica, esto es un trabajo urgente y lo tienen que hacer ya” (Karina Ochoa, 2018. III Escuela de Pensamiento Crítico Descolonial).

Si estás interesadx en seguir profundizando en el tema, te invitamos a conocer qué son las “masculinidades tóxicas”.


*El seriado de Cuentos Decoloniales ha sido publicado en el periódico Ciudad Caracas.

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