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Yldefonso Finol

Congreso Bicentenario de los Pueblos: aportes desde el bolivarianismo

América Latina y Caribe | 4 de marzo de 2021

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Gracias al Presidente Nicolás Maduro por convocarnos a este conversatorio de dos siglos. Diálogo pertinente, necesario y urgente por redefinirnos como proceso revolucionario en medio de las específicas circunstancias actuales de la Patria y la Humanidad.

Pasó bastante agua por los ríos, bastantes bosques deforestaron los depredadores; bastantes millas náuticas navegó Bolívar para llegar a este siglo XXI tan atribulado desde los primeros instantes de su parto. Si, como lo leen; hasta aquí llegó Bolívar. Si no pregúntenle a sus perseguidores por qué lo acechan en cada “noche septembrina”, tras cada “montaña de Berruecos”, en cada hamaca jamaiquina, tras cada “rincón de los toros”.

El Congreso supone parlamentar en igualdad de condiciones…cosa nada fácil en las sociedades estratificadas como la nuestra. Es un reto que ha sido asumido plenamente. Bicentenario. Dos siglos para un encuentro parlamentario que debe definir -en un debate muy bien preparado, meticuloso, profundo, comprometedor- el modelo de Patria que tenemos que construir los próximos cien años. Pueblos. Verificado el quorum, confirmar que el venezolano es un solo pueblo, diverso y mestizo, pero uno solo (y bien acompañado). Los intereses de clase son inmanentes al sistema predominante. Nosotros nos decantamos por el pueblo trabajador, reconociendo con madurez que la sociedad del capital es un dato de la realidad mundial a la que no escapa nuestro país, pero que, sin embargo, sabiendo que en ella se reproduce el modelo explotador, generador de desigualdades y depredación de las condiciones naturales de la vida, es misión estratégica del movimiento revolucionario, superar dicho sistema con la construcción consciente del socialismo como vía para la igualdad establecida y practicada que es dogma en la Doctrina Bolivariana.

Decir Bicentenario es decir Bolivariano. Es decir épica que juntó a todas las regiones y sectores sociales de Venezuela. Es reivindicar ese mundo fundado por Bolívar y sus fieles compañeros en Angostura durante aquella Primera República Bolivariana, que liberó a la Nueva Granada, Venezuela y Ecuador, que fundó Colombia, y llevó la independencia al Perú, y parió Bolivia.

El bolivarismo o bolivarianismo es un cuerpo doctrinario para la emancipación antiimperialista de los pueblos, para el ejercicio de una democracia con justicia social, para la búsqueda de la paz internacional como premisa de un mundo en equilibrio, viable y sostenible, y otras reivindicaciones humanas de absoluta actualidad, como la protección del ecosistema y el acceso a una educación popular como vía democratizadora del conocimiento y –por ende- de la sociedad.

El pensamiento de Bolívar conforma un sistema coherente en ámbitos ético-filosóficos, socio-políticos, socioeconómicos, militares y geopolíticos, que no sólo constituyeron aportes teóricos novedosos en su tiempo, sino que tuvieron un alto impacto en la transformación radical de las condiciones de existencia de nuestra región y del mundo, donde el propio Libertador fue militante y protagonista de la puesta en práctica de su proyecto programático.

Sus ideas marcaron pauta de algo nuevo que debía surgir en contraste con un orden establecido que se suponía inconmovible; y aún en las lejanías del tiempo que lo trascendió, sus elaboraciones son fuente de causas pendientes por realizarse. Hay tres temas esenciales al quehacer de Simón Bolívar en la inmensa e intensa gesta de la Independencia: anticolonialismo, igualdad social, y construcción de repúblicas democráticas. Tales son sus grandes preocupaciones –amén de la ocupación total en la guerra de liberación- que se manifiestan en los momentos estelares de sus reflexiones políticas, en sus principales documentos, y en los diálogos permanentes que mantuvo con pasión y sapiencia.

