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Allan Barboza-Leitón

Venezuela, ahora que el petróleo es nuestro

Venezuela | 26 de mayo de 2021

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En el año 2004 tuve la oportunidad de visitar Venezuela. Era como meterme al ojo de un huracán. Fue justo antes del referéndum Revocatorio con el que la oposición golpista pretendía sacar del poder, esta vez por la vía electoral, al Presidente Hugo Rafael Chávez Frías. Habían fracasado ya con varias intentonas golpistas y fracasarían de nuevo en aquella elección. El revocatorio se tornó revolcatorio y Chávez siguió ahí, invicto, en el palacio presidencial de Miraflores.

Durante aquella visita el país era un hervidero democrático y la mejoría en las condiciones de vida de las mayorías populares, que antes de la revolución habían sido excluidas por el sistema, era más que evidente. Pude moverme a múltiples destinos, teatros, museos, a comprar en los mercados, a visitar comunidades trepadas en los cerros para ser testigo de los avances de los programas de salud, vivienda, educación y deporte. Me reuní además con personeros de lo que en aquel entonces se conocía como el CONAC (Consejo Nacional de la Cultura) y pude ver los esfuerzos de la revolución para el rescate de la música popular, su debida grabación en estudios profesionales y con técnicos altamente calificados, para su posterior difusión en las emisoras de radio nacional. La defensa de la identidad cultural pasaba a primera línea. Uno de aquellos técnicos, después de darme un tour por el estudio, se sentó frente a un piano y así como si nada tocó “mañanita caraqueña”, de Evencio Castellanos. Todavía recuerdo los acordes. Además, en aquellas caminatas tuve la oportunidad de conocer el milagro de las arepas y las empanadas con guasacaca, una salsa deliciosa hecha con aguacate.

En el año 2016, 12 años después de mi primera visita, regresé para vivir algunos meses en aquella tierra que se me había quedado pegada en el alma. Las condiciones eran otras.

Guerra económica, las orejas del lobo

Estaban por cumplirse 3 años desde la partida prematura del presidente Chávez. Las guarimbas convocadas primero por el opositor Capriles Radonsky, y más tarde por Leopoldo López, habían causado enorme daño y un alto costo en vidas (principalmente chavistas). Ya se podían sentir las consecuencias de una nueva política por parte del gobierno de los Estados Unidos, encaminada a derrocar a la revolución bolivariana.

Al llegar era palpable el ataque a la moneda. El valor del dólar estaba siendo distorsionado para depreciar al bolívar. Se creó en Miami un sitio web llamado “Dollar Today” que daba cotizaciones absurdas del llamado “dólar paralelo” y que se convirtió en el referente para el empresariado venezolano. Poco a poco fue imponiéndose como referente en toda la vida económica del país, causando enormes distorsiones en la economía.

Simultáneamente, era evidente la estrategia golpista del sobreprecio, el acaparamiento y el desabastecimiento de productos de primera necesidad (jabón, desodorante, toallas sanitarias, condones, acetaminofén, anticonceptivos, azúcar, leche, huevos, papel higiénico, y un larguísimo etcétera. Los productos desaparecían como por arte de magia de los comercios privados, pero aparecían después a precios exorbitantes en manos de mafias de vendedores ambulantes, conocidos como bachaqueros. Y esta estrategia iba impactando, cada vez con más fuerza, el bolsillo de los trabajadores.

La oposición golpista, más golpista que nunca, había ganado mayoría de diputaciones en la Asamblea Nacional apenas un mes antes de mi llegada y sus dirigentes prometían la caída del gobierno de Maduro en menos de 6 meses. Sobra decir que esa era una quimera para la cual no habían resultado electos.

Cuando llegué a vivir a Venezuela en enero de 2016 me encontré con el mismo pueblo hermoso, luchador y valiente, pero ya podía adivinarse cuál sería la estrategia opositora e imperial para la época post Chávez. Mi imaginación, sin embargo, habría de quedarse corta.

Mi primer acercamiento: un cartón de huevos

Quiero dar un ejemplo para entender la perversidad de las estrategias de la guerra económica golpista en Venezuela. Cuando yo llegué, en enero de 2016, el gobierno estaba implementando una política de precios justos que tenía como finalidad proteger el salario de los trabajadores. La cosa sucedía más o menos así:

Los productos se importaban pero desaparecían antes de llegar a los supermercados. Los escasos productos que llegaban a los supermercados eran remarcados por los comerciantes y vendidos a precios muy superiores. Ante la “extraña desaparición” de los productos en manos de las cadenas privadas de distribución, el gobierno comenzó a escoltar los camiones hasta los centros de venta. El día que se anunciaba que llegaría un cargamento de productos para venderlos a precios justos en un supermercado se regaba el rumor y al poco tiempo verdaderos mares de gente rodeaban el lugar.