Estos tres contenidos de la Doctrina Bolivariana, transversales a toda su obra teórica y práctica, le otorgan una vigencia sorprendente, al punto que -no es exagerado decirlo- todos los movimientos revolucionarios del continente en los siglos XIX, XX y XXI, han manifestado adhesión al bolivarianismo, incluyéndolo entre las fuentes de su pensamiento político.

II

Idea fuerte

Desde hace un tiempo ha madurado en mí la convicción de que los pueblos que pierden conexión con su ancestralidad, son presas fáciles del colonialismo cultural, que es la llave para todas las formas de dominación extranjera.

No puede sentir verdadero patriotismo quien no tiene de su historia más que unos aislados datos festivos. La mediocre noción de historia del promedio de la ciudadanía es un atentado contra la Independencia. Si no hay un conocimiento fundamental de la épica nacional, no hay estima por nuestros orígenes y se debilita el sentido de pertenencia. Así, la Patria no es más que una marca de uso ocasional, menos emocionante que el fanatismo por un equipo deportivo.

La guerra mutante aplicada por los imperialismos contra la Venezuela Bolivariana, ha hurgado en esa llaga de descrédito de la venezolanidad, valiéndose de los sectores más vulnerables ideológicamente, llegando a hacerles sentir vergüenza y, peor aún, vociferarlo con toda clase de improperios hacia la tierra donde nacieron.

Esta batalla crucial para seguir existiendo como República soberana ocurre en el plano de lo simbólico. Si no asumimos con urgencia la enseñanza del valor histórico de la venezolanidad, masificándolo a través de la educación y las comunicaciones, luego será tarde y lamentaremos la flojera intelectual y la falta de voluntad política para haber cumplido esta tarea vital para la Patria.

Los Bicentenarios de este 2021 son una oportunidad para emprender políticas públicas de diseño sólido en lo político-ideológico, que impacten en la formación de valores compartidos en la ciudadanía. La creación cultural, con acento en lo educativo-comunicacional, debe tener como eje transversal la Doctrina Bolivariana (Art. 1° CRBV), entendida como “la concepción desarrollada por el Libertador Simón Bolívar sobre los asuntos fundamentales de la independencia nacional latinoamericana, la creación de una nueva sociedad basada en la igualdad establecida y practicada, el surgimiento de gobiernos garantes del bien común, y la unión de las repúblicas hermanas en historia, para alcanzar el Equilibrio del Universo como sistema de convivencia, paz y cooperación internacional” (Finol, 2021).

Estamos hablando de una REVOLUCIÓN CULTURAL BOLIVARIANA que asume sin titubeos la preeminencia de un pensamiento nacional emancipatorio, asimilando las enseñanzas de la historia del movimiento revolucionario mundial y a tono con las reivindicaciones multidiversas de la contemporaneidad.

Nada es más temido por el imperialismo que el bolivarianismo. Las transnacionales del pensamiento, editoriales, industria del cine, medios de desinformación, sitios web, convergen en una insolente campaña internacional de desprestigio contra Simón Bolívar y aúpan un linchamiento moral de la venezolanidad.

Esto es fácilmente constatable. ¿Por qué invierten tanto en atacarnos por ese flanco?

Esos mismos que desde la verborrea neoliberal nos conminan a dejar de mirar hacia el pasado, invaden nuestros hogares con costosísimas producciones que enaltecen el pasado de los imperios; incluso sus mitos y leyendas. Y no dejan pasar un día sin calumniar al Libertador. ¡Curioso, ¿verdad?!

La creación cultural, en todo su ancho universo (pluriverso) de realizaciones y utopías, debe acompañar la construcción de una cosmovisión venezolana renovada en el bolivarianismo. La agenda es ambiciosa: descolonización de las conciencias, desmontaje del glosario de autoflagelación colonialista, resistencia frente a los intentos de neocolonialismos, consolidación del pensamiento emancipatorio nacional, inclusión de las diversidades en un proyecto común de Patria, redefinición de los Derechos Humanos y de lo humano como pieza problemática de la naturaleza, una nueva ética de la vida desde la ancestralidad, una cultura para la liberación de los pueblos y la ruptura con toda forma de sumisión.

III

Chavismo

El término “chavista” o “chavismo” fue acuñado originalmente por la oposición venezolana e internacional; con ellos se pretendió descalificar al movimiento popular que apoyó desde 1998 a Hugo Chávez, en el sentido de reducirlo a una “manada” que sigue a un caudillo.

Se llegó a calificar a ese movimiento popular como “hordas chavistas”, cuando hubo que expresarse en las calles para defender la legitimidad democrática que la canalla fascista trató de burlar. Para las antiguas clases dominantes éramos unos fanáticos, masa hambrienta tras el populista que reparte arepas.

En aquellos primeros años de la Revolución, quienes respaldamos al Presidente Chávez nos llamábamos sencillamente bolivarianos, tal como se desprendía de la reivindicación histórica de El Libertador, que enarboló desde el alzamiento del 4 de Febrero el Movimiento Bolivariano Revolucionario (MBR 200), y fue bandera del proceso constituyente iniciado en 1999, tras la primera victoria electoral de 6 de diciembre de 1998.

Cuando nosotros, como pueblo consciente empezamos a asumir la denominación “chavista”, cuando quisimos enrostrarle a la oligarquía que sí, que éramos fans de un líder, que seguíamos ese liderazgo con pasión, entonces trataron de recular acuñando nomenclaturas como “oficialistas”; pero ya era tarde, el “chavismo” se había consolidado como pueblo alzado políticamente.

Porque eso es el Chavismo, el pueblo alzado contra los malos tiempos. La oposición también se ha empeñado torpemente en hablar de “chavismo sin Chávez”, cosa más absurda. El chavismo es un fenómeno político inaccesible a las mentes estrechas, cuyo surgimiento está atado eternamente a la historia personal de Hugo Chávez, y cuya existencia está garantizada en el tiempo, por la profundidad revolucionaria de esa vida colectiva que es Chávez actualmente.

No debe extrañar a las oligarquías que las consignas “Yo soy Chávez” o “Todos somos Chávez”, constaten el grado de compromiso personal que cada militante pone al portar un cartel o una franela con esos lemas. El Chavismo se le perdió de vista a los tiempos efímeros, es un partido revolucionario internacional, un movimiento cultural reivindicador de valores ancestrales, una nueva forma de humanismo integral. El Chavismo, es la mejor manera de ser venezolano.

El chavismo, como movimiento político, es un fenómeno histórico, y como tal, es necesario, inevitable, contradictorio, zigzagueante, espiral, continuo, inesperado, vivo. Y los proyectos políticos históricos, sólo se suicidan en la traición. Hecho descartado hoy día, aunque siempre latente, contra el que la vacuna más eficaz es la vigilancia popular.

El chavismo, como idea, es creación de convicciones, evolutiva y renovable, cuya principal fortaleza es la fe de la razón, la vocación esperanzadora, la promesa de la dignidad colectiva a la que ha aspirado la humanidad de manera sempiterna.

El chavismo es la continuidad histórica del bolivarianismo, lo que le otorga su carácter nacional, anticolonialista e indoamericanista; y es la versión venezolana del pensamiento emancipador de la clase trabajadora, que concibieron los fundadores del socialismo científico.

En el chavismo confluyen fuerzas sociales de absoluta pertinencia histórica. Los movimientos por los derechos ambientales, indígenas, laborales, culturales, de la tercera edad, de la diversidad, de las identidades, todos estamos en ese espectro amalgamado por el legado del líder. El chavismo es un crisol de causas justas.

La revolución –como todo lo humano- es un proceso perfectible. No temamos a la imperfección, es nuestra condición natural. Pero no nos neguemos la búsqueda de la utópica perfección, ella será el espejismo tras el que perseguiremos el horizonte. Sin ella nos quedaríamos paralizados en el árido desierto de la resignación.