Esa estrategia de precios justos dio como resultado el fenómeno de las colas en los supermercados, porque era preferible hacer cola varias horas a tener que comprarle a los bachaqueros. Además, y esto es algo que también viví en carne propia, en no pocas ocasiones los dueños de los supermercados disminuían la cantidad de trabajadores ese día, para que la gente tuviera que estar en la cola durante más horas. En más de una ocasión pude ver a los gerentes o dueños caminando a lo largo de la cola vociferando que todo era culpa de la gente misma, por elegir a Maduro. No me lo contaron, lo viví.

Con lo bachaqueros era peor. Otro ejemplo: después de hacer un estudio de costos de producción, el gobierno fijó el precio justo de un cartón de huevos en 420 bolívares. Sin embargo en toda la ciudad de caracas era imposible encontrar huevos en los anaqueles de ningún supermercado. Abundaban, pero en las esquinas, en las salidas del metro, en cualquier callejón: torres de cartones de huevos. El precio de medio cartón de huevos bachaqueados era, a mi llegada, de 3000 bolívares. Y cuando regresé a Costa Rica, apenas seis meses más tarde, el precio era ya de más de 8000 bolívares. Sin explicación racional alguna. Hoy cuesta más de 11 millones de bolívares.

Como respuesta a la estrategia de guerra económica golpista se crearon los Consejos Locales de Abastecimiento y Producción (CLAP), con participación comunitaria, para arrebatarle al sector privado la distribución de los productos de la canasta básica familiar, y se acompañó este instrumento con otras medidas dirigidas a garantizar el abastecimiento de la población. Las colas fueron desapareciendo y se implementaron nuevas medidas para regularizar el precio de los productos que, como por arte de magia, empezaron nuevamente a aparecer en los anaqueles de los supermercados. Pero la guerra económica, mediática y psicológica, el sabotaje sistemático y las conspiraciones estaban lejos de terminar.

Donald Trump, el castigo económico y el circo de la autoproclamación

Con la llegada de Trump, que coincidió con un viraje a la derecha y a la ultraderecha por parte de varios gobiernos suramericanos, las cosas dieron un vuelco todavía más violento. Coincidiendo con la sublevación de la Asamblea Nacional opositora y la autoproclamación de un presidente “encargado” que fue reconocido por varios gobernantes de la talla de Iván Duque en Colombia o Bolsonaro en Brasil, se decretó el bloqueo total a Venezuela. Por petición de Juan Guaido y su equipo de mercenarios se firmaron decenas de órdenes ejecutivas destinadas a endurecer las condiciones económicas de la población venezolana y se aprobaron numerosas sanciones en áreas sensibles de la economía.

La OEA, con Luis Almagro a la cabeza, asumió un protagonismo mucho más beligerante en la estrategia de hostigamiento, aislamiento y desestabilización en contra el gobierno bolivariano, y además se creó el Grupo de Lima, con 14 gobiernos títeres de la región latinoamericana y del caribe, dentro de los cuales figura el gobierno del PAC en Costa Rica. La Unión Europea se sumó también a la intentona golpista. El Banco de Inglaterra confiscó más de 1300 millones de dólares en oro venezolano, los Estados Unidos confiscaron activos venezolanos en territorio norteamericano con un valor de decenas de miles de millones de dólares, y se llevó el sabotaje contra la empresa estatal Petróleos de Venezuela y sus exportaciones hasta el extremo de hacer caer la producción y venta de petróleo venezolano en un 99% . Un golpe devastador si se toma en cuenta que la mayoría de los programas sociales del gobierno venezolano se financiaban con las ganancias de la comercialización del petróleo.

Se hicieron acusaciones infundadas de narcotráfico que sin embargo permitieron ofrecer millonarias recompensas por quien entregue a los principales líderes de la revolución, recordando el triste expediente de Noriega antes de la invasión a Panamá de 1989 y del naipe de funcionarios iraquíes antes de la invasión de 2001. Se congelaron cuentas bancarias del gobierno venezolano alrededor del mundo e hicieron casi imposible la importación de medicinas y alimentos. Estados Unidos saboteó la obtención de gasolina en medio de una crisis de escasez inducida, llegando al colmo de incautar en alta mar 4 buques con millones de litros de gasolina iraní que ya había sido pagada por el gobierno venezolano. Y en plena pandemia las sanciones aumentaron, al punto de hacer supremamente difícil la importación de medicamentos, insumos y vacunas para hacerle frente al COVID19.

A esto hay que sumarle el linchamiento mediático, los intentos de magnicidio, los ataques a cuarteles militares, la fallida incursión militar llamada Operación Gedeon, el intento de alzamiento militar del 30 de Abril de 2019, fracasado también, las amenazas constantes del gobierno norteamericano (todas las opciones están sobre la mesa) y la agresión militar por parte de paramilitares colombianos que aún hoy tiene lugar en el estado de Apure, fronterizo con Colombia.