El ejercicio de la crítica es esencial en la acción revolucionaria. Diría que en todos los ámbitos de la vida, ser autocrítico es abandonar la poltrona de la mediocridad. Nadie debe arrebatarnos esa arma de nuestras manos. La lucha contra la corrupción y la ineficiencia en la gestión pública, son simultáneas a la resistencia antiimperialista y las tareas productivas. Es un combo inseparable.

Nuestra revolución, tímida por momentos, improvisada a veces, experimental siempre, arrastra las torpezas y vicios de la politiquería burguesa, secuelas de una cultura dominante que nos conmina al lucro, el exhibicionismo, los privilegios, la holgazanería. Por eso reivindicamos el ser chavista, porque si algo hizo Hugo Chávez fue dar ejemplo de trabajo, entrega, desprendimiento. También nos enseñó que el pueblo pare los caminos, siembra los futuros, construye las victorias.

Son temerarios y brutos quienes pregonan “el fin del chavismo”. Confunden deseos con realidad, gran error. La ciencia política, la sociología y la historia, nos dan elementos y métodos para comprender estos fenómenos. Bájense de la órbita mitológica y no desdeñen la episteme.

Las coyunturas electorales de estos últimos años nos encontraron con problemas serios en lo económico y con algún desgaste anímico en sectores quizá tocados por la apabullante campaña internacional anti bolivariana. Y aun así hemos cosechado triunfos importantísimos, como el rescate de la Asamblea Nacional. El asunto está en la capacidad que tengamos para hablar de ese descontento con la franqueza que es gemela de la valentía. Sobre todo del pueblo chavista, ese que se ha salvado en todo trance.

Saludamos el surgimiento de una oposición con sentido de la nacionalidad, pero tenemos el deber de ganar cualquier elección frente a un adversario que es agente del enemigo fundamental, que carece de personalidad propia, que es un servil de la bota yanqui, que reniega de nuestra cultura e idiosincrasia. Para lo demás, para triunfar en los grandes retos que plantea edificar la sociedad de iguales, propongo asirnos de la “ardiente paciencia” que cantó Rimbaud. En esto, la dirección de la revolución y nuestro pueblo han demostrado una claridad admirable. El chavismo apenas es un brote de futuro en gestación.

IV

El socialismo

Para nosotros el socialismo es la verdadera democracia. Un sistema donde el pueblo siempre tiene la primera y última palabra. Nuestro socialismo bolivariano es ético, productivo, antiimperialista, igualitario de género y ecológico.

Es ecológico, porque el Socialismo del Siglo XXI es la opción para salvar el planeta de la destrucción capitalista. Hablamos de una ética ambiental originaria que el socialismo asume como suya desde las más raigales convicciones ancestrales que reconocen derechos a la Madre Natura.

Es igualitario de género, porque el Socialismo del Siglo XXI es la emancipación de la mujer que propusieron Manuela Sáenz, Clara Zetkin. Rosa Luxemburgo y Lenin. Las luchas feministas por enfrentar el terrible y vergonzoso flagelo del machismo, esa perversa herencia de las épocas más oscurantistas de la humanidad, alcanzan su máxima expresión en la construcción de la sociedad socialista. En esto la Revolución Bolivariana ha marcado pauta mundial, siendo pioneros en tener Constitución y Leyes redactadas en el lenguaje de género; amén del protagonismo de la mujer venezolana en todos los órdenes de la vida nacional desde que se inició el proceso constituyente.
Es antiimperialista, porque el imperialismo es la aberración de la contemporaneidad que azota a los pueblos y hunde a la humanidad en los más terribles flagelos: el hambre, la desigualdad, la opresión, la negación de los derechos sociales como la salud, las guerras, el terrorismo de Estado, el narcotráfico, la destrucción ambiental. La militancia del pacifismo profundo y la autodeterminación de los pueblos es una condición básica para los nuevos socialistas.

Nuestro socialismo debe ser productivo, porque tenemos que ser capaces de generar los bienes materiales para el buen vivir, especialmente los alimentos y los servicios de infraestructura, las tecnologías e industrias limpias que den asiento al crecimiento poblacional y la justicia distributiva.

Es ético, porque con corrupción no hay revolución, es el principal enemigo interno que nos acecha. El socialismo necesita tres palabras: formación, articulación y emulación. Sólo con cuadros formados política e ideológicamente, con las instituciones del Estado articuladas en un sólo esfuerzo, promoviendo conductas principistas, productivas y altruistas, nos haremos invencibles y perennes.

No basta ganar elecciones para hacer una verdadera revolución. Hay que cambiar la sociedad, cambiarnos a nosotros mismos como víctimas de la cultura dominante, capitalista y consumista.

En las puertas del Tercer Milenio, el Socialismo se nos presenta como una necesidad histórica, porque es la única vía para detener la locura neoliberal que amenaza con destruir la existencia de vida en el planeta. El socialismo es la forma más elevada del humanismo, porque propone la eliminación de la explotación, busca la igualdad y siembra la justicia, promoviendo valores de solidaridad, responsabilidad y amor.
El socialismo es el único sistema de desarrollo integral, porque no sólo promueve lo productivo, sino que atiende lo espiritual, lo cultural, lo ambiental, y lo social, que es su esencia.

El socialismo es el sistema del equilibrio universal del que nos habló El Libertador, porque al promover la igualdad entre las personas y las naciones, permite a cada cual su autodeterminación y soberanía, buscando la cooperación internacional y la paz como piso de un mundo mejor.

Por eso somos bolivarianos y socialistas, y en nuestro proyecto emancipatorio cabe toda la Humanidad.

V

Lo internacional

Sorprendentemente el mundo pandémico en las nacientes de la tercera década del siglo (y el milenio), ha desnudado las debilidades de la pretendida hegemonía unipolar imperialista. Las contradicciones del capital se descosen entre los imperialismos aliados en la época llamada “Guerra Fría”, donde predominó la ideología anticomunista como elemento cohesionador del sistema capitalista mundial. Otros poderes económicos y geopolíticos emergen retadores por su descomunal crecimiento productivo como ocurre con China y Rusia, confrontados por Estados Unidos, e India, algunas economías del sureste asiático, Suráfrica, Turquía, que no necesariamente comulgan con la receta estadounidense y europea.

Nuestra condición de país poseedor de inmensos recursos energéticos, con una ubicación geográfica estratégica en la fachada norte caribeña y atlántica de Suramérica, nos hacen estar permanentemente en la agenda de la geopolítica imperialista, y también de nuestros aliados; pero sin duda alguna lo que más mueve al imperialismo a mantener un asedio criminal contra nuestro pueblo, es el ejemplo telúrico del bolivarianismo que en el hemisferio es lo que más teme y odia.

De allí que la tarea de defender la imagen del Libertador Simón Bolívar y la Doctrina Bolivariana, también en el plano internacional constituye una prioridad impostergable.

Los movimientos nacionales populares en los siglos XIX y XX, y sus más preclaros líderes, empezando por José Martí en Cuba, Eloy Alfaro en Ecuador, Sandino en Nicaragua, Juan Bosch en Dominicana, por citar sólo cuatro, hicieron del bolivarianismo una fuente de inspiración y contenido político de sus luchas.

En Nuestra Abya Yala los gobiernos progresistas y revolucionarios se han proclamado bolivarianos. Un nuevo ciclo se anuncia con la recuperación de Bolivia y la opción ecuatoriana de recuperación democrática de la dignidad, actualmente amenazada por componendas de la oligarquía y factores transnacionales lacayos del monroísmo.

Como nunca antes se presenta la contradicción bolivarianismo o monroísmo como el dilema existencial de Nuestra América. El imperialismo yanqui –con la tenebrosa complicidad del sionismo- ha tomado como cabeza de playa el territorio de Colombia para atacar a Venezuela y al movimiento bolivariano continental. En esta empresa alocada parece haberse embarcado parte de la Unión Europea y en los últimos días el flemático gobierno español, prestándose a encubrir las violaciones atroces y masivas a los Derechos Humanos en Colombia.