Yo me imagino que el ataque de un enjambre de avispas debe sentirse más o menos así.

Las consecuencias del bloqueo

Es difícil resumir en un listado las consecuencias de un bloqueo y una guerra multidimensional que buscan afectarlo todo, que están diseñados para rendir por desesperación, hambre y penurias a un pueblo entero. Y no solamente rendirlo, sino además sentar un precedente: esto le pasa a quien tiene la osadía de pretender cambiar el orden de las cosas, vean lo que le sucede a quien tiene la osadía de independizarse de los Estados Unidos y elegir un camino distinto al egoísmo de las élites.

La incautación de la empresa venezolana CITGO, en Estados Unidos, significó el congelamiento de los fondos que la Fundación Simón Bolívar recibía y que dedicaba a sufragar los gastos de decenas de niños y niñas con cáncer y otras enfermedades, que requerían complejos tratamientos en el extranjero. Aliados corruptos de Juan Guaido han hecho fiesta con esos recursos. La captura irregular del empresario de origen colombiano Alex Saab durante una escala en su paso por Cabo Verde, Africa, para ser extraditado a los Estados Unidos, y el circo mediático que se armó en torno a su caso, han dificultado aún más la importación de alimentos para los CLAP, golpenado nuevamente la calidad de vida del pueblo venezolano. Los apagones y sabotajes al sistema eléctrico nacional han tenido consecuencias de largo plazo, al dificultarse la obtención de repuestos para las reparaciones. Hasta la falta de mantenimiento en las escaleras del metro de Caracas o algo que pareciera ser muy simple, como conseguir anticonceptivos, se ha vuelto una tarea difícil en el día a día del pueblo venezolano, gracias al bloqueo y a las sanciones.

Sin embargo me detendré en un ejemplo: las sanciones al diésel. Fue una de las últimas sanciones del gobierno de Donald Trump pero al mismo tiempo una de las más brutales. Sin diésel no se pueden transportar alimentos, medicinas ni pasajeros, materias primas, ni tampoco se puede mover la industria ni las actividades agrícolas. ¿Se imaginan el impacto que eso tiene en la cotidianidad de un país? ¿En sus enfermos, en sus adultos mayores, en su infancia? ¡Y en medio de una pandemia! Saquen ustedes sus propias conclusiones.

Se resiste por la memoria de Bolívar y Chávez

«No faltarán los que traten de aprovechar coyunturas difíciles para mantener ese empeño de la restauración del capitalismo, del neoliberalismo, para acabar con la Patria. Ante esta circunstancia de nuevas dificultades -del tamaño que fueren- la respuesta de todos y de todas los patriotas, los revolucionarios, los que sentimos a la Patria hasta en las vísceras, es unidad, lucha, batalla y victoria» Hugo Chávez en su último mensaje a la nación.

El principal error de cálculo de la oposición golpista ha sido desde un principio subestimar a Nicolás Maduro y al pueblo chavista. Apostaron a que Maduro no resistiría una ofensiva feroz y multidimensional, y se lanzaron a una campaña mediática mundial, que aún se mantiene, dirigida a ridiculizarlo y a retratarlo como torpe, incompetente y loco (“Maburro escucha pajaritos”). Al mismo tiempo que retrataban a la revolución bolivariana como una dictadura cruel e inhumana. Pero han tomado medidas criminales y muy concretas. La situación de crisis humanitaria actual es inducida. Eso lo sé yo, que pude atestiguar con mis propios ojos las condiciones de vida y los grandes progresos sociales y económicos del pueblo venezolano en 2004, y que sufrí en carne propia el inicio de lo peor de la estrategia de terrorismo económico en 2016. Y lo sabe bien el pueblo chavista, que por eso resiste. La guerra multiforme contra el pueblo de Venezuela, así como la política de bloqueo económico, saqueo y sanciones, cuyo camino preparó Obama, que fueron implementadas por el gobierno de Donald Trump y son continuadas hoy por la administración de Joe Biden, constituyen crímenes de lesa humanidad.

Tanto la Unión Europea como los gobiernos títeres de la derecha latinoamericana más retrógrada han sido corresponsables de esos horrendos crímenes. Detrás de los fríos números hay rostros, vidas dramáticamente afectadas, familias separadas por una migración forzada por las dificultades económicas, sufrimiento de niños y de niñas, sufrimiento de adultos mayores y personas enfermas que no deberían estarlo, vida que se han perdido y que se podían salvar. El gobierno de Costa Rica también ha sido cómplice de esos crímenes. Y eso hay que denunciarlo.


Comuna Socialista/Alba TV

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