Toda esta trama va muy en la onda antibolivariana que se pregona a mansalva por la mediática transnacional que ostenta los mayores crímenes contra la verdad y el derecho universal a la libertad de opinión e información.

La iniciativa planteada por el Presidente Nicolás Maduro al Congreso Bicentenario de los Pueblos, se intercepta en el conjunto de lo formativo, comunicacional e internacional, exigiéndonos la mayor amplitud (“unir todo lo que se pueda unir”), lo que obliga a comenzar por la propia casa. Los círculos elitistas que se apropian indebidamente la caracterización de “intelectuales, “pensadores”, “internacionalistas”, olvidan que esas divisiones sólo le sirven a los explotadores para disgregar a la clase trabajadora, la única que combina -como productora de riqueza- “los poderes creadores” manuales e intelectuales que en la realidad concreta son inseparables. Subrayar verdades tan obvias como que es de escritoras y escritores el trabajo manual por excelencia (escribir), y que difícilmente alguien piense más que un tornero que debe convertir en pieza útil un trozo de madera o acero.

Nuestro internacionalismo es ante todo bolivariano. El Comandante Hugo Chávez llevó este valor esencial de la venezolanidad a su máxima expresión, y antes lo enarbolaron multitud de héroes y heroínas como Josefa Camejo, Carlos Aponte, Alí Gómez García y Olga Luzardo.

La tarea internacionalista en este tiempo debe enraizarse con los pueblos, con los movimientos sociales, libre de los círculos excluyentes que se regodean en costosas tertulias “cinco estrellas”. Prioricemos los pueblos originarios que son masacrados en Colombia, en Chile, en la Amazonía brasileña, en Norteamérica, en Guatemala, en Honduras; a nuestra hermana más cercana, la clase trabajadora y campesina colombiana que es atropellada a diario por la dictadura oligárquica de doscientos años que impusieron los santanderistas; a nuestros compatriotas esequibanos acorralados en el olvido desde que Inglaterra los utilizó para desmembrar a la libertaria Venezuela de Bolívar; a nuestro núcleo duro del ALBA, a quienes luchan en Estados Unidos por el fin del imperialismo, a las resistencias ancestrales del archipiélago caribeño, a quienes combaten los colonialismos en Palestina, el Sahara Occidental, Puerto Rico; a los pueblos de Euskadi, Galicia, Catalunya, Canarias, que padecen bajo el yugo monárquico franquista; a los hogares desahuciados por banqueros, jueces y agentes represivos inmisericordes, a los postergados del sistema neoliberal que desmanteló el “Estado de bienestar”; a los países gobernados por gloriosos partidos comunistas y del trabajo, los herederos de Mao Tse Tung, Ho Chi Minh y Fidel Castro; al calumniado Foro de Sao Paulo, al Grupo de Puebla, y a todas esas almas amorosas que adornan el arco iris de una humanidad cada vez más anhelante de igualdad.

Si. Definitivamente lo internacional juega hoy un rol más determinante incluso que en los tiempos de las guerras de liberación y el internacionalismo proletario. En la batalla de ideas y el debate universal sobre qué tipo de humanidad queremos ser, no me cabe duda que la Venezuela Bolivariana tiene una altísima responsabilidad y una voz muy sentida a la que están atentos los pueblos de la Tierra.

Porque, como dice en nuestro epígrafe inicial el filósofo Simón Rodríguez, maestro de Bolívar: “hoy se piensa, como nunca se había pensado, se oyen cosas, que nunca se habían oído, se escribe, como nunca se había escrito, y esto va formando opinión en favor de una reforma, que nunca se había intentado, la de la sociedad”.

Y esa “reforma que nunca se había intentado, de la sociedad”, es la Revolución.


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